lunes, 16 de noviembre de 2015

Crítica al descripcionismo histórico sobre el Estado Islámico


Publicado en Crónica Popular y en la web de Alternativa Ciudadana Progresista:




(Nota preliminar: el siguiente texto pretende ser tanto crítico como didáctico. Se explican cosas no por pedantería para demostrar sabiduría, sino para tratar de dar, primero, cohesión interna a lo que se pretende decir, y segundo, para que los lectores adquieran información sobre un tema que puede interesarles y quizás sean neófitos e él. Asímismo, advierto que, probablemente, debido a los tres textos que tiene de referencia ya publicados en Crónica Popular, haya lugares comunes entre todos ellos. Lo cual no es malo, pero es bueno señalarlo.
 
En el momento de terminar de enviar este artículo para su publicación en Crónica Popular se produjeron los ataques en París que han acabado con la vida de 160 personas. Ahora, más que nunca, este artículo cobra todo el sentido).
 
Mi compañera de redacción en Crónica Popular, María Rosa de Madariaga, gran historiadora experta en las relaciones España-Marruecos durante la etapa del Protectorado, escribió dos artículos más que recomendables que describen (y quiero insistir en esta palabra, describen) lo que es el Estado Islámico para tratar de aclarar información con respecto a este grupo yihadista de cara a los lectores de este semanario digital. Los dos artículos en cuestión son La nebulosa yihadista y el Estado Islámico, publicado el 14 de septiembre de 2015 en Crónica Popular, y “A vueltas de nuevo con el llamado Estado Islámico“, publicado el 10 de noviembre de 2015 en el mismo medio digital.
 
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No tengo nada que reprochar a estos fantásticos textos, los cuales recomiendo a todo el mundo, a nivel de descripción, en parte, del fenómeno llamado Estado Islámico. No obstante, sí hay algunas cuestiones que quisiera comentar, críticamente si se me permite, al respecto de los dos, pues la mera descripción histórica de unos hechos concatenados en el espacio-tiempo no implica la categorización cerrada de esos mismos hechos en sentido empírico real. Y me explico:
 
1) Debo comenzar lamentando que el segundo artículo, A vueltas de nuevo con el llamado Estado Islámico, lo escribiera María Rosaaludiendo sin aludir un artículo mío publicado también en Crónica Popular y titulado Contra el Estado Islámico, con fecha de 19 de octubre de 2015. El motivo por el que ella ha escrito este segundo artículo es la publicación de mi texto en el mismo medio, algo que la molestó sobremanera, aunque nunca me han quedado claros los motivos de tal molestia. Sí es cierto que, en el segundo párrafo de su segundo texto, Madariaga explica las motivaciones que le han llevado a redactar un nuevo análisis de la cuestión:
 
Pero un imprevisto, la aparición en estas mismas páginas de un artículo, en el que se nos ofrece una visión apocalíptica del mundo a causa de la existencia del Estado Islámico, ahí, a nuestras puertas, me obliga a intervenir para aclarar algunos puntos. Esta visión apocalíptica coincide con la que sostiene hoy el Instituto de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa, en la que, de acuerdo con la lógica militar de que siempre tiene que haber un enemigo contra el que luchar, el enemigo de ayer, el comunismo y la Unión Soviética, ha pasado a ser hoy el Islam y el Estado Islámico. Las cosas son, sin embargo, más complejas y merecen un análisis menos simplista y más afinado”.
 
En este párrafo se resumen, a mi juicio, tanto las motivaciones de este artículo como del primero. Pero es necesario mencionar un hecho que, de primeras, me preocupa. A María Rosa de Madariaga la estimo como persona y como profesional de su campo. Tuve el honor de invitarla a dar la sesión docente de clausura del curso sobre Relaciones Internacionales y Política Exterior en el Área del Magreb y Oriente Medio que, en forma de seminarios, di adjuntos a esta asignatura del Master sobre la Unión Europea y el Mediterráneo que imparte el Euro-Mediterranean University Institute -EMUI-, instituto de investigación de la Universidad Complutense de Madrid en el que soy docente e investigador. Pero en su segundo artículo, en el que habla de mi artículo, no me cita, ni me nombra, a la hora de criticarme.
 
Estimo que el legítimo contraste de pareceres acerca de cualquier cuestión, en un medio público como es Crónica Popular, debe realizarse de manera que todos los participantes realicen un juego limpio para con el otro. No considero que María Rosa de Madariaga haya jugado limpio conmigo en ese aspecto. Aunque también es verdad que comparar mi artículo, insisto que sin nombrarlo, con los informes del Instituto de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa de España, es todo un honor para mí. Y por un motivo muy sencillo: ellos, el IEEE no hacen Historia, ni tampoco descripcionismo histórico como metodología científica aplicada, sino estudios de inteligencia, contrainteligencia y estrategia geopolítica, en los cuales hay que tener en cuenta la Historia, por supuesto, pero sobre todo los intereses del Estado que representan, los cuales no pueden ceñirse solo a meros “intereses de clase” en un típico caso de análisis propio del marxismo vulgar.
 
Cuando una institución de inteligencia y estrategia como el IEEE, el CESEDEN o el CNI centran buena parte de sus actividades en el área del Magreb y Oriente Medio, no lo hacen para defender a la “burguesía española” solo. Si España fuese una nación con un régimen comunista estos centros de inteligencia seguirían existiendo y seguirían, además, realizando labores de inteligencia centrados en el Magreb y Oriente Medio, no solo por motivos de relaciones históricas de España con el mundo árabe-islámico, sino también porque en estas áreas existen gobiernos cuya acción política puede perjudicar los intereses de España a nivel de relaciones internacionales y política exterior y también, y esto entronca con hablar del Estado Islámico, porque hay grupos radicales en algunos países de esa zona geopolítica que se preparan para atentar contra nosotros en pos de su utopía política de reislamización de la Península Ibérica y recuperación de Al-Ándalus. Y esto ni es una broma, ni es apocalíptico. Esto es un fenómeno real y una amenaza a todos nosotros, seamos de izquierdas o de derechas, seamos españoles o portugueses. ¿Acaso no ha habido continuidad, en muchos aspectos, en la política exterior de la Rusia de los zares con la Unión Soviética o la Rusia de Putin actual? Sí, los ha habido, porque la dialéctica de clases está conectada con la dialéctica de Estados, y las líneas históricas que determinan la política interior y exterior de ese conjunto complejo de instituciones que se apropia de un territorio y de una población frente a otros, pues esto es un Estado, lo llevan a continuar, gobierne quien gobierne, a primar unas políticas sobre otras, siempre adaptándose a las coyunturas históricas diversas que puedan sobrevenir.
 
Digo esto porque mi artículo no es meramente histórico, aunque tenga en cuenta la Historia. Es una toma de partido política, y geopolítica, frente a una amenaza actual, muy peligrosa (cosa que María Rosa reconoce en su segundo texto), y que nos afecta como país. Y quizás esa perspectiva es la que no ha entendido María Rosa de Madariaga, cosa que, por otra parte, demuestra a mi modo de ver en las soluciones que propone a esta cuestión, y que repite en sus dos artículos. Pero vayamos por partes.
2) Ambos artículos, que repiten temas comunes y que son lectura imprescindible, pero no única, para entender qué pasa en Oriente Medio, pecan de descripcionismo histórico. El descripcionismo es una teoría de la ciencia que pone el lugar de la verdad científica en la materia constitutiva del campo de cada ciencia, esto es, en los hechos, fenómenos o sensaciones observables en dicho campo. El descripcionismo interpreta lo que puede encontrarse asociado al proceso científico (su lenguaje, las instituciones sociales propias de cada ciencia, los experimentos o manipulaciones del material encontrado en cada campo, los razonamientos sobre cada cuestión, los libros y textos, etc.), como formas que, más que contribuir a la conformación de la verdad científica que se supone ya dada, lo que hacen es permitir entender estos hechos y fenómenos como destinados, a título de métodos, a facilitar el acceso a las verdades manifestadas por las descripciones de los hechos o de los fenómenos. La idea de verdad del descripcionismo es la verdad como des-cubrimiento de la realidad de “lo que es tal como es”. Es decir, de las cosas mismas en sí. Las teorías descripcionistas reconocen función y presencia a las formas científicas, pero no las consideran constitutivas de la verdad científica, como si hubiesen de ser consideradas subordinadas y refundidas siempre en la materia misma. Y este es uno de sus más graves errores.
 
En el caso del descripcionismo aplicado al campo de la Historia (una disciplina racional y metódica sin duda, pero no una ciencia en sentido del cierre categorial, que es la perspectiva que yo utilizo), el historiador lo que suele hacer es considerar el momento constructivo de su disciplina y sus componentes formales como subordinados a la materia dada que habría de ser meramente descrita. Evidentemente, en la descripción el historiador se vale de instrumentos formales (las reliquias y relatos históricos, también recientes, lo que conecta la historiografía con el periodismo, en tanto el periodista es, en cierto sentido, un “historiador del presente” y el historiador un “periodista del pasado), pero suponiendo que hay que dejarlos “intactos”, a modo de inventario o de archivo.
 
Leif Eriksson
Leif Eriksson
El descripcionismo histórico entiende, por tanto, que la materia constitutiva de la Historia ha de facilitar el acceso a las verdades manifestadas por ésta gracias a la mera descripción de los hechos y fenómenos. Entiende, repito, que la verdad de la Historia lo es por des-cubrimiento. Pero otro problema del descripcionismo, también en Historia, además de subordinar la forma a la materia, es que no entiende que todo descubrimiento científico conlleva tanto un contexto de descubrimiento como un contexto de justificación. Así, el historiador descripcionista entenderá que Leif Eriksson “descubrió América” porque llegó antes que Cristobal Colón. Y obviará el contexto de justificación posterior, que requiere un cierre categorial en forma de teorema (si se da en ciencias naturales o formales) o un cierre tecnológico configuracional (si se da en ciencias sociales), por medio de operaciones que cierren una nueva identidad o nodo que refuerce el campo de su disciplina al entretejerlo con otros nodos anteriores. Y por eso, el contexto de justificación de América como nuevo nodo categorial histórico o geográfico no lo facilitó Leif Eriksson, sino Cristobal Colón, aunque Colón nunca supo que había descubierto un nuevo continente, pues pensó hasta su muerte que había llegado a Asia. Pero en la época en que se produjeron los viajes de Colón existían técnicas, tecnologías y ciencias (y proto-ciencias) que permitían, entre otras cosas, probar la esferidad de la Tierra y la circunvalación de la misma hasta el punto de que Américo Vespuccio demostró, cerrándola, la identidad de las tierras nuevas a las que se llegó como un continente no cartografiado en siglos y milenios anteriores, y de ahí que el continente se llamara América. Ya los portugueses circunvalaron África y el Índico, y esto también fue un punto importante a la hora de cerrar la nueva identidad sintética que, a nivel de la geografía, de la Historia y de otras disciplinas, pudo confirmar al Mundo que América era un “nuevo continente”. Este contexto de justificación, el de los siglos XV y XVI, era impensable en los tiempos medievales del noruego Eriksson.
 
Esto que acabo de decir también se interrelaciona con la perspectiva de mi texto anterior que, insisto de nuevo, no es meramente historiográfico, sino político, y politológico, también geopolítico y geoestratégico. Y se nota, además, en la imprudencia de una comparación analógica que María Rosa de Madariaga hace en su párrafo arriba citado, a mi modo de ver de manera totalmente desafortunada. Y es cuando compara la toma de posición del IEEE (ese reducto burgués capitalista, para ella) respecto del Islam y el Estado Islámico, con la que en tiempos de la Guerra Fría se tuvo con el comunismo y la Unión Soviética. Analogar el Islam al comunismo, esto es, la segunda confesión religiosa del Mundo actualmente en número de seguidores (unos 1.300 millones de personas), a un movimiento político raciouniversalista (en expresión del filósofo Juan Ponte) que pretende, como dijeron Marx y Engels en La ideología alemana, “superar el estado de cosas actual”, incluido el estado (de cosas actual) islámico, supone homologar a los militantes comunistas y sus revoluciones políticas, su materialismo y su ateísmo, al Islam y su oscurantismo, su irracionalismo y su espiritualismo monista. Y comparar al Estado Islámico con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a mi juicio, sitúa esta desafortunada frase de Madariaga en el mismo campo de expresiones ideológicas más indocumentadas de un César Vidal o un Pío Moa cualquiera. Y es curioso, porque en ambos textos María Rosa abomina del Estado Islámico, como no podía ser de otra manera en una historiadora y militante camarada como es ella. Pero no deja de sorprender esta analogía tan poco afortunada por su parte. Y quizás sea debida, me atrevo a decir, por la reciente en el tiempo (los últimos treinta años) filia de muchos militantes de izquierdas con el Islam en general, sin entrar en distinciones entre moderados y radicales. Y esta islamofilia izquierdista acrítica, que se corresponde además, normalmente, con una católicofobia o cristianofobia considerable, es uno de los motivos por los cuales las izquierdas en general, y el comunismo en particular, no consigue el favor de las masas en las naciones de raíz cultural judeocristiana en el presente (las izquierdas actuales desprecian a los obreros que pretenden emancipar). Y se nota en el desdén que, por otra parte, se tienen a estudios y visiones sobre el Islam que no comparten la esencia de esta visión islamófila, sea en su versión geoestratégica del IEEE o de otros analistas tipo Serafín Fanjul, Antonio Elorza o Gustavo de Arístegui (recomiendo su libro La Yihad en España: la obsesión por recuperar Al-Andalus, de 2005), a los cuales se les catalogará directamente de “islamófobos” o “fachas” incluso. Pero como diría María Rosa, “las cosas son, sin embargo, más complejas y merecen un análisis menos simplista y más afinado”.
 
3) Hay ciertas cuestiones problemáticas que los dos textos de María Rosa de Madariaga en Crónica Popular ofrecen a quien los lea, y quisiera ir poco a poco tratando de desgranarlos en lo que resta de este artículo que están ustedes leyendo. Quizás tratando de que ella, en el futuro, pueda también hacerlo de manera sana y honesta no solo con mis escritos, sino también con otros autores con los cuales ella no comparta la misma visión.
 
a) Para empezar, es necesario hacer una distinción entre islamismo, salafismo y salafismo yihadista. Estas tres corrientes suelen meterse dentro del batiburrillo que se denomina “fundamentalismo islámico”. Fundamentalismo, supuestamente, sería toda corriente ideológica o religiosa que promueve la literal interpretación de sus textos fundacionales o sagrados, por encima de una interpretación contextual, y/o la aplicación estricta e intransigente de una práctica o doctrina establecida basado en esos textos fundacionales o sagrados. Siguiendo estas definiciones, no se podría por ejemplo hablar de “fundamentalismo católico”, en tanto el catolicismo es una religión que, sin dejar de dar peso a la Biblia, da igual importancia a la propia Tradición adaptativo-contextual de la Iglesia Católica y sus textos doctrinales redactados en sus 2015 años de Historia viva, y hay que tener en cuenta que en el catolicismo priman más los actos que la mera fe para alcanzar la Salvación. Pero sí podrá hablarse de integrismo católico, en tanto el integrismo es la actitud de determinados colectivos hacia los principios de la doctrina tradicional de dichos colectivos, que lleva a esos colectivos a rechazar cualquier cambio doctrinal tratando así de mantenerse inalterados e íntegros. Y la conservación íntegra de los principios doctrinales del catolicismo (Biblia, Tradición, actos, etc.) no es lo mismo que la interpretación fundamentalisma del texto bíblico. De ahí que el fundamentalismo sea más propio del protestantismo, donde prima la fe más que las obras y la única autoridad es la Biblia, que del catolicismo o que del cristianismo ortodoxo.
 
Hermanos Mulsumanes
Hermanos Mulsumanes
En el caso del Islam, el islamismo no es un fundamentalismo estricto. Sí es cierto que la inmensa mayoría de los musulmanes hacen una interpretación literal del Corán, pero el islamismo, que no es sino la ideología de determinados grupos políticos, partidos o cofradías musulmanas, que tratan de islamizar una sociedad política (un Estado) sin necesidad de desarrollar políticas expansionistas imperialistas por ello, tiene mucho de adaptativo, en tanto cada islamismo es particular de la sociedad política donde se fragua. Así, grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto o Hamás en la franja de Gaza, o Hezbollah (chiíta) en el Líbano, son islamistas. Y aunque los Hermanos Musulmanes, como bien apunta María Rosa de Madariaga en su primer texto, influyeron mucho en las ideas de Sayid Quttb, padre del salafismo yihadista, no puede analogarse su política, su modus operandi o sus pretensiones, a las de Al Qaeda o a las del Estado Islámico. Siguiendo con las analogías, el islamismo sería una versión musulmana, radical, de lo que en Europa significó la democracia cristiana o, incluso, los grupos políticos ultraconservadores de corte militarista que dominaron mediante dictaduras en España, Portugal o el cono Sur iberoamericano.
 
Pero el islamismo, insisto, no es un fundamentalismo estricto, como sí lo son el salafismo y el salafismo yihadista. El islamismo puede ser sunnita o chiíta, o jariyita (no se por qué María Rosa se ofusca tanto porque los nombre como rama del Islam en el segundo texto, ya que escribo también para los lectores y ni solo para los eruditos, pues aunque sean minoritarios, dominan en un Estado musulmán importante, como es el Sultanato de Omán, en el sureste de la Península Arábiga). Pero el salafismo, y el salafismo yihadista, como ya dije en mi artículo anterior, son solo de raíz sunní. Y si María Rosa de Madariaga no entiende esto, es porque no entiende la distinción entre islamismo, salafismo y salafismo yihadista. Distinción que no es mía, sino que ya ha sido articulada por nombres tan prestigiosos como Olivier Roy o Bernard Lewis. Y no los nombro por meramente acudir al argumento de autoridad para refrendar lo que digo, sino porque todo el mundo, también María Rosa, acude al argumento de autoridad simplemente para mostrar que quien algo sostiene no es el único ni el primero en hacerlo. Aunque serlo, tampoco per se sería algo negativo, por otra parte.
 
El salafismo, o wahhabismo (término peyorativo que no gusta a los salafistas, porque lo consideran un término que implicaría culto a la personalidad de Muhammad Ibn Abdul Wahhab, fundador de esta corriente sunnita, aunque él nunca se reclamó de ninguna corriente apartada del “verdadero Islam”), es la doctrina religiosa oficial de Arabia Saudí, desde el Pacto de Dariya, por el que Abdul Wahhab, en 1744, ofreció una de sus hijas a Ibn Saud, emir local y bisuabuelo de Abdelaziz Al Saud, fundador de Arabia Saudí. Gracias a este pacto, y tras diversas victorias militares, se pudo fundar el Emirato de Diriyah, que duró hasta 1818 cuando fue conquistado por otomanos y británicos. Este emirato fue el antecedente zonal como Estado de la actual Arabia Saudí o Saudita, y aunque feneció como sociedad política la alianza salafista-saudí sobrevivió. Esta alianza es la base del poder político y religioso del gran Estado que actualmente ocupa la mayor parte de la Península Arábiga y alberga, en su territorio, las dos ciudades más sagradas para los musulmanes: La Meca, donde está la Kaaba y hacia la que rezan los musulmanes, y Medina, donde reposan los restos de Mahoma. Abdul Wahhab consideró que necesitaba un brazo armado para propagar su doctrina, y se lo ofreció Ibn Saud tras ser Wahhab expulsado de La Meca porque sus custodios consideraban su doctrina como desviada (takfir). Sus principios doctrinales se basan en una interpretación literal y estricta del Corán y los Hadices, base de la Sunna o tradición de los hechos de Mahoma, interpretación que realizaron, según los salafistas, los llamados “piadosos predecesores” del Islam originario, rechazando toda interpretación humana posterior y las innovaciones desde “abajo”, desde fuera de los predicadores salafistas, así como la influencia occidental laica y corruptora. Estos sí son fundamentalistas, como puede verse. Pero el salafismo no se queda en esto. Los salafistas insisten en el monismo de Dios, el tawhid rububiya, Alá como único creador del Universo sin compañía, sin hijo (el Islam niega la Trinidad cristiana, a la cual considera politeísta), por lo que no necesita representante alguno en la Tierra (no necesitan Papa) para demostrar y afirmar que Alá es el Soberano del Cosmos y de los hombres. De ahí que la soberanía política, en los Estados tanto islamistas como salafistas, resida no en un monarca absoluto (de iure), o en un grupo aristocrático, ni tampoco en “el pueblo”. Sino que reside en Dios, en Alá. En el fundamentalismo salafista, que sigue la escuela jurídica hanbalí pero con innovaciones propias, esta unicidad monista en la que Alá influye a todo por igual, toda adoración o culto que no se dirija a Dios estará proscrita, perseguida y sancionada, y además dicha adoración deberá realizarse solo a la forma metafórica de Dios (tawhid asma was sifat). La iconoclastia en el Islam se lleva a su máxima radicalidad en el salafismo.
 
La afirmación salafista del monismo teológico estricto y el fundamentalismo sobre los textos por que el pretenden instaurar la “pureza del Islam”, se corresponde también con determinadas negaciones. Hay prácticas concretas que el salafismo persigue y prohibe, por considerarlas supersticiones, idolatría, herejía o innovación humana terrenal, que condenan. El salafismo afirma que solo Alá puede ser invocado, pero niega que se pueda invocar el nombre de santos, ángeles o de Mahoma en los rezos. El salafismo prohibe el rezo ante tumbas de santos o profetas. Prohibe celebrar festividades por santos o profetas. Prohibe el uso de talismanes y la creencia en la idolatría mágica sobre objetos. Prohibe el curanderismo. Prohibe cualquier forma de debate teológico propio de lo que en el cristianismo se denomina teología dogmática, esto es, la exposición científica de toda la doctrina teórica sobre Dios y su actividad exterior a sí mismo, basándose dicha exposición en la verdad propuesta por la religión en diferentes contextos espacio-temporales. El salafismo no necesita “abrir el melón” teológico que realiza la teología dogmática, y por ello, la demostración para ellos de la verdad de Alá se da ya por el Corán y la Sunna, y no es necesaria, por tanto, justificación alguna, sino más bien protección y predicación constante de la supuesta revelación. El salafismo prohibe tambíen levantar grandes monumentos en tumbas y la oración en las mismas, sobre todo de grandes personalidades del Islam, y de ahí la destrucción del patrimonio islámico de Arabia Saudí, como ha sido la casa natal de Mahoma, la tumba de su primera esposa, Jadiya, el cementario de Yanat al Mualá donde estaban enterrados los compañeros de los primeros días de Mahoma, etc. Prohibe el cine, la música (salvo el canto del muecín para la oración o los nasheed, cantos tradicionales árabes, siempre en sentido espiritual religioso) e incluso las fotografías. Y no celebran el nacimiento de Mahoma.
 
El salafismo tiene dos vertientes, no muy alejadas realmente en lo doctrinal salvo por detalles, pero sí en los medios, en la misma medida en que, análogamente, en el nacionalismo vasco encontramos la vertiente jeltzale, conservadora, católica, del Partido Nacionalista Vasco, y abertzale, liberal, socialdemócrata y afín, en ciertos sectores, al terrorismo que ha representado ETA. Si ETA agitaba el árbol y el PNV recogía las nueces, algo parecido sucede con los salafistas predicadores saudíes que recogen las nueces del árbol que agita el salafismo yihadista. El salafismo de predicación es el desarrollado sobre todo por los imanes saudíes que nacen de la estirpe de Abdul Wahhab, y aunque rechazan la vía yihadista por considerarla condenada al fracaso, sin embargo la apoyan en sus fines y, en ocasiones, son los impulsores de otros tipos de apoyo, lógistico y, sobre todo, económico. Muhammad Nasiruddin a-Albani, la gran figura del salafismo de predicación del pasado siglo, era partidario de reislamizar en clave salafista a las sociedades musulmanas desde la purificación del sistema educativo hasta los medios de comunicación. Este salafismo se pretende apolítico, si bien es la ideología dominante en el Estado musulmán central, la Arabia de la dinastía Saud, por cuanto La Meca y Medina están dentro de sus fronteras y fue la tierra de la prédica inicial de Mahoma. Controlan, gracias a dinero saudí, buena parte de las mezquitas islámicas de Europa occidental y Estados Unidos, y aunque apoyen taimadamente en muchos casos al yihadismo fuera de las fronteras saudíes, el pacto con la monarquía absoluta teocrática que los sustenta desde hace décadas, que viene de siglos como vimos más arriba, les obliga a defender el régimen saudí ante cualquier ataque, desde dentro o fuera del Islam, incluido el yihadista. También se oponen al islamismo, al que consideran una vía desviada del Islam, sea este islamismo sunnita o chiíta.
 
Por su parte, el salafismo yihadista, o yihadismo, nace cuando el teórico musulmán egipcio Sayid Quttb evoluciona desde el islamismo radical a una concepción apátrida y expansionista del Islam sunní que debe realizarse desde la práctica política más violenta, el terrorismo organizado que enarbola la Yihad. Yihad, en árabe, como bien indicó en su segundo texto María Rosa, significa “esfuerzo”, y hay dos tipos de Yihad: la “Yihad mayor”, el esfuerzo personal por ser un buen musulmán, y la “Yihad menor”, o Guerra Santa contra los infieles e impuros, (kuffar, de donde viene la palabra española “cafre”). Realmente, esta distinción entre Yihad menor y Yihad mayor no deja de ser anecdótica, y entrecruzada, pues para los que defienden la Yihad menor, la Guerra Santa, el esfuerzo por ser mejor musulmán, la Yihad mayor, pasará por fuerza y necesidad por la Yihad menor. Y solo una interpretación subjetivista típicamente liberal entenderá como “mejor”, “más bonita” (en tanto no implica esfuerzo por combatirla) y “más pura”, vista como una especie de espiritualismo ascético exótico con el que muchos occidentales todavía ven al Islam (como si los musulmanes fuesen “buenos salvajes” rousseaunianos, puro racismo), a esta Yihad mayor, viendo la “Yihad menor” como algo “ajeno” al Islam que ellos quieren ver. El salafismo yihadista es partidario del combate armado con el fin de liberar a los países musulmanes de toda ocupación y perversión de los principios fundamentales del Islam sunní. El fin del salafismo, que se autodefine como defensor de la Tierra del Islam (Dar-al-Islam), es expulsar por vía violenta todo rasgo infiel e impío antimusulmán de dichas tierras y, en la medida de lo posible, islamizar la Tierra de los Infieles (Dar-al-Harb), islamizar el Planeta Tierra por completo (“toda la Tierra es una mezquita”, afirmó Mahoma), volver musulmanas todas las tierras perdidas por el Islam, incluida la Península Ibérica donde vivimos tanto María Rosa de Madariaga como un servidor, y desde ahí saltar a todos los Continentes y rincones. Los inicios del salafismo yihadista fueron anticomunistas y antisoviéticos (insisto en lo inacertada de la analogía de María Rosa entre comunismo e Islam, y entre Unión Soviética y Estado Islámico), y surge de adoptar los métodos políticos del islamismo de los Hermanos Musulmanes a la ideología salafista saudí, a la cual considerarán traidora del Islam y de estar al servicio de los Estados Unidos.
 
Como no podía ser de otra manera, se opondrán también al adecuacionismo político del islamismo y a su corteza de miras, que pretende islamizar solo Estados concretos. El fin último del salafismo yihadista, en definitiva, es crear y organizar la Umma universal, la comunidad universal de creyentes musulmanes, bajo un Califato Universal fiel al Corán y la Sunna en clave musulmana sunní salafí.
Irfan Helmi, líder wahabita
Irfan Helmi, líder wahabita
Por tanto, aunque sí es cierto que la primera gran expresión del salafismo yihadista, Al Qaeda, ha tenido una forma de actuación más parecida a una franquicia capitalista aestatal (Osama Bin Laden era un burgués capitalista, y el enfoque de acción de Al Qaeda es puramente neoliberal), el Estado Islámico, como acertadamente señala María Rosa, rompe con esa tradición “anarquista” islámica, e incluso rompe con el Orden Internacional, al quebrar la repartición de territorios estatales en su zona de nacimiento y actuación principal que surgió del Acuerdo Sykes-Pycot de 1916 y, también, porque el Estado Islámico ha realizado un acto revolucionario incontestable: proclamar un Califato Islámico que se justifica por su mera existencia y sus actos de fuerza política, al que pretenden someter al resto de musulmanes, y desde el cual islamizar el Mundo. Y esto no es un argumento apocalíptico, es lo que esgrime el propio Abu Bakr Al-Baghdadi y sus seguidores, que no se circunscriben solo a las fronteras del Estado Islámico, el cual no es tan pequeño como se dice. Tiene la extensión de Gran Bretaña y bajo su gobierno viven unos diez millones de personas. Por tanto, el Estado Islámico, como último gran ejemplo de salafismo yihadista, no solo atenta contra los Estados, como hacía Al Qaeda, sino que pretende conformar una nueva forma de Estado basada en viejos principios reinterpretados. Algo así como la frase de Sarumán en la película Las Dos Torres: “Un Nuevo Poder resurge“.
 
b) El personal militante que recluta el Estado Islámico señalado por María Rosa de Madariaga, y que también fue estudiado por Olivier Roy en libros como El Islam mundializado: los musulmanes en la era de la globalización (Bellaterra, Barcelona 2003) está principalmente formado por estudiantes universitarios de Oriente Medio y también de Occidente de credo musulmán, de nacimiento o conversos, sobre todo de carreras como teología islámica, ingenierías, medicina o técnico-tecnológicas, con expectativas personales y profesionales nebulosas, así como parados, delincuentes de poca monta, confidentes de la Policía, y personal similar. Es decir, el clásico lumpenproletariado (incluidos los universitarios con escasas expectativas laborales) que Marx denunció en El 18 Brumario de Luis Bonaparte como sostén esencial de la reacción, que Gramsci vio como elemento fundamental, junto con la pequeña burguesía, de los cuadros del fascismo, y que hoy día es la columna vertebral del salafismo yihadista. Y este tipo de público, lumpen, no puede recuperarse para la causa antiyihadista con medidas integradoras a nivel socioeconómico, sino que es necesario un maximalista engranaje de ingeniería social para transformar a estos hombres islamizados en algo que no son. Poco a poco, estos sujetos gracias al abaratamiento de las mercancías tecnológicas en los últimos veinte años (no es verdad que los primeros integrantes de Al Qaeda tuvieran ya acceso a redes sociales, pues dichas redes como facebook, twitter o whatsapp nacen o bien en la década de los 2000 o en la actual, y no en la de los noventa del siglo pasado, como parece entender María Rosa), han sido captados por estas redes yihadistas, ofreciéndoles algo que, en su quehacer diario, no pueden obtener. Así también se conformaron los partidos de masas fascista y nacionalsocialista en las cuatro primeras décadas del siglo XX,k ofreciendo a sus miembros lumpen algo de lo que carecían: camaradería, comunidad, emociones e integración en un grupo dispuesto a todo por hacerse valer. Y estos grupos uniformados yihadistas, en competencia con los islamistas, han sido los que se han llevado el gato al agua del poder (o del caos, que es otra forma de poder) tras los procesos de las mal llamadas “primaveras árabes”. Y es que los grupos laicos y liberales que en las naciones del Magreb y Oriente Medio se manifestaron contra la carestía de la vida y contra un poder político que consideraban opresivo, nada pudieron hacer frente a grupos mejor organizados y más disciplinados de ideología islamista o salafista yihadista que se han llevado el gato al agua en todas estas naciones, salvo en Túnez, aunque de Túnez salen muchísimos militantes del Estado Islámico en proporción a la población de este país. Es decir, el resultado de estas “primaveras” ha dado la razón, una vez más, a Lenin, en lo que respecta a la organización disciplinada en momentos de revuelta política nacional como garantía de toma del poder, solo que aprendida por grupos cuya ideología nada tiene que ver con la del gran revolucionario bolchevique.
 
Aparte, hay que recordar que todos los gobiernos caídos en las “primaveras árabes” no son, como diría María Rosa, “dictaduras sangrientas” que “oprimían desde hace décadas” a sus respectivos pueblos. Sin negar este componente, lo importante, lo que tienen en común todos estos regímenes, es que o eran laicos, de corte socialdemócrata y militar al mismo tiempo (Ben Alí en Túnez, y Mubarak en Egipto, pertenecían a partidos políticos que integraban la Internacional Socialista -socialdemócrata, heredera de la histórica IIª Internacional- hasta su previa caída), panarabistas, baasistas (Iraq, Siria) o gaddafistas como en Libia. Es decir, herederos del socialismo árabe del siglo XX, cercanos a la Unión Soviética. Eso, y solo es, fue lo que se cargó las “primaveras árabes”, que dieron a luz, en un parto doloroso, a esa bestia cruel y despiadada que es el Estado Islámico, extendido en grupúsculos que han jurado lealtad a Al Baghdadi por todas las naciones donde se produjeron dichas “primaveras”. Como dijo una vez Napoleón Bonaparte, “las revoluciones se sabe quién las empieza, pero no quién las acaba”.
 
c) La fuerza de una organización no se basa en el número de sus acciones o de sus seguidores, sino en su disciplinada organización y en la racionalidad de sus acciones y en su determinación. Puede que Al Qaeda, que es una amenaza global sin duda, tenga todavía más presencia que el Estado Islámico. Pero este es más peligroso no ya solo por la centralidad de sus decisiones en torno al Califa Ibrahim (el nombre que ha tomado Al Baghdadi como monarca absoluto del Islam) y sus más cercanos fieles, sino porque ya no se trata meramente de un grupo terrorista disperso y descentralizado como Al Qaeda o el Frente Al Nusra (que está más cerca de Damasco en Siria, y por eso es prioridad su pronta eliminación por parte de Al Asad y Putin, pero ocupa una porción de territorio muchísimo menor en comparación con el Estado Islámico, el cual controla más de la mitad del pais). El Estado Islámico es un ejército asentado en un territorio definido, no reconocido por el resto de Estados, pero cuyo peligro (y esto no es apocalíptico, es geopolítica) reside en la posibilidad de conquistar Damasco y Bagdad y, así tener dos patas en dos costas, la mediterránea y la del Golfo Pérsico. Han asentado una sociedad basada en la interpretación más fundamentalista y radical del Corán y los Hadices, basada también en el terror y en la expansión constante en contra de sus enemigos. El Estado Islámico a quien más mata es a musulmanes, porque es la eliminación de estos musulmanes que no son de su cuerda lo que les permite crecer entre los indecisos, timoratos y cobardes que se pliegan a ellos. Lo que muestra, dicho sea de paso, que el Islam es peligroso hasta para los propios musulmanes.
Una sociedad regida en lo económico, lo ético, lo moral, lo cultural y lo cotidiano por la interpretación salafista de la sociedad política. Es decir, el Estado Islámico pretende ser una Arabia Saudí sin fin territorial, y por tanto, pretende convertirse en un Imperio. A él han jurado lealtad, y por tanto se consideran parte suya, grupos no solo en Siria e Iraq, sino también en Afganistán, Nigeria, Egipto, Libia, Argelia, Túnez, Rusia (Chechenia), el Turquestán oriental chino, Indonesia, Malasia, India, Bosnia, Marruecos, Mauritania, Sudán, Somalia, Kenia, Francia, Reino Unido, España (Ceuta y Melilla), etc. Por extensión, centralización de la toma de decisiones, territorialización permanente, militancia y poder económico, el Estado Islámico es la más grande amenaza global de nuestro tiempo.
 
Evidentemente, no solo con la fuerza militar hay que derrotar al salafismo yihadista, pero María Rosa de Madariaga me da la razón al admitir que la intervención rusa es positiva. Es decir, la obligación actual de toda nación amenazada por el Estado Islámico es destruir a todos sus militantes y simpatizantes. Y las poblaciones musulmanas de Rusia (es la segunda religión del país, con perennes asentamientos islámicos en el Cáucaso norte y en el Tartaristán, del oriente europeo ruso), China, India o Asia Central (donde hay cinco ex-repúblicas soviéticas de población mayoritariamente musulmana: Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Kirguizistán y Uzbekistán) aconsejan a Rusia, además de para proteger su base militar de Tartus en Siria (la única que tienen desde la Guerra Fría fuera de su territorio), el intervenir para destruir al Estado Islámico por completo. Además, en julio de este año 2015, Wael al-Halqi, primer ministro de Siria, anunció la intención de su gobierno de incorporar a Siria a la Unión Económica Euroasiática, puesta en marcha por Putin y a la que ya pertenecen Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguizistán y Armenia, además de Crimea y Sebastopol, territorios recuperados por Rusia tras casi 25 años perteneciendo a la separatista Ucrania. Además de Siria, son candidatos para entrar en esta Unión Turkmenistán, Tayikistán y Uzbekistán. La prudencia política contra el Estado Islámico aconseja apoyar no solo a Rusia, sino también al gobierno de Bashar Al Asad y su Partido Baas para que recupere el control de Siria, y no a coaliciones pluriconfesionales y democratistas apoyadas por los Estados Unidos o sus vasallos de la Unión Europea. Pues lo que el mundo árabe necesita no son “primaveras” democratistas fracasadas que den alas o al islamismo o al salafismo yihadista, sino gobiernos laicos, incluso autoritarios, que den estabilidad y paz a la zona. Esta opción va, evidentemente, en dirección contraria a la que propone María Rosa de Madariaga en sus dos artículos, opción ingenua y nada realista.
 
El enemigo tiene un gran potencial, y no son unos meros salvajes o bárbaros, por muy execrables que nos parezcan sus ejecuciones masivas. No son locos ni animales. Son seres humanos muy preparados, en lo doctrinal y en lo militar, dirigidos por un sujeto muy brillante, Al Baghadi, que en pocos años ha conformado un gobierno de la nada y un grupo en su cúspide, con una clara estrategia imperialista y de terror sobre el Mundo entero. Considero que el dictámen de Madariaga sobre Al Baghdadi es el típico que ve poca brillantez y poca racionalidad en la crueldad sistemática y el la aplicación del mal, y que solo ve racionalidad e inteligencia en las acciones pacíficas. Y no es así. Aunque la ideología de Al Baghdadi sea deplorable y enemiga nuestra, tiene su racionalidad y él, como dirigente máximo por ahora, ha demostrado un éxito y una capacidad de adaptación magistrales. Si en algún momento es asesinado, es muy probable que su sucesor siga su línea política con mayor decisión si cabe. Se dice, de hecho, que ha muerto y ya tiene sucesor, un antiguo profesor de Física llamado Abu Alaa Al Afri, ex-miembro del gobierno de Saddam Hussein en Iraq, mucho más inteligente y con más contactos que Al Baghdadi. Al Afri, además, es seguidor y admirador del yihadista sirio-español de Al Qaeda Abu Musab Al Suri, también conocido como Mustafá Setmarian, uno de los yihadistas más peligrosos del Mundo. Por todos estos motivos sobra cualquier juicio de valor sobre su capacidad en torno a si se ha merecido o no su Doctorado en Estudios Islámicos por la Universidad de Bagdad, algo corroborado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. A mi juicio, se ve en la práctica que tiene la lección muy bien aprendida.
 
El Estado Islámico está exterminando a todo aquel que no sea salafista yihadista y se tope en su camino. Siguiendo la definición del Estatuto de Roma, el Estado Islámico estaría realizando Crímenes contra la Humanidad, en los que caben asesinatos, exterminio (privación de alimentos o medicamentos a parte de la población), esclavitud, deportación o traslado forzoso de población (traslado que se ve en la gravísima crisis migratoria que vive Siria y los millones de desplazados que, a pie o como pueden, tratan de llegar a destinos mejores en Europa u otras latitudes), privación de libertad en vulneración del Derecho Internacional, tortura, violación y esclavitud sexual de mujeres y niños, persecución de otros grupos (por motivos religiosos, políticos y étnicos, o de orientación sexual, como prueban sus brutales ejecuciones de homosexuales, aunque ellos no se priven de realizar actos aberrantes de pederastia), desaparición forzada de personas, crimen de Apartheid (que implican racismo), y otros actos de gravedad similar. Todo estos actos, con mayor o menor intensidad, ya son realizados por el Estado Islámico allá donde está presente. Pero la gravedad y el peligro que el Estado Islámico supone va mucho más allá.
 
En la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1948, se define como genocidio al conjunto de actos cometidos con la intención de destruir parcial o totalmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal. El genocidio implica los siguientes actos según esta convención, única definición positivo-jurídica de genocidio de que disponemos, más allá de interpretaciones diversas: a) matanza de miembros del grupo que se quiere destruir, b) atentado grave contra la integridad física o mental de los miembros del grupo que se quiere destruir, c) sometimiento intencional del grupo que se quiere destruir a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física total o parcial, d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo (matanza de mujeres o niños pequeños, sometimiento de esclavitud sexual de las mujeres), e) traslado forzoso de niños del grupo a destruir a otro grupo. Esta definición de genocidio no implica contar el número de víctimas del grupo de referencia, pudiendo ser mayor o menor. Por ejemplo, es tan genocidio el exterminio de la etnia selkman en Tierra de Fuego, Argentina, por parte del gobierno argentino entre finales del siglo XIX y el XX, por el cual los cerca de 4000 selkman que habitaban Tierra de Fuego fueron totalmente exterminados, como lo es el caso de los judíos de Europa por parte del Tercer Reich nacionalsocialista, cuya cifra de asesinados superó los 6.000.000 de personas, sin contar los desaparecidos y deportados. Hay muchos más casos alrededor del Mundo oscilantes entre estas cifras. Pero para el caso que nos ocupa, el del Estado Islámico, el genocidio lo estaría cometiendo ya contra los yazidíes iraquíes. En Iraq hay más de un millón de yazidíes, un grupo religioso salido del yazdanismo, un culto preislámico mesopotámico muy remoto (se remonta al año 2000 a. C.), cuya ciudad santa es Lalish, en Nínive, cerca de Mosul. El yazidismo está disperso también por Siria, Turquía, Irán, Armenia, Georgia, Rusia y se sabe que hay grupos minoritarios en Alemania, Canadá y Estados Unidos. Según los yazidíes, que son monoteístas, Dios creó el Mundo y puso a su cuidado a siete ángeles santos, siendo el superior a todos Melek Taus, considerado por los cristianos y musulmanes de la zona una representación de Satán. Y esto, a ojos del salafismo, es condición sine qua non para obligar a convertir al Islam a los yazidíes, o exterminarlos. Si bien los yazidíes practican la taqqiya, o disimulo de la fe para salvar la vida, esto no está evitando que estén siendo exterminados en masa por el Estado Islámico en este preciso momento, mientras usted lee este texto. El jueves 12 de noviembre de 2015, el Museo del Holocausto de Washington, Estados Unidos, ha publicado un estudio que recopila denuncias sobre asesinatos, torturas y violaciones y abusos sexuales sobre los yazidíes por parte del Estado Islámico. Este estudio, realizado durante dos semanas el pasado mes de septiembre en Nínive, refiere “desgarradores relatos” de sobrevivientes que tuvieron que abandonar a familiares ancianos o enfermos para huir del Estado Islámico, especialmente los más pobres sin acceso a automóviles o camiones, que tuvieron que huir a pie. Así pues, el expansionismo imperialista depredador del Estado Islámico está cometiendo los mismos atroces actos de exterminio y dominación opresiva que otras ideologías hicieron en el pasado.
 
La gravedad es tal que no cabe contemplación ni diálogo alguno sobre qué hacer con el Estado Islámico. Solo cabe, racional y prudentemente, su destrucción total. No basta cortar sus redes de financiación, ni apelar a “valores éticos y humanos” frente a los “intereses de la Banca y el salvaje capitalismo neoliberal” en la Unión Europea, comandada por Alemania (un gigante económico pero un enano militar repleto de bases estadounidenses), como quiere María Rosa de Madariaga. Aquí no hablamos de una cuestión de política económica capitalista. Hablamos de un peligroso enemigo de todos nosotros, cuyo único destino ha de ser su aniquilación total y absoluta.
 
4) Como conclusión diré lo siguiente. El enemigo del salafismo, sea o no yihadista, no es ni lejano ni cercano. El enemigo es todo aquel que no sea él, y ello implica no solo hacer la Guerra Santa contra el infiel cristiano, judío, budista, hindú o ateo. También contra todo musulmán que se oponga a su plan global. De ahí que Dar-al-Islam sea también territorio de guerra del Islam más radical. Esto lo obvia María Rosa de Madariaga en sus escritos, obvia la Fitna, término que hace referencia a la división o guerra civil permanente entre musulmanes hasta que no haya un poder que consiga unificar a la Umma y cohesionarla. Ese poder, a nivel temporal, solo lo puede conseguir el Califa de todos los musulmanes. Y a día de hoy, solo el Estado Islámico tiene a un líder que se proclama como tal. E independientemente de la valoración de eruditos o intelectuales varios, el peligro del Estado Islámico reside, sobre todo, en esta autoproclamación califal. Pues en base a esta autoridad califal el Estado Islámico está, también, dispuesto a conseguir a sangre y fuego la cohesión y unidad de la Umma islámica y a vencer tanto en la Fitna interior a Dar-al-Islam como en Dar-al-Harb a todos sus enemigos. Para otros musulmanes, el Estado Islámico es takfir, hereje y desviado, pero para el Estado Islámico en particular, y para el Islam sunní salafista-wahhabita, takfires son todos los musulmanes que no sean ellos.
 
El mayor peligro actual es la propia existencia del Estado Islámico, y hay que actuar con contundencia contra él. Ahora bien, hay peligros a medio y largo plazo derivados de esta situación aquí y ahora. Pues mientras exista la actual correlación de fuerzas geopolíticas, geoeconómicas y geoestratégicas en el Magreb y Oriente Medio, el salafismo yihadista podría resucitar de sus cenizas si el Estado Islámico es destruido, es decir, a pesar de esta destrucción. Por tanto, no cabe meramente acabar con ellos ni con sus fuentes de financiamiento, ni tampoco basta con crear Estados “casita de muñecas” plurinacionales y plurirreligiosos de coalición. Vuelvo a insistir en la necesidad apoyar al gobierno de Al Asad en Siria y en apoyar a Rusia y su política de fuerza en la zona.
 
Pero sobre todo, hay que tener claro que mientras en Oriente Medio existan las monarquías absolutas teocráticas salafistas, ultracapitalistas, protegidas por el Imperio Estadounidense, el yihadismo podría volver a enseñar sus fauces, incluso con mayor peligro en el futuro. Y puede que el gobierno de los Saud en su país impida formas políticas más radicales que puedan llegar debido a revueltas sociales de corte salafista yihadista en su territorio. Pero mientras Estados Unidos y las potencias europeas potencien la existencia de estos grupos contra Rusia y China, y toleren a cambio de petróleo barato el asentamiento de mezquitas salafistas legales o no en sus países, el peligro existe. Además, el mayor peligro geopolítico es que el salafismo yihadista pudiese hacerse con el control de La Meca y Medina. De ahí, incluso, que mi conclusión vaya más allá: mientras Estados Unidos sea el Imperio depredador dominante, y apoye el yihadismo, el peligro salafista persistirá.