jueves, 24 de julio de 2014

Respuestas a Cristian Mejías Sánchez


El pasado día 6 de junio el estudiante de filosofía Cristian Mejías Sánchez me mandó este mensaje. No he podido contestar hasta ahora, por lo que pido de antemano disculpas en la demora. Esto es lo que me escribió:
Cristian Mejias Sanchez / 06/06/2014 
Debido al gran conocimiento que te atribuyo acerca de los ppales. autores liberales así como de la obra de Gustavo Bueno, crees que el fundamentalismo democrático de éste  puede ser una buena crítica al punto de John Rawls de los ppos. de la justicia en dónde se produce una interiorización de sus dos principios (de igual libertad y oportunidades y el ppo. de diferencia) como equilibrio reflexivo? Es decir,  ppos. aceptados y reconocidos por todos y cuya violación puede ser señalada precisamente por esta interiorización? 
En este punto yo creo que John Rawls con su apuesta por la justicia como imparcialidad, y contemplando una visión de persona ahistórica lo que consigue es más bien una justicia impersonal, que derriba los muros de las tradiciones y culturas como consecuencia de la lógica del capitalismo tardío y el establecimiento del fundamentalismo democrático del que Bueno habla en su obra. 
Y, que posteriormente escribe su Derecho de gentes, según la cual muchos la consideran un fracaso respecto a Una teoría de la justicia, y yo más bien la considero una asimilación de las críticas comunitaristas en su intento de llevar su teoría de la justicia al ámbito de las relaciones internacionales. 
Perdón por la extensión, pero no veía a quién podía plantear esto de forma seria más que a tí.
Bien, en primar lugar, el fundamentalismo democrático que Bueno critica en su último libro hasta la fecha y del mismo nombre (Temas de Hoy, Madrid 2010), como ideología dominante en buena parte de las democracias liberales capitalistas homologadas -por ellas mismas y entre sí, para así validar sus intercambios comerciales como "espacio de veridicción" de sus demandas y ofertas comerciales, también políticas, que diría Foucault en "Nacimiento de la biopolítica", es, y hay que recordarlo, la afirmación categórica de que la democracia como sistema político no es meramente el "menos malo" de los sistemas políticos que existen o han existido (pensar esto sería "funcionalismo democrático"), sino que es, sin duda, el mejor de todos los existentes históricamente, el más evolucionado, excelso, perfecto y el culmen de la progresiva, y progresista, evolución de la política e incluso de la especie humana. Este fundamentalismo democrático, o democratismo, es una ideología dogmática que, sin negar sus "partes de verdad", consideraría que cualquier crítica no solo a ella, sino al sistema político democrático, sería casi un delito asimilable a los peores crímenes horrendos de la delincuencia común, y que una postura política no demócrata, o incluso antidemócrata, sería para este fundamentalismo democrático, lo que la apostasía o el ateísmo resultaron en muchas sociedades monoteístas medievales.

En ese sentido Bueno sí situaría la teoría de la justicia de John Rawls en el campo del democratismo, influido por Kant y su imperativo categórico, en tanto que interiorización de supuestos axiomas a universalizar por todos los hombres. No en vano, el democratismo, como ideología "supraestructural" de un sistema económico de mercado pletórico capitalista, ha de poder conectar con ciertos criterios éticos y morales comunes a todas las sociedades políticas internacionales para poder ser exportado. El "todo lo sagrado se profana" que relacionaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista con la burguesía como clase revolucionaria resulta, en el siglo XXI, es transformado ahora en "todo lo que no era susceptible de ser democrático se democratiza". Y de ahí que las versiones más radicales de fundamentalismo democrático sean aquellas que buscan una relación cuasi asamblearia del "pueblo" con sus dirigentes, en una suerte de oclocracia o "gobierno de la muchedumbre" propia de las sociedades de masas de interacción inmediata con ciertos poderes políticos a través de las nuevas tecnologías (Internet, teléfono móvil, iPad, etc.). De esta manera, las ideas de Rawls son compatibles con el fundamentalismo democrático ya sea en su versión más "conservadora", la que defiende la democracia realmente existente, y la más "radical", que propugna el "retorno a una pureza democrática perdida" (como los albigenses y cátaros querían, en la Edad Media, luchar contra el Papado para volver a un cristianismo original ya perdido), pero sin salirse de ella. "Los problemas de la democracia solo pueden resolverse con más democracia", sería su lema, y de ahí que la palabra "democracia" sea disputada por unos y otros como fue disputada la palabra Dios hace siglos.

Rawls al buscar un sujeto de justicia ahistórico e imparcial deja a los hombres, en verdad, sin justicia, sin capacidad de amparo resolutivo de sus problemas por vía del poder judicial, o lo que es lo mismo, sin el brazo protector del poder político para poder ejercer su libertad. Y de ahí que entronquen estas teorías de la justicia, aún "progresistas", con el desamparo y la barbarie propia de las ideologías fóbicas con el Estado, antiestatalistas, tanto de "izquierdas" como de "derechas", tanto "religiosas" como "laicas", tanto "individualistas" como "comunitaristas". De hecho, el fundamentalismo democrático conecta muy bien con buena parte de estas ideologías estatófobas, y su extensión al campo de las Relaciones Internacionales, a mi juicio, contribuye al vaciamiento de la capacidad de los Estados de proteger a sus habitantes frente a instituciones que, sin embargo, se valen de los Estados para aumentar su capacidad para "profanar todo lo sagrado".