jueves, 18 de julio de 2013

El bien y el mal desde el materialismo filosófico


Publicado en Izquierda Hispánica como "La influencia causal y la estructura ontológica del mal", el 28 de enero de 2013:




Esta semana la empezamos añadiendo una nueva sección en nuestra web: una sección de formación, tanto para miembros de Izquierda Hispánica como para personas interesadas en nuestros textos, en el materialismo filosófico, la Hispanidad y el socialismo. El texto que hemos elegido para comenzar esta sección, en la que intercalaremos textos nuestros y de autores que, como Gustavo Bueno, entendemos que deben inspirar un proyecto como el de la Alianza Socialista Iberoamericana, es precisamente un texto que permite posicionarnos frente a cosas que consideramos malas, negativas, nefastas para nosotros, para la Hispanidad y para todas las sociedades humanas y políticas en general. Se trata de una entrada del Diccionario Filosófico de Pelayo García Sierra, discípulo aventajado de Bueno, publicado en diciembre del año 2000. Es una de las entradas más interesantes, importantes y dignas de estudio y debate de todo el Diccionario. Y si la hemos elegido para comenzar esta sección es porque, para sorpresa nuestra, es la única entrada de todo el Diccionario de Pelayo que no aparece en la versión digital del mismo del Proyecto Filosofía en Español. Se trata de la entrada 143a. En la versión digital se pasa directamente, en el capítulo 2 de la Ontología, en la sección 4 sobre la Causalidad, del punto 143 (Modo de desarrollo de la Causalidad según el segundo criterio: la Idea de influencia) al punto 144 (Causalidad en las ciencias). Se trata, por tanto, de una subentrada de la 143 que, debido a su importancia para el materialismo filosófico -pues permite ver que no se trata de una doctrina filosófica amoral, como algunos de sus críticos señalan erróneamente-, y al impacto que produce leerla, la hemos transcrito íntegramente en nuestra web. Lo curioso es que en 13 años que el Diccionario de Pelayo lleva colgado en Internet no se haya subsanado este error y que nadie de los que tienen la edición en papel lo haya señalado a los que digitalizaron esta magna obra. Pero lo dicho, nosotros la transcribimos, una vez dados los permisos editoriales necesarios, debido a su interés y la maestría de la misma. Todo aquel que tenga la edición en papel puede corroborar que la subentrada 143a existe realmente. Añadir además que la entrada 143a tiene como referencia abreviada en el diccionario la letra (E), que significa “Entrevista a Gustavo Bueno”, con lo que se trataría, para el año 2000, de un texto inédito en obras anteriores, e incluso posteriores.
Pelayo García Sierra, Diccionario Filosófico: Manual de materialismo filosófico, una introducción analítica, Biblioteca Filosofía en Español, Pentalfa, Oviedo, diciembre 2000. pp. 170-173. Entrada 143a, (E) Entrevista a Gustavo Bueno.

Como determinación importante de la idea de influencia causal, cuando el esquema H de identidad es definido como un bien (en sentido axiológico) podemos considerar a la idea del mal.
La consideración de la idea del mal es obligada en todo sistema filosófico y, de hecho, algunos sistemas filosóficos (por no mencionar a otras concepciones del mundo de carácter teológico, como pudiera serlo el dualismo zoroástrico) como los que asociamos a A. Schopenhauer y a J. P. Sartre, ponen a la idea del mal en el centro, o al menos en un lugar principal de su metafísica y de su filosofía moral (doctrina de la “mala voluntad”, del “mal radical”, o de la “mala fe”). Es cierto que otros sistemas filosóficos tienden a rebajar la importancia filosófica de la idea del mal reduciéndola al campo de la subjetividad psicológica o del lenguaje (el mal como apariencia, como mero “contenido semántico”, como fenómeno o como ilusión).

El materialismo filosófico, huyendo de los planteamientos iniciales de la cuestión del mal que tengan una naturaleza metafísica o teológica (sin que esta “huida inicial” signifique abdicación del compromiso de volver a estos planteamientos) no cree posible aproximarse sistemáticamente a la idea del mal desde una perspectiva meramente doxográfica (que ofrece repertorios de doctrinas o especulaciones en torno al mal que tan solo podrían ser sistematizadas desde fuera hasta tanto no se posea una doctrina firme sobre el mal) ni tampoco desde una perspectiva lexicográfica que ofrece, al modo de la llamada filosofía analítica, análisis léxicos de los términos de la constelación semántica del mal. Sin duda, la erudición doxográfica o la lexicográfica son necesarias en el proceso de investigación, pero son insuficientes en el proceso de construcción doctrinal. La doxografía requiere una sistematización interna (desde la propia doctrina del mal presupuesta); y la lexicografía, como no puede restringirse a un solo idioma (sea el inglés, el griego, el latín o el español) requiere siempre la apelación a referenciales extralingüísticos.
El materialismo filosófico comienza por tanto su aproximación sistemática a la idea del mal delimitando los conceptos positivos (operatorios, prácticos) del mal que puedan considerarse establecidos en diferentes sociedades o culturas y, eminentemente, en las sociedades del presente; conceptos que pueden encontrarse tanto en campos cultivados por técnicas o tecnologías científicas (tipo “el gran mal”, como nombre del concepto médico del ataque convulsivo de epilepsia, o “mal de Pott”, como nombre del concepto también médico de tuberculosis vertebral) como en campos utilizados por curanderos o magos (tipo el “mal de ojo” o “aojo” descrito por Enrique Villena, hacia 1411, en su Tratado del aojo o fascinación). Constatamos, por tanto (diríamos: fenomenológicamente, en el espacio práctico), conceptuaciones positivas , a título de males de muchos procesos y situaciones precisas pero dadas en las más diversas categorías, sociales, biológicas, éticas, geológicas: el holocausto de los millones de judíos en los campos nazis de concentración constituye en nuestros días un prototipo del mal, y aún del “mal radical”; pero también son males prototípicos del presente las hambrunas de tantos pueblos africanos, las trampas tendidas por unos hombres a otros a fin de sojuzgarles o explotarles, la drogadicción, las catástrofes ecológicas, &c. En el terreno conceptual objetivo (no ya psicológico subjetivo del sufrimiento, por ejemplo) puede afirmarse que el mal existe, que no es una ilusión; o, si se prefiere, que el mal, como concepto, nos remite ante todo a hechos, y no a teorías. El criminal horrendo existe, no es una ilusión ni un relativo cultural; otra cosa es si la maldad que constituye al criminal horrendo como tal puede ser neutralizada o más bien se redobla con su ejecución capital.
Ahora bien: ¿qué tienen de común los males conceptualizados en tan diversas categorías? ¿Existe un común denominador unívoco a todos estos conceptos del mal -es decir, una idea unívoca del mal- o bien la raíz del mal, su primer analogado, habrá que situarlo en alguna categoría antes que en otra (lo que nos obligaría a entender la idea del mal como análoga y no unívoca)? Y sobre todo: ¿qué alcance tienen los diferentes males en el contexto de la realidad? ¿Se mantienen en el terreno de la apariencia o hunden sus raíces en las profundidades de las cosas más reales? Estos tipos de preguntas ontológicas, por cuanto giran en torno a la entidad que haya que reconocerle al mal, implican el análisis de las relaciones que la idea del mal pueda mantener con las ideas ontológicas cardinales, como puedan serlo la idea del Ser o la del Bien (y en su límite la del Sumo Bien, Dios) o la idea del Mundo, o la idea del Hombre. Las diferentes doctrinas sobre el mal que la doxografía nos ofrece pueden en gran medida interpretarse en función de las relaciones que se postulan entre la idea del mal y estas ideas ontológicas cardinales. Para quienes se sitúan en la perspectiva de la idea del Bien (y del Sumo bien, de Dios) el mal tenderá a reducirse al ámbito de la libertad que caracteriza a las personas diabólicas (Luzbel, Satán, Mefistófeles) o a las personas humanas: incluso la reducción tendería a ver el mal como una privación (Santo Tomás) o como la negación de la infinitud que está asociada a la criatura y que justificaría, en una Teodicea, al propio Dios creador de las cosas (Leibniz). Como decía Mefistófeles en su presentación a Fausto: “Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado y, por lo mismo, mejor fuera que nada viniese a la existencia“.

Desde la perspectiva antimetafísica del materialismo filosófico las conexiones tradicionales entre la idea del mal y las ideas del ser, el bien, Dios, el mundo o el hombre, habrán de considerarse como inadmisibles. Es simple metafísica suponer que el ente finito, por serlo, es malo; o que el mal hay que referirlo a la parte del mundo, pero no al todo en el que los males parciales pueden mostrar su eficacia para producir el bien global o la armonía universal (otra cosa es que el mal, como el bien, no tengan nada que ver con la idea del todo; pero la fórmula tradicionalbonum ex integra causa, malum quoqunque defecto no tiene por qué ser interpretada en un sentido “cósmico”).
El materialismo filosófico establece como conexión principal, en el análisis de la idea del mal, la relación entre el mal y la causalidad, siempre que esta sea entendida no como una relación binaria Y=f(X), sino como una relación ternaria, al menos en su contenido nuclear (Y=f(H,X). Como la idea de causa es incompatible con la idea de creación ex nihilo (es decir, con la situación de H=0) no cabrá suscitar siquiera la cuestión de la Teodicea como “justificación de un Dios creador” (creador, entre otras cosas, de los males del mundo), según sostuvo Marción. Desde la perspectiva de la idea de causa y, en particular, de la idea de influencia causal, podemos construir la idea del mal cuando atribuyamos al esquema material de identidad H la condición de un bien definido en un contexto axiológico y, por tanto, antrópico (en un contexto en el cual los sujetos operatorios actúan en el espacio antropológico). En la medida en la cual la causalidad se define por la fractura o desviación de un esquema material de identidad (fractura o desviación que designamos como “efecto”) el mal podrá ser asociado, en principio, a la misma causalidad, y no porque todo proceso causal implique un mal, sino porque la maldad implica siempre un proceso causal. La desviación de una masa de su trayectoria inercial no es por sí misma un mal (aunque pueda siempre considerarse como un movimiento violento), salvo que previamente hubiéramos podido definir a esa masa inercial H como buena. En cualquier caso, hay una circularidad dialéctica en la oposición correlativa entre el bien y el mal, porque solo si el efecto X consiste en la desviación de H es malo, podremos asegurar que H es bueno.
En cualquier caso, la estructura causal que atribuimos a la maldad nos lleva a distinguir inmediatamente entre una maldad genética (referida a la causa Y de la desviación, y una maldad estructural, referida al efecto X). Relacionada con esta distinción nos encontramos con la distinción entre el mal extrínseco (cuando el determinante causal Y recae ab extrinseco sobre H, fracturando su identidad “sin su cooperación activa”) -es la maldad del rayo que fulmina al labrador, porque si el rayo hubiera descargado sobre una nube no podría ser llamado malo- y el mal intrínseco (cuando Y no recae sobre H de un modo extrínseco, sino de forma que pueda decirse que el propio H ha asimilado a Y como una virtualidad propia). El mal intrínseco suscita, de algún modo, la validez de una “ley de autodestrucción” que en los organismos tiene que ver con la muerte natural (acaso implicada en la llamada apoptósis o suicidio de las células). La alternativa fundamental según la cual puede hacérsenos presente la maldad intrínseca tendrá que ver con la condición del determinante causal Y según que este sea un sujeto beta-operatorio (animal, pero sobre todo humano o personal) o no lo sea. Hay situaciones ambiguas, como las que implican un control remoto de la conducta de un sujeto a quien se le hayan implantado electrodos sin su consentimiento. Un modelo primero de maldad causal intrínseca nos lo ofrecen las situaciones en las cuales tanto Y como H son sujetos operatorios, cuando Y sea capaz de envolver con sus prólepsis operatorias a las prólepsis del sujeto H. El adulto que pone una trampa a un niño que, movido por su codicia, se precipita a una sima o resulta mutilado, forma parte de un proceso afectado de maldad intrínseca. En la medida en la cual los esquemas procesuales de identidad H, considerados como buenos, han de determinarse en el ámbito del espacio antropológico, podremos también clasificar los tipos de maldad en función de los ejes de este espacio distinguiendo una maldad circular (que cubre las traiciones, injusticias, incluso las establecidas por encima de la voluntad, el fetichismo de las mercancías, la guerra…), una maldad angular (el cazador que atrapa a un chimpancé mediante un cepo etológico) y una maldad radial (en la que se incluirían las crisis demográficas o los desastres ecológicos).