sábado, 11 de octubre de 2014

Ébola y la dialéctica de clases y de Estados


Publicado en La República:





Entre las cosas que más miedo nos dan en la vida está la muerte, y más la muerte posible con una agonía terrible entre medias, dolores inenarrables, sufrimiento y frustración. Realmente no hay muerte digna nunca, pues la dignidad conlleva decoro en la forma de comportarse ante las adversidades, pero este decoro depende de las circunstancias y es algo distinto al honor, asociado a la virtud, al cumplimiento de los deberes morales respecto de la comunidad de personas en la que uno se mueve y por la que uno toma partido. Es posible morir con honor, como murieron muchos revolucionarios, patriotas y comunistas fusilados por facciones burguesas, sectores reaccionarios o fascistas en el transcurso del siglo XX y del XXI. Pero el honor de estos hombres y mujeres intachables siempre se vio mancillado por la pérdida de dignidad que sus asesinos les atestaron mediante torturas, humillaciones y vejaciones de toda laya. Puede parecer un mero juego semántico esta diferenciación entre dignidad y honor, pero imagínense lo poco asociada que, a mi juicio, está la idea de dignidad a la vida y la muerte cuando alguien muere por algo tan diminuto y tan poderoso como un virus o una bacteria tan devastadores como el virus del ébola.

La fiebre hemorrágica del ébola causada por todos los tipos de este virus existentes, es una de las clases de fiebre hemorrágica viral con mayor tasa de contagio y de mortandad, oscilante entre el 40% y el 90% según el tipo de centro donde le traten si la llegan a padecer o de la nación donde se encuentren o vivan. Desde los primeros casos de este tipo de fiebre datados en 1976 en la actual República Democrática del Congo y en Sudán del Sur, tierras bañadas por el pequeño Río Ébola de donde toma nombre popular el virus, se han producido epidemias de fiebre hemorrágica del ébola en varios Estados africanos como los ya citados, además de Guinea, Sierra Leona, Liberia, Guinea Bissau, Nigeria, Gabón, Angola o Camerún. Transmitido por el contacto con secreciones, órganos o diversos líquidos corporales como la sangre, el semen, el flujo vaginal, las heces, la orina y el sudor, primero de animales a humanos y luego entre humanos, a día de hoy tiene tratamiento y puede curarse convirtiendo en inmune a quien lo supera. Ahora bien, las condiciones técnicas y tecnológicas contando con la experiencia e inteligencia del personal sanitario que lo trate, unido todo ello a las condiciones socioeconómicas del lugar donde haya infectados, son fundamentales a la hora de conseguir el máximo número de curaciones posibles.

El virus del ébola puede matar a una persona en solo siete días. Y la forma de morir no es digna en absoluto. Hemorragias internas gravísimas debido a que el virus impide que la sangre no coagule de manera normal, más un shock hemorrágico hipovolémico que hace que el corazón no bombee sangre bien, causan un dolor indescriptible a quien sufre, en sus últimos estertores, esta fiebre hacia la segunda semana de incubación causándole la muerte, y todo tras una primera semana con fuertes dolores agudos de cabeza y pecho, tos seca, alto grado de debilidad física, diarreas, deshidratación, dolor abdominal y de garganta y mialgias musculares que debilitan enormemente al enfermo.

A pesar del horror que supone, el ébola, como ya he dicho, puede curarse. Los preparadísimos médicos africanos ante estos eventos, más la ayuda de otros compañeros internacionales de profesión como los médicos cubanos que han ido a ese continente, consiguen hacer el bien a la gente y curar. Con medios técnicos muy limitados, las tasas de curación a día de hoy oscilan entre el 30% y el 75% en África dependiendo del lugar de tratamiento y de esos mismos medios. No podemos sino celebrar y admirar a estos trabajadores sanitarios cuya generosidad, fortaleza y firmeza éticas conocen pocas analogías, pues su esfuerzo salva vidas y da esperanza a naciones enteras. Pero siendo esta la cara esperanzadora de la moneda, luego está la cruz (sin mencionar las zonas grises de este asunto, que no trataré aquí). Cruz, y cara, que no pueden entenderse sin entender el motor político de la Historia: la dialéctica de clases y de Estados.

Marx y Engels acabaron por entender, en los análisis teóricos que realizaron al final de sus vidas, que base (los modos de producción económica del valor) y superestructura (el leit motiv ideológico de una sociedad política plasmadas en sus instituciones) eran conceptos conjugados, que se retroalimentaban uno a otro, como las raíces de un árbol (la base) alimenta al árbol para que viva al igual que las hojas de sus ramas (superestructura). El Estado deja así de ser considerado una mera superestructura y se convierte en la unidad política de acción por excelencia a nivel histórico, siendo incluso sujeto revolucionario a escala universal, como lo fue el Estado soviético en su día o la República Popular China en el presente (ya Primera Potencia Económica Mundial según el Fondo Monetario Internacional). La dialéctica de clases (en la que caben las alianzas de clases y su coexistencia "pacífica" hasta la lucha encarnizada) se entreteje y desarrolla a través de la dialéctica de Estados, ese conjunto complejo de instituciones que se apropia de un territorio determinado frente a otros Estados y establece, en él, los términos de la apropiación de la riqueza y la propiedad privada de los medios de producción, distribución, intercambio, cambio y consumo y la división de clases sociales. Esta doble dialéctica, que es una sola dialéctica realmente, se puede percibir en cada una de las facetas de nuestras vidas, desarrolladas siempre en sociedades políticas, no habiendo nada ajeno a la vida política en lo que a producción, construcción y comprensión del Mundo se refiere. Y esta dialéctica de clases y de Estados puede notarse, también, en lo que se refiere a la perturbadora cuestión del ébola.

Como ha evidenciado Alex Corrons en su artículo "Ébola, por Guy Debord" publicado en La República, la causa principal de la extensión de epidemias, más allá de lo biológico, es la pobreza. La pobreza no es más que la incapacidad y dificultad social, económica y política de una persona, grupo de personas, comunidades humanas y/o sociedades políticas de operar sobre bienes y servicios básicos para perpetuar la propia vida y la de las comunidades y sociedades en que viven, y de poder establecer relaciones entre estos sujetos pobres que permitan salir de esta situación de incapacidad y dificultad. Así, la pobreza ocurre cuando estas personas no están insertas de manera completa en el marco de las ramas de las relaciones de producción a nivel nacional e internacional que las permita asegurar su existencia con garantías. Cuando esto ocurre en sociedades fuera del establecimiento internacional de unas relaciones de producción que, debido a la dialéctica de Estados, beneficia a unos Estados y perjudica a otros, entonces hablamos de los perjudicados como de "Tercer Mundo" o de "Estados fallidos" por cuestiones económico-políticas. Cuando esto ocurre en sociedades políticas ricas no de manera total sino en partes concretas de las mismas, hablamos de "Cuarto Mundo", de bolsas de marginación en medio de sociedades opulentas (Estados Unidos, España, Francia, etc.) o en "vía de desarrollo" (tipo Brasil, México, Rusia, etc.). Todo esto es producto de la dialéctica de clases y de Estados. Y la pobreza, además de producir escenas de inmoralidad e injusticia, produce insalubridad. Y la extensión internacional del ébola no es ajena a esta dialéctica.

En la España azotada por la crisis económica y los recortes sociales, incluidos los de Sanidad, esta dialéctica de clases y de Estados se imbrica con la extensión fuera de África del ébola. En muchos sentidos, puede notarse esto en cuestiones concretas que han ocurrido que los medios de comunicación llama "noticias", y que pueden conectarse entre sí.

Primero, porque a mi juicio fue un error repatriar al misionero enfermo de ébola a un Estado donde no existían protocolos adecuados para tratar un virus de esas características siendo absurda su justificación, cuando podría haberse curado allí sin llegar a poner en peligro la vida de toda una nación, argumentando que todos los países de "nuestro entorno" han repatriado a sus compatriotas.

Segundo, porque el misionero repatriado murió, dejando en Liberia a su supuesta "familia en misión" caritativa por puro egoísmo para "morir en su país", privilegiando su traslado en tanto que miembro de la Iglesia Católica. Y esto lo digo sin perjuicio de la labor social humanitaria misionera de la Iglesia en África y otros lugares del Mundo, que hay que reconocer y admirar.

Tercero, porque el Gobierno denegó un Plan B de tratamiento del enfermo ofrecido por el Ejército que, entre otras cosas, planeaba construir un hospital de campaña en plena base militar de Torrejón, utilizando trajes de aislamiento más adecuados y habiendo practicado protocolos de contención durante más tiempo que los trabajadores sanitarios del Hospital Universitario Carlos III de Madrid.

Cuarto, porque independientemente de que haya habido "errores humanos" o no por parte de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería contagiada (esperemos que salga adelante y se cure bien), tanto el Gobierno de la Comunidad de Madrid como el Central han culpabilizado desde que se contagió a ella y, por extensión, a todo el personal sanitario, escurriendo ellos el bulto, buscando así la criminalización de la víctima y, hay que decirlo, desestabilizar con ello el futuro de las mareas blancas de personal sanitario madrileño que piden reformas a mejor del sistema sanitario de la Comunidad de Madrid.

Quinto, porque la inutilidad e irresponsabilidad de Ana Mato, que debería dimitir, y Mariano Rajoy, además de poner en peligro a mucha gente, ha conseguido que la "prensa internacional", es decir, voceros de las clases dirigentes de otros Estados, ataquen a España para evitar que el turismo, la fuente principal de negocios que tenemos, siga creciendo a pesar de la crisis y así los turistas elijan otros destinos rivales, principalmente los de los Estados que publicaron en sus periódicos estas críticas. Esto perjudica a nuestros trabajadores del sector servicios.

Sexto, porque se ha procurado enfrentar a clases de trabajadores diversos de nuestra Sanidad al negarse buena parte del personal en activo a contagiarse, por contacto, del ébola al entrar a los sitios donde ha habido supuestos infectados, haciendo uso el poder de enfermeros y auxiliares en paro a los que se ha amenazado con no volverles jamás a contratar si se negaban a trabajar en esta crisis.

Séptimo, porque Televisión Española ha hecho uso de una de las más hábiles mamporreras ideológicas del Partido Popular en lo que a comunicación política se refiere, Mariló Montero, que con un lenguaje cándido y llano y un estupendo aspecto físico ha tratado de demostrar la teoría del "fallo humano" de Teresa Romero, culpabilizando a ella de esta crisis. Ya se sabe que en el neoliberalismo los problemas sociopolíticos se convierten en errores individuales.

Octavo, porque se ha optado por matar al perro de Teresa, Excálibur, ante la duda de su infección, consiguiendo así ganar tiempo en la contención del miedo social, mostrando con ello además algo más que preocupante: exponer públicamente los delirios morales de muchos animalistas, más preocupados por salvar la vida de un perro que de la situación de sus dueños, del personal sanitario o, más esencial, de millones de personas en África pacientes de epidemias devastadoras. A nivel moral, el prójimo humano siempre está por encima de seres vivos que no son sujetos morales como los animales y, por tanto, no son sujetos morales. En todo caso, quien maltrata a un animal o abusa de él no degrada al animal a nivel moral o ético por lo que he dicho, sino que se degrada ética y moralmente a sí mismo, además de realizar un mal intrínseco sobre el animal que podría reproducir sobre personas humanas.

Noveno, la actitud chulesca, de "clase", del Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, el doctor Javier Rodríguez, que siguiendo la línea de criminalización de los trabajadores sanitarios madrileños, aconsejó a los periodistas no entrevistarles por si llenaban de ébola sus micrófonos, censurando información además, por no mencionar su soberbia al afirmar, no sin razón, que le da igual que le destituyan porque él tiene "la vida resuelta".

Décimo, el oportunismo del catalanismo separatista al tachar el ébola de "enfermedad española", cuando no dicen nada de los casos de legionela registrados en Cataluña, que han causado ya diez muertos y que nadie ha tachado de "enfermedad catalana".

Y undécimo, porque esta crisis del ébola en el marco de una crisis socioeconómica y política sin precedentes en la Historia de España, está siendo manejada desde el poder político de manera perversa, además de bastante improvisada. El Gobierno de España ha puesto, tras todos los fiascos de estos días, la situación en manos de su miembro más preparado: Soraya Sáenz de Santamaría. Y a mi juicio, lo que se pretende es minimizar el número de muertos por ébola, quedando solo en Teresa Rodríguez si no se salva (además del perro). Porque del número de muertos que haya por esto, quizás dependa quién gane las elecciones en la siguiente legislatura.

Estas diez cuestiones no pueden desconectarse de lo que he tratado de argumentar como el principal problema a tener en cuenta: que el motor de la Historia no es ajeno a las emociones, sentimientos e ideas que produce y, al mismo tiempo, le dan gasolina (entretejidas en y por ideologías); y que cuestiones aparentemente "extrapolíticas" como la vida biológica (y las epidemias siempre han existido y existirán como parte de la vida, en tanto bacterias y virus son parte de la vida), no dejan de sentir la influencia de una dialéctica de clases y de Estados que condiciona el efecto que producen sobre las personas y los países. Por ello, si queremos evitar que nuestros trabajadores puedan infectarse por el ébola, no solo tenemos que realizar la lucha de clases contra quienes someten a nuestros trabajadores a recortes en materia de derechos laborales y de condiciones para ejercer más eficientemente su trabajo, sin dejar de arrimar el hombro por nuestros enfermos. Tenemos que hacer del Estado español un sujeto revolucionario con capacidad para ayudar en lo posible a los trabajadores de toda clase de las naciones africanas y de otras partes del Mundo para que tengan vida vaya más allá de la mera necesidad de supervivencia. Esta doble lucha les da, y nos da, dignidad y honor.