lunes, 22 de julio de 2013

Culpables, cómplices y responsables


Publicado en La Voz de Barcelona, el 23 de mayo de 2013:




En mi artículo anterior, publicado en el prestigioso medio digital LA VOZ DE BARCELONA, que se ha convertido en la voz de los sin voz en Cataluña, el portavoz de aquellos que tienen que soportar día sí y día también el apartheid rosa del neofeudalismo catalanista, señalé cómo la trampa democratista del secesionismo consiste en convertir en derecho un privilegio, en llamar democracia pura a lo que no es sino un privilegio por razón de origen geográfico, que permitiría a los españoles censados en municipios catalanes el decidir, por encima de la voluntad del resto de españoles no censados en esos municipios, sobre la unidad de España, algo que nos importa a todos.
Esto no es otra cosa que un expolio, un robo, de una parte de España al resto, considerando ciudadanos de segunda al resto de españoles solo por un motivo: por no ser catalanes. Esta idea básica hay que repetirla y machacarla hasta la saciedad. Los catalanistas neofeudalistas no combaten contra la libertad realmente, sino contra la libertad de los demás. La libertad, algo que ha existido siempre, no obstante, unas veces ha existido como derecho común, pero otras (la mayoría) como privilegio de unos pocos. Y sobre la transformación de unos privilegios neofeudales, vía neolengua política, en derechos, pivota el gran drama español de nuestro tiempo, agudizado por la crisis económica.
Sobre esta enorme tomadura de pelo que nos afecta a todos giran responsabilidades, complicidades y culpabilidades varias. Algunas de las personas que comentaron mi artículo anterior señalaron muchas de ellas, creyendo quizás que yo no lo hacía, o que no lo hacía lo suficiente. Pero, ¿qué es la responsabilidad, qué la complicidad y qué la culpabilidad? ¿Son lo mismo? ¿Y cómo aplicar distinciones entre estas tres cosas al caso que nos ocupa, el del neofeudalismo catalanista?
El neofeudalismo, en su vertiente etno-política, de recuperación de lo telúrico comoleitmotiv de diversos movimientos sociales en diversas partes del mundo, más allá de una recuperación económica del vasallaje, del derecho de pernada, o de la entrega del producto total del trabajo al señor de las tierras, es también la recuperación de la descentralización política de la Alta Edad Media en los tiempos democráticos hoy existentes. Recuperación comprensible, en tanto que en historia no se puede prescindir de edades que duraron siglos y que permitieron la conformación del mundo actual, no en sentido lineal, sino dialéctico, pues influyen en nuestro presente.
Este neofeudalismo recupera la idea de descentralización de poder, de privilegios por motivos de nacimiento, de origen étnico-regional, y les da un barniz a tenor de los tiempos presentes, democrático, progresista, liberal y capitalista (e incluso socialista). Una versión más académica de esta definición del neofeudalismo puede encontrarse en un artículo mío publicado en la prestigiosa revista El Catoblepas(número 72, febrero del 2008, página 12) disponible en internet.
Pero en el caso español hay mucho responsable, cómplice y culpable de que el neofeudalismo esté visto como algo positivo, como algo democrático. Decía antes que estas tres palabras definen, aún pareciendo lo contrario, cosas distintas. Tomemos las acepciones básicas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), dejando para otra ocasión el análisis filosófico de estas definiciones, necesario sin duda.Responsable, según el DRAE, es el que está obligado a responder de algo o por alguien, el que pone atención o cuidado en lo que hace o dice y el que tiene a su cargo la vigilancia y dirección de algo. Cómplice es el que, también según el DRAE, manifiesta o siente solidaridad o camaradería hacia algo, el participante o asociado en crimen o culpa imputable a dos o más personas y el que, sin ser autor de un delito o falta, coopera a su ejecución con actos anteriores o simultáneos. Mientras queculpable es aquel a quien se imputa una acción u omisión ilícitas por haberlas cometido de forma deliberada o con negligencia de sus deberes y, en derecho, toda persona declarada responsable civil o penalmente.
Estas tres definiciones no son definiciones aisladas y estáticas, pues además de haber grados de responsabilidad, complicidad y culpabilidad variables en el tiempo, también puede haber entrecruzamientos entre estas tres, pudiendo alguien ser responsable y culpable de algo, culpable y cómplice o cómplice y responsable, o las tres a la vez, siempre en niveles distintos. Pero en relación al auge del neofeudalismo en España, auge que viene de lejos (de la época de la Restauración canovista), los responsables, cómplices y culpables, según las definiciones dadas, podrían clasificarse, a mi juicio, del siguiente modo:
1) Responsables del auge del neofeudalismo: todos los políticos profesionales municipales y autonómicos de España, en mayor o menor grado, y de manera particular aquellos llamados del “nacionalismo moderado”, como Artur Mas, pero también todos los gobiernos centrales españoles que, desde Madrid, por cobardía y por cálculo de intereses electorales y de mantenimiento de chiringuitos autonómicos, han omitido explicar a la nación española, que está a su cargo por mandato electoral, por qué no somos iguales ante la ley, por qué hay fueros económicos medievales en Navarra y País Vasco que permiten a estas regiones tener un estatus privilegiado que les sirve de colchón en tiempos de crisis, y por qué el café para todos no fue más que una excusa de bar para servir a unos descafeinado, a otros solo y a otros con leche. El gran responsable de lo que en Cataluña ocurre es el Gobierno de la nación, el Gobierno con sede en la Moncloa. Nuestro señalamiento conduce, o ha de conducir, a una denuncia política continua hacia quien debía, por obligación y por honor, defender a todos los españoles ante cualquier tipo de explotación u opresión.
2) Cómplices del auge del neofeudalismo: los padres de la Patria, los constitucionalistas de 1978, sin excepción alguna, desde Fraga hasta Herrero de Miñón, pasando por Peces Barba, Solé Tura, Roca o Cisneros. Aquellos que en el artículo 2 de la Constitución de 1978 hablaban a la vez de nación española y de nacionalidades, sin advertir que nación y nacionalidad es lo mismo, o sí advirtiéndolo, pero esperando de esta manera atenuar aspiraciones secesionistas del momento, al mismo tiempo que metían la cuña de la división entre españoles que anulara la dialéctica de clases sociales en sentido económico que ya en el tardofranquismo se manifestaba de manera bastante seria. Una dialéctica anulada también por las izquierdas españolas, particularmente por la socialdemocracia y el (euro)comunismo de Carrillo, el PCE e Izquierda Unida posteriormante, anulación todavía mantenida por (casi) todos los grupúsculos izquierdistas españoles que hoy día se mueven por la piel de toro, incluidos los sindicatos de clase mayoritarios.
Las izquierdas españolas han sido cómplices objetivas de la defensa de privilegios, nombrados derechos, renunciando a la lucha por la idea de España regalándosela al dictador muerto (como señalé en mi artículo anterior), pensando que los débiles en este caso no eran los trabajadores españoles en sentido amplio, sino las “nacionalidades oprimidas” por un centralismo inexistente cuya mojigatería ha sido responsable de que estas izquierdas reaccionarias se crezcan. Unas izquierdas que, por ir contra la derecha, se han aliado simpáticamente con el neofeudalismo contra la tierra que las da de comer, que las cobija y que las da sentido histórico, que no es otra que España. Y entre otras cosas, por eso, las izquierdas españolas, desde el PSOE hasta Izquierda Anticapitalista, son cómplices de las desigualdades legales, económicas e internacionales también que los españoles sufrimos en el presente. Nuestro desprecio más absoluto por todas ellas no implica volvernos de derechas o detercera posición, sino señalar que un tonto es más peligroso que un malvado, aún cuando el tonto lo sea de buena fe y pretenda salvar a la humanidad desde ideas supuestamente racionalistas, universalistas y moralmente superiores.
Pero en esta complicidad, las izquierdas y los constitucionalistas de 1978 no están solas. Todos los españoles, en tanto no hemos sabido ni podido organizarnos antes contra todo esto, desde la llegada de la democracia hasta ahora, tenemos parte de culpa en todo esto. Hay instituciones de mayor rango con una mayor complicidad. Su mayor aliada objetiva, en tanto institución en la cúspide de la pirámide social española, es la monarquía. Una monarquía que representa el continuismo con el régimen anterior, jerárquico-estamental, y que ante los desbarres de ERC solo esgrimía que “hablando se entiende la gente”. Una monarquía que, para proteger los privilegios aristocráticos de sus miembros, recurre a abogados de partidos abiertamente hostiles a España, como ocurre en el caso de la infanta Cristina en el caso Nóos y la defensa de sus privilegios que realiza el constitucionalista identitario Miquel Roca. ¿Acaso no cabe mayor conchabamiento? ¿Cómo le va a importar a la monarquía española la igualdad ante la ley de todos los españoles? No cabe, frente a la presunta corrupta familia Borbón, sino defender un modelo republicano para España. Pero lo triste es que como presidentes de una hipotética Tercera República podamos sufrir a un Rajoy, un Rubalcaba o un Cayo Lara. Las salidas a esta aporía son las más inquietantes.
3) Culpables directos del auge del neofeudalismo: todos aquellos que han dado dinero público y privado a su causa, coaccionados o de manera voluntaria. Todos los intelectuales orgánicos que les han dado justificación a su defensa de privilegios nombrados como derechos, desde un supuesto liberalismo (Xavier Sala i Martín) hasta un supuesto marxismo (Iñaki Gil de San Vicente), más todos aquellos que desde Sabino Arana o Enric Prat de la Riba han tratado de minar a la nación española con el objetivo de ser europeos progresados hacia un edén económico negado por una potencia universal venida a menos. Todos aquellos también que permiten, justifican y aplican multas a comerciantes en Cataluña por rotular únicamente en el idioma español, el idioma oficial de la nación, también idioma de todos los catalanes, y hoy día hablado por más de 500 millones de personas en todo el mundo. Todos aquellos que, contra España, han esgrimido y esgrimen la leyenda negra, agitprop creado en las potencias europeas protestantes rivales de España en las disputas imperialistas desde el siglo XVI, que se han comido con patatas y sin digerir muchos de nuestros compatriotas, amén también de muchos hispanoamericanos. Y por supuesto, todos los grupos terroristas, con la ETA al frente, pero también contando con Terra Lliure, Resistenza Galega o el GRAPO, que han matado en conjunto a más de 1.000 españoles por el mero hecho de ser españoles, dando igual si vestían de uniforme militar, policial, escolar o mono de trabajo.
Estos señalamientos que hago, no siendo el único ni el primero en hacerlos, no tienen la vana pretensión de ser un mero desahogo, pero tampoco pretendo caer en la ingenuidad de creer que este escrito vaya a cambiar el mundo a día de hoy. Pero sí veo necesario que, desde la parte activa de la sociedad española donde todavía quedamos algunos que defendemos a España desde una perspectiva nacional política, ciudadana, republicana, popular y democrática, tanto contra el antiespañolismo como contra el españolismo esencialista y telúrico del franquismo, hoy minoritario, pero el mejor aliado objetivo de los señalados en este artículo, podamos identificar tanto a los nuestros como a los adversarios. Pues solo si sabemos qué queremos, qué defendemos y contra quién, aún en minoría, nuestra unidad en la lucha será más efectiva, más clara, contundente y concisa. Lo que toca, por tanto, es seguir trabajando con ahínco, firmeza y responsabilidad, en ser nosotros responsables, cómplices y culpables de la victoria frente a los que han postrado al pueblo español en la desigualdad social y ante la ley, en la descalificación política activa y en el complejo de inferioridad, en el pedir perdón al mundo por ser españoles. Solo las claras ideas pueden dar luz en el camino a emprender. Sigamos adelante.