viernes, 12 de julio de 2013

Hispanofobia


Nuevo artículo en La voz de Barcelona:




Hace un par de días escasos un muy buen amigo, estudiante de la Facultad de Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, me pasó un vídeo de Youtube en el que un joven madrileño expresaba, en inglés, en un vídeo montado al más puro estilo Focusing (esa vloguera andaluza que expresaba con orgullo su condición de agraciada por vivir en Cataluña, la tierra que la “da de comer” mientras reconoce un “hecho diferencial” al que se somete con gratitud), esto eso, supuestamente desenfadado al tiempo que discursivamente insustancial, lo mucho que odiaba a España, su nación política, y lo mucho que deseaba que se pudriese en el infierno.
Lo que puede parecer una anécdota no lo es tanto cuando se junta con otros hechos recientes que ejemplifican un estado de cosas dentro y fuera de nuestras fronteras que es digno de estudio multidisciplinar. Otro es el abucheo a Ramoncín durante el concierto de la vergüenza en que 90.000 españoles quieren dejar de serlo negando al resto de españoles no censados en municipios catalanes el poder decidir con su voto sobre algo que nos debe importar a todos: la unidad de España. Y se le abucheó por dos motivos, siendo uno la propia trayectoria vital (coherente, eso sí) de Ramoncín en defensa de las prácticas dudosas de la SGAE y otro por hablar, en plena celebración telúrica catalanista, en el idioma del enemigo, por mucho que ahora lo reivindiquen para, quien sabe si tras la independencia, acabar siendo la Irlanda ibérica en donde muchos extranjeros vayan a aprender español. Incluso así, Ramoncín siguió afirmando su condición de criptosumiso como Focusing, pues para él lo importante es la “libertad de los pueblos”, menos para el pueblo español, por los argumentos antes esgrimidos. Se ve que Ramoncín es amigo de lo legal para defender el vivir de las rentas de sus discos rockeros del siglo pasado, pero es enemigo de la legalidad en lo que toca a la unidad de España, a la igualdad ante la ley de todos los españoles en lo que toca a la defensa de nuestra unidad (artículo 30 de la Constitución española).
Y otro es el incidente escabroso que ha ocurrido con el avión presidencial de Evo Morales. Si bien es cierto que España fue la única nación de la Unión Europea (UE) que permitió repostar y partir al avión del presidente de Bolivia, nación política soberana cuyo avión presidencial es territorio nacional boliviano, la actuación del embajador español en Austria fue bochornosa si tomamos como verdaderas las palabras del propio Morales cuando afirma que aquel quería revisar el avión de Evo para comprobar si Edward Snowden iba dentro o no. Curioso que España, siendo uno de los últimos peones de la cadena de sumisiones que existe hoy en la UE (fue Francia la que negó al avión de Evo penetrar en su espacio aéreo), Unión que no existiría sin la hégira de los Estados Unidos de América, sea siempre la más activa en lo que a asegurar los intereses de esa cadena política imperialista se refiere. Esto ha servido de caldo de cultivo para que los mandatarios populistas que en Suramérica buscan la unidad de la Patria Grande en clave izquierdista vuelvan a arremeter más contra España que contra Francia, Austria o Portugal. Y no es casual que sea con un gobierno del PP con quien estas sumisiones a Estados Unidos y al corazón de la UE se expresen de manera más perjudicial para con nuestras relaciones con los países hermanos iberoamericanos. Ya con Aznar en la Presidencia ocurrieron estas desgraciadas meteduras de pata primero con el apoyo al Golpe de Estado de 2002 contra el presidente Chávez en Venezuela. Pero la lista de desaciertos peperos es más larga, aunque por espacio no es ocasión ahora de recordarlos todos.
El caso es que estos tres ejemplos pueden relacionarse, a diversas escalas, con una ideología, un sentimiento, un fenómeno nacional e internacional que hunde sus raíces en los tiempos en que la Monarquía Hispánica era un Imperio Universal allá por el siglo XVI. Un fenómeno que empezó como propaganda política antiespañola desarrollada sobre todo en las repúblicas-Estado del actual norte de Italia, pero que tuvo también sus partidarios y agitadores en Francia, por hablar de dos espacios geopolíticos europeos que comparten con España una tradición religiosa católica. No obstante, fue con las guerras de religión que asolaron Europa central durante los tumultos de la reforma protestante y la contrarreforma católica del Concilio de Trento en 1545, estando el rey Felipe II a la cabeza de esa guerra contra el luteranismo y el calvinismo, y desde la en esos momentos incipientemente independiente Holanda, desde Inglaterra y desde muchos estados del norte del Sacro Imperio Romano Germánico desde donde, apoyados sobre la mezcla de relatos veraces con inventados, se publicaban, vía imprenta, libelos que colocaban a España como un Estado poblado por sádicos salvajes ignorantes dirigidos por curas que sumían a la población en la oscuridad, la ineptitud social y política y la barbarie (apoyados, entre otras cosas, en los textos de Fray Bartolomé de las Casas, curioso personaje que también mezclaba eventos reales con imaginados, y que sentía una cierta atracción hacia los sacrificios humanos de los aztecas a los cuales veía como metáfora de una ofrenda crística). La historiografía contemporánea ha demostrado, mal que les pese a estos apologistas, que España, además de ser el gran Imperio de su época, era una sociedad política vibrante en la tecnología de la navegación, las artes de toda clase (no solo pictórica, arquitectónica o escultórica, también en la música), o en el desarrollo de incipientes ciencias. Pero también, con las definiciones contemporáneas que la sociología o la antropología han permitido desarrollar en torno a ideas como la xenofobia o el racismo, esta leyenda negra antiespañola, uno de los fenómenos deagitprop de más éxito de la historia, que ha prendido hasta el presente tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, ha permitido el desarrollo de un sentimiento racista hispanófobo parejo, me atrevo a decir, al que puedan sufrir judíos o semitas de toda clase, en tanto estos pueblos también pudieron en su momento desarrollar formas socioeconómicas de éxito histórico evidente.
La leyenda negra permitió el surgimiento de la hispanofobia, que no puede confundirse con el antiespañolismo. Si el españolismo es una ideología, comunmente patriotera, de defensa de todo lo español sea bueno o malo, y el antiespañolismo es otra contraideología que ataca todo lo español sea bueno o malo, la hispanofobia iría mucho más allá. Se trataría del odio, miedo o aversión hacia todo aquello que pueda relacionarse, aún mínimamente, con España y su legado histórico: la hispanidad. Principalmente a través de tres rasgos definitorios, es decir, contra estos rasgos: 1) el idioma español, hablado hoy por más de 500 millones de personas en el mundo; 2) la religión católica; y 3) el mestizaje cultural y racial. La hispanofobia, así, no se sentiría solo en España, sino también en la América hispana, por ejemplo en el movimiento English Only estadounidense contra los hispanos estadounidenses y los emigrantes espaldas mojadas, en las razzias que, hoy día todavía, muchos jóvenes ingleses realizan en ciudades como Londres buscando “españoles”, o en la agresiva política leyendanegrista de gobiernos como el boliviano, el venezolano o el argentino (el cual, recientemente, quitó una estatua de Cristóbal Colón de Buenos Aires, tratando así de borrar la historia). Algunos me dirán “no es racismo, es justicia, porque además son descendientes de españoles quienes hacen todo eso”. Sí, son descendientes. Pero, ¿acaso no se han descubierto grupos neonazis en el mismísimo Israel? ¿Y acaso no fueron los criollos independentistas en el siglo XIX quienes aplicaron con mayor vehemencia que la Monarquía Hispánica políticas de represión y limpieza étnica contra los indígenas en las naciones hispanoamericanas ya independizadas?
A nivel interno español, la hispanofobia se nota sobre todo en los secesionismos de origen racista catalán, vasco y gallego. Pero también andaluz, canario, valenciano, balear, murciano, extremeño, castellano, cántabro, leonés, berciano o aragonés. El deseo irracional de implosión de España por parte de todo grupo étnico, que tiene a Ramoncín entre otros como tontos útiles tratando de destruir aquello que los define, intentando así borrar la historia, como si España no hubiese existido jamás, no puede sino calificarse de racista y xenófobo, en tanto que se trata de un sentimiento que apela más a lo sentimental e irracional que a la razón.
Está claro que España es la nación moderna que más se piensa a sí misma, y que más autocrítica se realiza y más revisión de sus actos históricos acomete, hasta incluso pensarse hasta sí misma en sus raíces (después irían Rusia, Estados Unidos y, hasta cierto punto, Alemania). Pero la hispanofobia como sentimiento xenófobo y racista claro no se ceja solo con España, sino también con su legado histórico geopolítico. El indigenismo que trata de destruir poco a poco el legado español en América, por mucho que se agite desde banderas como el Whipala (el indigenismo sería inconcebible sin las universidades estadounidenses y sus estudios antropológicos) o el racismo que desde España se revierte hacia los hispanoamericanos (insultos como panchitos, sudacas, gachupines -insulto que, curiosamente, sirve en México para referise a los españoles-, morenitos, etc.), son muestras de que esa hispanofobia tiene en los propios españoles e hispanos a algunos de sus más fervientes apologetas.
Si en el presente y en el futuro queremos combatir con éxito la hispanofobia, tenemos que hacerlo con las mismas armas que otros movimientos antirracistas han asido para combatir otros fenómenos xenófobos en el mundo. Desde España, desde Hispanoamérica y contando con datos veraces históricos y hechos cotidianos que evidencien lo absurdo de este sentimiento racista, a los antihispanófobos de hoy y del porvenir tiene que servirnos entre otras cosas lo siguiente: a) distinguir claramente patriotismo español de patrioterismo, siendo el patriotismo un sentimiento cívico y político sano, donde lo que importe por encima de todo sea la institucionalización de los hombres y mujeres en tanto que españoles sin importar su raza, su origen, su sexo y otras consideraciones biopolíticas, frente al patrioterismo que ve como positivo hasta cualquier evento negativo proveniente de la patria que se quiere reivindicar; b) reivindicar el idioma español como uno de los más potentes del mundo, el idioma de 500 millones de personas de toda condición, un idioma que unifica lugares geográficos diversos, razas diversas e idiosincrasias diversas sin ningún tipo de menoscabo; c) reivindicar, aunque sea críticamente, la realidad cultural católica de la hispanidad, al menos en tanto legado de una determinada forma de comunidad humana, de relaciones familiares, de instituciones culturales y artísticas tan respetables como otras derivadas de otras religiones; d) reivindicar sin complejos el mestizaje racial como gran legado español e hispánico, creando nuevas razas humanas mestizas y mulatas en un nuevo continente, en el que podemos encontrar personas de ojos verdes, piel negra y rasgos indios hablando en idioma español, siendo esos sujetos y otros hermanos nuestros en una gran comunidad de centenares de millones de personas; y e) ver cualquier ataque irracional a todo ese legado como racista y xenófobo, afirmando sin tapujos que la antihispanofobia es un peldaño necesario en la lucha contra las desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales en España y al otro lado del charco.
El mensaje, por tanto, a mi juicio, es claro: la hispanofobia nos divide (a españoles e hispanos), la antihispanofobia nos une (a españoles e hispanos).