jueves, 9 de octubre de 2014

La estrategia política de Pablo Iglesias


Publicado en LaRepública.Es:




Cuando en esta entrada me refiero a la estrategia de Pablo Iglesias quiero distinguirla de la más genérica estrategia de su, hoy por hoy, movimiento sociopolítico con pretensiones de Partido político Podemos. Pues estimo que, sin perjuicio de la cantidad de gente que le acompaña que son, en definitiva, quienes le hacen líder del proyecto más allá de lo trabajado que él haya tenido en estos años la difícil disciplina del liderazgo político (el líder se hace, más que nace a pesar de ciertas aptitudes vitales, y más allá de su papel como arquitecto de un proyecto político, el principio y fin de la arquitectura siempre será el albañil), cada vez estoy más convencido de que la única persona que tiene verdaderamente claro qué es Podemos y qué proyecto de Estado quiere desde Podemos es el propio Pablo Iglesias. Y si acaso, más allá de los devaneos teóricos sobre “democratizar la democracia”, “empoderar a la gente” o realizar “procesos constituyentes de unidad popular” de Juan Carlos Monedero y otros intelectuales orgánicos de este proyecto, como los indispensables para Iglesias Jorge Moruno y Jorge Lago, la única persona aparte del propio Iglesias que tiene claro qué ha de ser Podemos quizás sea Íñigo Errejón.

Estrategia y táctica no son lo mismo, y menos en política. La táctica, según el DRAE, es el “arte de poner en orden las cosas”, el “método o sistema para ejecutar o conseguir algo” e incluso el “arte de disponer, mover y emplear la fuerza bélica para el combate”. Según el mismo DRAE, la estrategia es el “arte de dirigir las operaciones militares”, el “arte, traza para dirigir un asunto” y, en un “proceso regulable” propio de las Matemáticas (y es una definición muy propia de la Investigación Operativa), el “conjunto de reglas que aseguran una decisión óptima en cada momento”. Partiendo de estas siempre discutibles definiciones, podemos decir que la táctica está al servicio de la estrategia. Y que el liderazgo político es aquel que pone la táctica propia al servicio de la estrategia propia, en dialéctica con las tácticas y estrategias propias de los grupos adversarios, enemigos, pero también aliados.

El caso es que Pablo Iglesias, líder táctico y estratégico de Podemos, es más que brillante en lo que los expertos en liderazgo llaman “pensamiento estratégico”. Habría seis características para definirlo:

1.     Capacidad de anticipación desde el presente a las diversas bifurcaciones del porvenir;
2.     Retar los convencionalismos tradicionales;
3.     Interpretar correctamente las informaciones disponibles así como interpretaciones opuestas a las suyas;
4.     Velocidad, rigor, equilibrio y agilidad en la toma de decisiones;
5.     Alinear la diversidad de líneas, opiniones, corrientes y puntos de vista existentes que trabajan en sus líneas tácticas y estratégicas; y
6.     Saber aprovechar, celebrar y aprender tanto de los “éxitos” como de los “fracasos”, siendo una cosa u otra según la coyuntura.
7.      
En un marco político como el actual, con un bombardeo de información constante desde diversos medios, incluida la inmediatez digital, donde los acontecimientos, salvo para especialistas y obsesivos, tienen un impacto tremendo cuando aparecen y, tan rápido como surgen, pasan a segundos, terceros o enésimos planos por debajo de las nuevas novedades, la táctica y la estrategia políticas parecen haberse orientado, para muchos teóricos, ideólogos, politólogos o publicistas de la táctica y la estrategia, a la asimilación de esta inmediatez y esta “liquidez” para “hacerla suya”, sin perder de vista la finalidad para la que sus proyectos se ponen en marcha. De ahí la ambigüedad de los mapamundi ideológico-políticos del presente y de ahí, también, la ambigüedad buscada de los disfraces político-comerciales de muchos partidos políticos actuales, que hace difícil clasificarlos en los tradicionales ejes políticos del siglo pasado heredados de los siglos XVIII y XIX.

Esta ambigüedad calculada es usada, torpe o sabiamente, por amigos y enemigos políticos, por defensores del Orden Establecido o por enemigos acérrimos del mismo, por sujetos y grupos que vienen de la “extrema izquierda”, el comunismo, el troskismo o la socialdemocracia o del fascismo, el nacionalsocialismo o el neoliberalismo. Lo que todos tienen en común es que es una ambigüedad buscada, defendida para protegerse de los reveladores de su disfraz que, no obstante, no deja de ser un disfraz “estructural” en sentido institucional, en tanto que esta ambigüedad es producto de, y solo es posible desarrollarla en, el conjunto complejo de instituciones políticas, culturales y económicas de las democracias de mercado pletórico capitalista, homologadas entre sí como si de mercancías por la Organización Mundial de Aduanas se tratara. Y de ahí que, para ganar políticamente en estas democracias homologadas, Pablo Iglesias (y otros, como Zapatero antes que él a su manera) tenga clarísimo que el terreno de juego es el que es, y que para cambiar esas reglas de juego hay que llegar al poder político jugando a las reglas que le han impuesto. Esto motiva que Podemos, en la mente de Iglesias y Errejón, sea la “necesaria” herramienta de cambio político en España hacia una ruptura del Orden Establecido de la Transición, régimen actual heredero del anterior como su última Ley Fundamental (la Constitución de 1978). Pero una herramienta que, para vencer, tiene que convertirse, a nivel de reglas fundamentales y a pesar de lo que digan Moruno, Monedero y Lago, y por esa institucionalizada ambigüedad política democrática (y democratista), en un Partido político atrápalo-todo.

Un Partido político atrápalo-todo, o “partido-escoba”, busca el poder político atrayendo la militancia y el voto de ciudadanos y residentes con derecho al voto en una sociedad política de distintas ideologías, corrientes y puntos de vista ideológicos. No busca “educar a las masas” en una ideología determinada, sino que le voten para, desde el poder, “educar a las masas” con un mayor poder político para poder hacerlo, como es el poder político del Estado. De ahí que el nivel ideológico de comprensión y de elaboración del discurso (salvo para los iniciados, grupos muy reducidos dirigidos por intelectuales orgánicos tipo Monedero, Moruno o Lago, o el propio Iglesias) se adapte para ser comprensible, asumible y defendible por el más “tonto del pueblo”, se haga un mayor énfasis en el conjunto del todo poblacional con derecho al voto más que en un segmento de clase social, se esté pendiente de las tendencias estadísticas de la llamada “opinión pública” para organizar el discurso a vender en torno a esas tendencias, dando igual si surgen de los vectores ascendentes o descendentes del poder político (Carolina Bescansa se encargaría de dirigir esa tarea en Podemos), o que haga su discurso también accesible a diversos grupos políticos, económicos de poder, interés y otros lobbys. De ahí diversas estrategias que Iglesias ha seguido, sigue y seguirá mientras le den provecho:

·         El aparecer constantemente en medios de comunicación de todo tipo, dando igual si son los programas propios (La Tuerka, Fort Apache) o ajenos (13TV, Intereconomía), más o menos cercanos (Cuatro, La Sexta, Telesur) o incluso en medios para muchos bizarros (como la entrevista que el videobloguero español Salvador Raya le hizo, y que puede encontrarse en su canal de youtube). Lo importante es ir a donde a uno le inviten, siendo así posible llegar desde a una sola persona hasta millones, desde aislados ciudadanos en pueblos remotos de pocos habitantes a grandes empresarios con mucho dinero que no saben qué hacer con él y que no temen aventurar en qué invertir, incluso en proyectos políticos rupturistas.

·         El apelar constantemente a términos más sociológicos que políticos como “gente” o “sentido común”, algo indefectiblemente unido a la estrategia de no apelar directamente a las clases obreras o populares, sino a la “ciudadanía”, como enseña la Escuela Itinerante de Podemos dirigida por Carolina Bescansa e Íñigo Errejón qué están llevando a todos los círculos de Podemos en España y fuera dando consignas discursivas ante dudas planteadas al Partido en ciernes. Esto conlleva, traicionando o “maquillando” al, adorado por Errejón e Iglesias, Ernesto Laclau en que el sujeto político a nivel discursivo que ha de tornarse en “pueblo” (según su libro “La Razón Populista”) ya no sea la “plebs”, las clases populares, sino el “populus”, el conjunto de la ciuadadanía en sentido interclasista y liberal.

·         El renegar del tradicional eje izquierda-derecha para, teniendo en cuenta el punto anterior, llegar al más amplio espectro de la población posible, incluso votantes del PP que, también, son “gente”, “pueblo” y “multitud”.

·         El renegar incluso, y esto está menos percibido, de otro eje esencial en la política española: españolismo-separatismo, con todos los ismos que haya de por medio (federalismo, confederalismo, regionalismo, etc.). De ahí ciertos ardides de comunicación política de Iglesias y los suyos. En el País Vasco, al mismo tiempo que se habla en herriko-tabernas sobre cómo ETA fue quién mejor entendió lo que suponía el “papelito de 1978” (la Constitución actual), se afirma en foros económicos en hoteles de Madrid (llegando así a lobbys abertzales en un caso o liberal-conservadores españolistas en otro) que ETA ha causado un “inmenso dolor” por “causas políticas” (sin especificar) y se condena su “actividad política” (sin llegar a decir jamás la palabra terrorismo, salvo en el caso de Juan Carlos Monedero). En Cataluña, por otra parte, al mismo tiempo que se va a charlas organizadas por la CUP o se pone por las nubes a figuras del separatismo como la monja Teresa Forcades y se apela al “derecho a decidir de los catalanes” y a no “imponer unidades”, se apela al patriotismo español, al federalismo, a la unidad de todos y al proyecto común de necesidad de cambiar España entera y devolver a la “ciudadanía” la soberanía nacional española. Así se busca el voto tanto de simpatizantes del PSE o el PSC, del PNV o de CiU, de EB o ICV, como de Bildu-Amaiur o ERC y la CUP tanto en Cataluña como en el País Vasco. Esto supone que Podemos, como partido atrápalo-todo, sea un peligro no solo para Izquierda Unida o el PSOE (o que quite votos al PP), sino que también lo es para Bildu, ERC o la CUP. Esto es porque, al igual que Evo Morales en Bolivia o Chávez y Maduro en Venezuela, Pablo Iglesias trata a los catalanes y a los vascos como estos líderes suramericanos a los indígenas de sus respectivas naciones.

·         El apelar constantemente a la democracia en cada discurso, porque como el propio Iglesias afirmaba en su conversación con el rapero Nega de Los Chikos del Maíz en la publicación titulada “¡Abajo el Régimen!”, ya practicamente nadie en España quiere el socialismo o la dictadura del proletariado, y por ello, porque el terreno de juego es otro, hay que jugar con los términos que el tablero tiene, y por ello la palabra democracia, que se dice de muchas maneras, es disputada por Iglesias y Podemos a la democracia realmente existente, que es la liberal-burguesa y coronada de 1978. Ya afirmó Errejón en un artículo en Rebelión, parafraseando a otro “pensador” de cabecera suyo, de Monedero y de Iglesias, el portugués Boaventura Da Sousa Santos, que “socialismo es democracia sin fin”. Y por ello, el eje democracia liberal-socialismo, también es desbordado y discutido, y la palabra democracia sirve para hablar de socialismo sin nombrarlo.

·         A nivel interno de organización de Podemos, y a expensas de ver qué pasa en su Congreso Constituyente de noviembre, conectando con el punto anterior se ha apelado a la democracia radical y directa para unificar en su torno a 1.250.000 votos en las pasadas europeas y más de cien mil personas que se han adherido a Podemos desde diversos puntos de España y del extranjero. Podemos es un proyecto no solo demócrata, sino democratista. El democratismo es fundamentalismo democrático, aquel que afirma que la democracia es la forma más excelsa de sociedad política posible, siendo bárbaras todas las demás, radicalizándose cuando se afirma con cara de trascendencia mística que “los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”, sin muchas veces saber qué es eso. Sustancializando procedimientos es como Podemos, apoyado sobre generaciones de españoles educados en ese democratismo desde las reformas educativas de José Luis Villar Palasí, ministro de Educación en el último franquismo, que preparó el camino con su Ley de Educación de 1970 a la LOECE de UCD de 1980, la LODE de Rubalcaba de 1985, la LOGSE de 1990, la LOCE de 2002, la LOE de 2006 y la LOMCE de 2013, funciona y se abre camino. Así, Iglesias trata de construir un proyecto político fuerte, con un proyecto de organización explicitado en parte en el documento “¡Claro que Podemos!” firmado por el mismo y elbunker de Somosaguas (Errejón, Monedero, Bescansa y Luis Alegre, autoexpulsado de Izquierda Anticapitalista, de la Facultad de Filosofía de la Complutense), con una clara orientación centralista (criticada por Jaime Pastor, mentor de Izquierda Anticapitalista) y que dividiría a Podemos en sectores más profesionales que ideológicos o regionales (con matices, como el Partido Comunista de España antes de las reformas que impuso Santiago Carrillo y que, hasta ahora, ningún Secretario General del PCE ha cambiado) y que impediría la “doble militancia” perjudicando claramente, entre otras organizaciones, a Izquierda Anticapitalista, la organización troskista que Iglesias usó para conformar institucionalmente Podemos para, ahora, tratar de “agradecerla los servicios prestados” obligando a su autodisolución si no se hace lo que él, su candidatura, quiere, perjudicando también a los círculos conformados y a su democratismo, “traicionado” por quién, al mismo tiempo que apela a ello lo limita buscando efectividad, centralismo democrático semi-leninista y seriedad.

Así pues, Iglesias lo que quiere, y ahí orienta su táctica y su estrategia políticas, es que Podemos sea el mayor partido atrápalo-todo de la Historia de España y le asegure todo el poder político posible en España. Teniendo como espejo la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, donde su sector ideológico domina la Facultad (sector que no inició él, sino Ludolfo Paramio hace muchos años), busca “somosaguasizar España”. Por ello apela a todos y a ninguno al mismo tiempo para conseguir ganar las elecciones generales, su verdadero propósito. Podemos es Pablo Iglesias, en buena medida, desde que él tiene uso de razón. Es probable, por tanto, que Podemos esté en su cabeza desde antes incluso de entrar a las Juventudes Comunistas del PCE-IU, de las que salió con 21 años para bregarse políticamente en los movimientos antiglobalización para acabar, años después, en una orientación política de tipo populista iberoamericano.

“La política es cabalgar contradicciones”, gusta de decir Pablo Iglesias siempre. Y él está acostumbrado, o eso cree, a cabalgar muchísimas con éxito. Claro que el liderazgo político, que depende del éxito de la estrategia política seguida, depende muchas veces de que las contradicciones no le cabalguen a uno. Esto último ha pasado en Somosaguas: una Facultad en números rojos, que no ha podido evitar aplicar Bolonia (como ninguna Universidad europea, por lo demás), que está partida en dos o más facciones ideológicas, donde los rencores hacia todo lo que el grupo ideológico de Iglesias en Somosaguas represente, incluso desde personas cercanas ideológicamente a él, son enormes, y donde la represión verdaderamente efectiva entró a la Facultad gracias a dicho sector ideológico dominante desde Decanato, cuando este mismo año autorizó la entrada de la Policía para detener a estudiantes que preparaban la acción fracasada de “rodear el Congreso” (para poco después, aparecer como Tribuno suyo, en Intereconomía, el mismísimo pupilo, Pablo Iglesias, de quién autorizó esa entrada de la Policía en su Facultad). Una Facultad cabalgada por muchas contradicciones que es el reflejo bizarro de lo que podría ser una España gobernada por Pablo Iglesias, esté él en Podemos o no. Si esas contradicciones han estallado, no obstante, en un microcosmos político como es una Facultad, ¿qué no podría pasar en una nación entera de 47 millones de habitantes y de una importancia geoestratégica esencial en el orden internacional como es España?


Ya mismo esas mismas contradicciones empiezan a agudizar en Podemos, tratando de cabalgarse con la ambigüedad calculada que Iglesias ha mimetizado del “enemigo”. La ambigüedad ante ETA, ante el llamado “derecho a decidir”, ante las distinciones entre ciudadanía, pueblo, plebe, multitud, clases sociales, así como otras todavía por resolver (como la dicotomía europeísmo-antieuropeísmo), o la misma y que amenaza con implosionar Podemos si no se hace lo que Pablo Iglesias quiere (de ahí sus golpes en la mesa recientes afirmando, como Felipe González en 1979 en un PSOE en proceso de desmarxistización, que no podría dirigir una organización que no acepta su propuesta de organización, es decir, su estrategia política), entre democratismo y centralismo semi-leninista, van a determinar el futuro de una figura política que, o bien se convierte en el Rafael Correa español, o bien se convierte en el Andrés Manuel López Obrador español. Dos caras del populismo iberoamericano donde el más que inteligente, y muy listo, Pablo Iglesias, podría verse reflejado. Cual Narciso. Aunque si acaba como López Obrador, corremos todos el peligro de que se cumpla el refrán: “Otros vendrán que bueno te harán”.