lunes, 21 de julio de 2014

¿Qué es la Patria?


Publicado en Crónica Popular y La República:


Este fin de semana he tenido la oportunidad única de disfrutar de la compañía de muy buenos amigos y camaradas en Fuente Obejuna, pueblo de Córdoba, España. Uno de mis mejores amigos, español, se casaba con una de mis mejores amigas, chilena. Dicen que yo les presenté, aunque confieso no recordar el momento exacto en que esto ocurrió. Ha sido fantástico visitar este pueblo de tan combativa e ilustre Historia que Félix Lope de Vega inmortalizó en prosa escrita, en una de las mejores loas a la rebelión (contra la tiranía local) y a la justicia (del rey Fernando) jamás expresadas en el Teatro en lengua española. También pude disfrutar, y aprender, de la compañía de buenos familiares y amigos, de sus experiencias vitales y de su sabiduría mundana, de la cual tanto debe y puede beber y aprender la filosofía académica, así como los políticos. Esta maravillosa experiencia personal, más el viaje en autocar que realicé para volver a Madrid, me llevó a pensar las siguientes reflexiones que quería compartir con mis lectores hoy a la mañana.


- La gente que constituye el cuerpo vivo de una nación es el pueblo. Un pueblo entretejido con su Historia nacional a través de muchos elementos. Desde las líneas históricas más determinantes estudiadas por la Historiografía hasta las más comunes líneas antropológico-culturales, la(s) identidad(es) comunitarias de una nación son salvaguardadas, mejoradas, continuadas y cuidadas y queridas por un pueblo. Desde celebrar una boda en una Iglesia del siglo XV como es la de Fuente Obejuna, fundada por los Reyes Católicos, hasta sentirse como en casa disfrutando de buenas conversaciones y un trato fantástico en el patio de una típica casa andaluza, pasando por el trabajo diario que permite mantener todo lo que nos rodea y configura nuestra identidad, el pueblo español sabe cómo gestionar el día a día a través de detalles y actos cotidianos que no son independientes del peso de los siglos que los han moldeado. El pueblo es el gestor colectivo de toda Historia nacional. Un pueblo dividido en clases sociales, sin duda, en dialéctica constante entre sí, que entra en contacto con otros pueblos, con otras clases sociales, a través de la dialéctica de Estados. Algo que también pude comprobar en la boda. Los invitados chilenos a la misma, algunos venidos de Holanda, se sintieron también como si estuviesen con sus propias familias. No en vano, nos une muchísimo más que el idioma, vaso comunicante de una comunidad transnacional y universal de la que me siento orgulloso de pertenecer.

- La gestión popular de la nación, de la Historia, se realiza a través del trabajo. Trabajo organizado racionalmente e institucionalizado a muchos niveles. Mi viaje de vuelta en autocar me permitió, también gracias a la claridad del día, deleitarme con los paisajes de grandes y vastos campos de cultivo, olivares, trigales, pero también pueblos bien mantenidos, castillos e iglesias medievales de imponente aspecto (donde se ve la gestión del pasado realizada por el trabajo popular como poder ejercido de producción del Mundo que gestiona la producción de nuestros ancestros), y de productos propios de las sucesivas revoluciones industriales como tendidos eléctricos, placas solares, presas hidroeléctricas, estaciones de tren, y otros grandes logros del trabajo. La organización racional del trabajo es, y debe ser, también parte de la soberanía popular como ejercicio de la soberanía nacional. En esta idea de la soberanía a través del trabajo pueden entretejerse ideas sacadas del materialismo histórico marxista como la conformación histórica del campo económico a través de la interacción mutua de las distintas ramas de las relaciones de producción y de la dialéctica de clases y de Estados, y la gestión de la soberanía a través del trabajo, netamente político, en las distintas capas y ramas del poder de todo Estado. Pues trabajadores que mantienen y cuidan de esta gestión laboral de la soberanía son todos los que conforman las clases populares, en las cuales no encontramos solo al campesinado y al proletariado, sino también a médicos y veterinarios, administrativos y soldados, gestores culturales y turísticos, documentalistas y estudiantes. Así puede relacionarse la importantísima, en filosofía, idea de producción con el concepto de soberanía política. Pues la soberanía no puede ejercerse sin la organización racional del trabajo humano que es la que gestiona, desde el presente (el pueblo y sus clases sociales, sobre todo las que no disponen de la propiedad privada y privativa legal, ilegal o alegal de los medios de producción), las grandes obras del trabajo organizado de nuestros ancestros y que heredarán nuestros hijos, nietos y más allá (la nación y sus clases sociales históricas).

- Toda patria, y España no es excepción, es fruto de la dialéctica de clases y de Estados, y esta dialéctica doble que es la misma todo el rato es, a su vez, fruto y está entretejida con el trabajo humano y con las distintas dialécticas que ese trabajo humano, que esa producción del Mundo-entorno, provoca y siente, ya sea la cooperación, ya sea la lucha de clases más abierta y sangrienta, como muestra de ello han sido las distintas guerras civiles que han asolado a España durante siglos, incluida la última del pasado siglo XX a la que sucedió una dictadura militar de derecha de casi cuatro décadas con su Transición a democracia liberal en la que todavía vivimos. Y si algo he aprendido yo durante el tiempo que estuve realizando mi tesis doctoral es que amar a tu nación, defender a tu pueblo, ser patriota, es sobre todo comprender la retroalimentación e influencia recíproca e histórica existente entre la base del trabajo humano organizado en un territorio político determinado y las identidades de agregación colectivo-populares que permiten que esa organización social llamada Patria continúe en el tiempo, siempre buscando su mejora, su mayor consolidación y, por supuesto, el tratar que nadie realice abusos de poder ni injusticias sociales sobre la Patria.

No puedo acabar estas reflexiones a vuela pluma sin mencionar dos ideas surgidas de conversaciones con el novio durante este fin de semana. Es muy acertada la modificación realizada, mediante el Decreto Supremo nº 100 el 17 de septiembre de 2005 (con las consiguientes modificaciones de diciembre de 2012), al Artículo 5ª de la Constitución Política de la República de Chile. Ahí se ve, en lo que respecta a las bases institucionales del patriotismo de una nación, lo que ha de ser la soberanía (en términos de los poderes clásicos de Montesquieu): La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio (http://www.camara.cl/camara/media/docs/constitucion.pdf). Creo que no hay artículo constitucional (en términos de capa conjuntiva del poder político -terminología buenista de Gustavo Bueno-), que mejor exprese esta idea que he tratado de argumentar en esta entrada. Y es un orgullo que sea una nación iberoamericana la que, en su Constitución, exprese de manera tan acertada uno de los pilares de toda idea racional y sensata de Patria.

Pero no solo eso. Ese artículo constitucional es producto del trabajo humano organizado racional y socialmente a través de diversas instituciones siendo su motor principal el trabajo, tanto cotidiano como histórico, de las clases populares de toda Patria. Si el albañil es el principio y el fin de la arquitectura, de cualquier edificio, el obrero es el principio y fin de toda nación, de todo pueblo, de toda Patria. La producción del Mundo-entorno humano, desde la más simple cerilla (producto complejísimo de la historia de la producción) hasta el mapa más basto del Universo conocido, es fruto de la organización racional del trabajo, de todas las clases de trabajadores, organización que tiene su raíz y núcleo a niveles antropológico-prepolíticos (en las primeras herramientas producidas por homínidos), pero cuyo cuerpo y curso históricos son políticos, a raíz de los primeros momentos de la apropiación de territorio por parte de sociedades humanas unificadas mediante el trabajo y su codificación a través de leyes, organizando tanto la propiedad como el reparto de la ganancia. Si la tierra era el suelo donde trabajaban los primeros homínidos y empezaban a deconstruir el Mundo (su Mundo que es también nuestro), desde las coordenadas no ya de un materialismo filosófico, sino de un materialismo político (desde una concepción materialista de la vida política, de la Polis, del Estado y del hombre como zoon politikon), la progresiva transformación de la tierra en territorio, en elemento esencial para el ejercicio y desarrollo de la sociedad política y de la soberanía, paralela y entretejida con el proceso de evolución humana hacia una posición bípeda y erguida (estudiada tanto por Engels -https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1876trab.htm- como por Bueno, esto es, la influencia del trabajo en la evolución de los homínidos hasta el actual homo sapiens), debería permitir entender el fascinante proceso productivo del hombre desde su antepasado más cercano al mono hasta el trabajador manual y manufacturero de una sociedad asentada en un territorio sobre el que empieza a entretejer, mediante dicho trabajo organizado, una sociedad política, transformándose él en sostenedor de un poder político que absorbe, y está más allá, del mero poder etológico.

Así pues, desde un materialismo político, el suelo de las manos del Hombre como zoon politikon, como "animal político", no sería como afirma Gustavo Bueno "la mesa" (http://www.fgbueno.es/med/tes/t035.htm), salvo a un nivel todavía antropológico y sociológico que en absoluto es desdeñable. El territorio nacional donde el trabajador opera, juntando y separando cuerpos creando riqueza, produciendo valor, es en cuerpo y curso heredero del territorio raíz y núcleo donde el homínido operaba construyendo herramientas. Solo que la dialéctica de clases y de Estados ha permitido transformar, deconstruir, ese territorio en tierra donde se ejerce soberanía política. Y uno de esos territorios soberanos donde las distintas clases de trabajadores operan y producen valor presente, heredado de los valores producidos en el pasado y que habrá que legar al porvenir, es España. De ahí que frases políticas como "la tierra para el que la trabaja" sean acertadas si son vistas desde esta perspectiva materialista política. La mesa, como producto cultural, es inconcebible sin esa evolución mediante la organización del trabajo hacia las sociedades políticas. En sentido estricto y actual, y sin desdeñar en absoluto la lucha de clases, la tierra de la Patria es el suelo sobre el que los trabajadores operan y se relacionan entre sí y con otros pueblos, bien sea produciendo mercancías complejas, bien sea todavía, trabajando la tierra directamente. 

Algo tan simple y tan complejo históricamente como un viaje en autocar puede permitir ver esto si se tiene esta perspectiva y uno está atento a los detalles históricos y político-económicos que ante sus ojos se presentan. Para el materialismo político, la Patria es el verdadero suelo de las manos. Y por eso, la soberanía nacional es inalienable, y debe ser inalienable, de sus trabajadores. Y de ahí la necesidad de que el pueblo y sus clases, ejerza una soberanía nacional legada de los compatriotas de la nación que, en el pasado, fueron pueblo. Y de ahí, también, la necesidad de que el pueblo del porvenir, las clases de trabajadores de la patria futura, continúen, mejoren y quieran dicho legado.