sábado, 1 de febrero de 2014

Entre Irán y Arabia Saudita, entre lo malo y lo peor


Artículo publicado en Izquierda Hispánica el 23 de septiembre de 2011:





Muchos critican las relaciones de Venezuela con Irán. Yo también lo hago, muchos amigos míos bolivarianos lo saben, pues en muchas conversaciones les he dicho sin problemas que el acercamiento a la teocracia chiíta por parte de Venezuela no es buena para la Revolución Bolivariana. Pero, ¿por qué nadie critica abiertamente las relaciones del Imperio Estadounidense con Arabia Saudita? Irán es un régimen islamista opresivo y derechista, pero el régimen de Arabia Saudita es mil veces peor, más peligroso, más tiránico y está más protegido por “Occidente”. Y lo más llamativo: el gran enemigo de Irán no es EE.UU., sino Arabia Saudita.
Arabia Saudita es una monarquía teocrática de tipo islámico, sunnita wahabbita para más señas, con influencias del salafismo más intransigente. La República Islámica de Irán es un Estado islámico fundamentalista chiíta. En ambos Estados, los homosexuales, ateos, comunistas, izquierdistas varios, son reprimidos e incluso asesinados, ambos aplican la Sharía de manera estricta, si bien la interpretación de la ley islámica es totalmente literal en Arabia Saudita (con los consiguientes hadices aplicados según la jurisprudencia wahabbita), y en Irán el Corán es literal a nivel popular, mientras el clero de los Ayatolás reconoce varios niveles interpretativos de los textos sagrados mahometanos. En Irán hay mujeres parlamentarias, en la policía y el Ejército, y hay democracia procedimental siempre que los partidos que se presenten admitan la Sharía según interpretación chiíta. En Arabia Saudita encontramos un tipo de Estado absolutista y monárquico, más parecido al Antiguo Régimen (aunque con petróleo, nuevas tecnologías de la comunicación, posibilidad de tener armamento nuclear y con asiento en el G-20), del que salieron, junto con Pakistán, Egipto y Libia (todos sunnitas), la mayoría de los terroristas islamistas de Al-Qaeda, y en donde la mujer ni siquiera tiene derecho a sacarse el carnet de conducir.
Las relaciones de Venezuela e Irán son sobre todo debidas a la llamada “política real”: presión conjunta en la OPEP, colaboración tecnológica en materia de extracción y refinamiento petrolífera (más desarrollada en Venezuela que en Irán) y, sobre todo, solidaridad frente a terceros (Estados Unidos). Y es este tercer aspecto el más problemático, pues la ideología anti-imperialista estadounidense de Venezuela (una mezcla entre izquierda comunista e izquierda liberal decimonónica) no es lo mismo que la ideología anti-imperiailsta estadounidense de Irán (basada en el islamismo chiíta de resistencia, la tradición muyaidín -aunque ya Jomeini se encargó de destruir a los “muyaidines del pueblo”, cabezas iniciales de la Revolución Iraní de 1979 junto con los comunistas-, y los principios revelados del Corán -vamos, un anti-imperialismo de derechas-). Ni siquiera el tercermundismo, heredero de los llamados “países no alineados” del siglo pasado (la mayoría islámicos), vale como parapeto ante la prudencia necesaria en toda relación bilateral. Pues el enemigo de mi enemigo no tiene por qué ser mi amigo. Y más cuando la tribu wayúu fue islamizada hace años por misioneros iraníes chiítas en Venezuela, y cuando Hezbollah (Partido de Dios en árabe), brazo terrorista del chiísmo fuera de Irán, inició su andadura en América Latina precisamente en suelo venezolano. En definitiva: el peligro estriba en confundir, como idénticas e iguales, las ideologías bolivariana y chiíta iraní. Ni son ni pueden ser lo mismo, y la colaboración diplomática y tecnológica no puede llevar a la confusión y el mejunje político, pues eso puede suponer en el futuro un lastre para el avance al socialismo iberoamericano.
Pero las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudita son más escandalosas si cabe: protección militar, amparo político y diplomático (Arabia Saudita es Estado gracias a Estados Unidos y el Reino Unido), cooperación militar (durante las dos guerras del Golfo, Arabia Saudita permitió al Imperio usar su espacio aereo para atacar a Saddam Hussein), mutua dependencia económica (más del 30% de las reservas estadounidenses tienen capital saudí), protección incluso familiar y personal (de todos es sabido las buenas relaciones entre la familia Saud, casta dominante en Arabia Saudita, y la familia Bush), e incluso lo más sangrante y menos conocido: el expansionismo del fundamentalismo islámico en Europa y América, con mezquitas e imames radicales repartidos y pagados con dinero saudita y de otras teocracias monárquicas arábigas, está protegida, en nombre de la tolerancia y el respeto democrático (en realidad, excusas diplomáticas y políticas para obtener petróleo barato, al tiempo que se necesita la Península Arábiga como punto geoestratégico de apoyo para acometer por parte de Estados Unidos el cerco geopolítico asiático al frente oriental de la República Popular China, la verdadera némesis del Imperio hoy día). No olvidemos, además, que es en Arabia Saudita donde se encuentran las dos ciudades sagradas del Islam: La Meca y Medina.
Irán y Arabia Saudita poseen ambas policías religiosas, igual de moralmente reprobables desde posiciones racionalistas y universalistas como las mías. En el caso saudita es más patético incluso, recordemos como las autoridades tuvieron que recular ante la inacción sancionadora sobre su policía hace un año durante un incendio de un colegio en Riyad, capital administrativa del Estado saudita. Los bomberos y la policía no entraron al colegio a salvar a las niñas (era colegio femenino), porque no llevaban puesto el pañuelo islámico ni ellas ni las profesoras mientras las llamaradas las devoraban. El caso es que Arabia Saudita e Irán se disputan (con permiso de Egipto y Turquía), el liderazgo geopolítico del mundo musulmán. Liderazgo que Irán tiene difícil acometer por razones religiosas incluso: son chiítas, ergo minoritarios (190 millones de fieles), frente a los 900 millones de sunnitas que en el Islam son. Por no hablar de la situación opresiva y de ciudadanos de segunda (junto con judíos y cristianos) que en Arabia Saudita sufren los musulmanes chiítas. La Guerra Fría islámica, la Fitna geopolítica entre Arabia Saudita e Irán es más intensa de lo que podría parecer. ¿Se unirían frente a los infieles cristianos y ateos del mundo en una yijad política sin precedentes? Aunque teóricamente cabe esa posibilidad, es difícil que esa unidad no tenga como contrapartida el intento de destrucción de una rama del Islam sobre otra. Y la rama que tiene todas las de perder es la chiíta, por minoritaria y por ser considerada, por cientos de millones de musulmanes sunnitas fundamentalistas, como herejes, como “no-musulmanes”.
En definitiva, las relaciones Irán-Venezuela son peligrosas por lo que afectan a Iberoamérica y su proceso político unitario. Pero las relaciones Estados Unidos-Arabia Saudita son aún más peligrosas, porque afectan en un punto clave de la lucha política del presente: la expansión del fundamentalismo islámico a nivel internacional y la yijad, el sexto pilar del Islam, desde los Nueva York hasta Xinqiang en China, desde Moscú y hasta Tanzania; desde los Balcanes hasta Caracas. Parafraseando al Jomeini, Irán sería, desde mis coordenadas, el “pequeño Satán”, y Arabia Saudita el “gran Satán”. De las relaciones tensas entre estos dos Estados dependerá mucho el futuro geopolítico de la zona, y de las alianzas que se tomen con uno y con otro, dependerá también la presencia internacional en la zona. Pero tan peligrosa es la ingenuidad de algunos bolivarianos con Irán, como la hipocresía anglosajona típicamente protestante de Estados Unidos y la Unión Europea para con el mal absoluto sobre la Tierra: Arabia Saudita.