lunes, 21 de diciembre de 2015

Pablo Iglesias, Podemos, socialfascismo y cuestión nacional. Réplica a una respuesta


Publicado en Crónica Popular:





Dos camaradas de mi partido, el PCE, Adrián Ubach y Ángel Martínez, han redactado un artículo de respuesta crítica a un artículo anterior mío, llamado Pablo Iglesias, socialfascista, aparecido en el semanario Crónica Popular, el día 14 de diciembre de 2015. La respuesta ha aparecido publicada en la Web de la Agrupación de Técnicos y Profesionales del PCM, agrupación a la que pertenecí, con orgullo, hasta hace unos meses.

Considero importante la crítica, por varios motivos: el primero, porque la realizan, con un lenguaje educado y mesurado lo cual es de agradecer, dos personas, y eso en lo que respecta a un texto redactado por una sola ya supone, a priori, dar una considerable importancia al artículo inicial que se critica, pues tengo entendido que mi primer artículo ha levantado bastante polvareda, cosa para mí inesperada. El segundo, porque se sacan a relucir temas de calado teórico que van más allá de la coyuntura electoral del presente. Y aunque esta polémica se estaba desarrollando días antes de las Elecciones Generales, su repercusión, creo, rebasará el resultado electoral. Y tercero, porque a pesar del aparente cuerpo coherente de la respuesta de Ubach y Martínez, en realidad su respuesta adolece, a mi juicio, de la suficiente fuerza teórica como para suponer una enmienda total a mi texto inicial. Trataré de explicar por qué.

Aviso que hay en este nuevo texto referencias tanto bibliográficas como webográficas (de Internet), algo cuya ausencia me achacaron los autores de la respuesta a mi primer texto, aunque ellos tampoco pusieron ninguna.
  1. Sobre el “idealismo galopante” que los autores me achacan y el idealismo galopado que ellos profesan.
Aunque en el artículo se afirma, con razón, que “no existe un ‘guarismo marxista’ que permita afirmar que hay una única conclusión marxista a un planteamiento concreto”, sin embargo, se dice al mismo tiempo que mi artículo es idealista, entendiendo idealismo -supongo- en un sentido filosófico. Pero lo cierto es que Ubach y Martínez no definen idealismo en ninguna parte de su artículo, y parece que suscriben algo así como que la postura únicamente marxista respecto a Podemos y Pablo Iglesias es la de ellos. Trataré de argumentar por qué no considero que mi texto sea idealista, en base a una definición del materialismo que, además de ser ontológica (filosófica), tenga en cuenta la cuestión de la praxis operatoria en tanto fundamental en toda ontología materialista que se precie.

El marxismo es, además de una herramienta política de transformación social, una escuela de pensamiento (filosófico, económico, historiográfico, sociológico, politológico, incluso artístico, etc.), que tiene más de 150 años de existencia ininterrumpida, lo que evidencia su éxito. El marxismo ha permitido el desarrollo de familias muy diversas y opuestas entre sí que, sin embargo, se reclaman herederas de Karl Marx. Todas tienen elementos de incuestionable valor teórico y práctico-práxico, eso sí, unas más que otras. Y es bien cierto que muchos marxistas tratan de argumentar que su postura es la única verdaderamente marxista frente a otras. Pero la verdad de algo, incluso de una teoría determinada, se plasma en sus resultados, en lo que se desprende, práxicamente, de su sistematización. Y esta sistematización marxista y sus resultados práxicos dependen, en suma, de las operaciones que permiten relacionar términos en un contexto histórico-político y social determinado, el cual sigue, no obstante, líneas históricas previas que determinan causalmente el aquí y ahora. Esto es, en esencia, lo que definiría el materialismo en cualquiera de sus variantes.

El materialismo, además de negar al espiritualismo, de afirmar que no es posible la conciencia viva incorpórea y de sostener que el sustrato de toda entidad real es ser una materialidad, corpórea o no, reivindicará que todos los términos de la realidad se relacionan entre sí a través de operaciones racionales hechas por sujetos corpóreos de manera institucionalizada y organizada, histórica. Es decir, quien relacione términos sin mediar operaciones, será idealista. El idealista relacionará términos reales sin recurrir a las operaciones que acercan y separan dichos términos entre sí, recurriendo a ideas, a abstracciones ideales subjetivas, a la mente, o en su conexión con el espiritualismo, a demiurgos sobrenaturales. Todo eso es idealismo.

Teniendo en base esta definición del materialismo y del idealismo (basada, sobre todo, en Ensayos materialistas de Gustavo Bueno, de 1972, y en Materialismo y empiriocriticismo de Lenin, de 1908, publicada en 1909), estimo que no puede definirse mi definición desocialfascismo como idealista en tanto es una definición operatoria sobre un término político histórico. Sobre ese término opero, sin dejarlo irreconocible, para re-injertarlo en la época actual. En la década de 1920 y 1930, socialfascismo cumplió una función. Ahora, en el 2015, también, teniendo en cuenta toda la Historia transcurrida desde la década de 1920 hasta ahora. Ubach y Martínez, por contra, se saltan esa operatoriedad histórica y, simplemente, ven “un ataque visceral a Pablo Iglesias y a Podemos“, tratando de resaltar una supuesta intención de llamar “fascista” a Pablo Iglesias. Esto evidencia, primero, que Ubach y Martínez no distinguen fascismo desocialfascismo. Y, segundo, que han visto el regalo pero solo han rozado el envoltorio.

Lo cierto es que el socialfascismo, como fenómeno, como concepto que define un fenómeno, preparó el camino al fascismo, pero no es fascismo en sí. Ubach y Martínez, al realizar ese salto, que parte del hecho real de que la palabra “fascista” en la actualidad sirve más como insulto que como término para definir un muy importante movimiento político del siglo XX, serían en realidad los que caerían en el idealismo, galopado, en tanto que no parece propio de ellos lo que manifiestan en su artículo ¿Por qué? Porque las operaciones entre términos, que se realizan con términos corpóreos como las herramientas y las materias primas que permiten conformar mercancías, valores de uso y valores, y de ahí la insistencia de Ubach y Martínez en la cuestión económica que explicaría el auge dePodemos, también se realizan entre términos incorpóreos pero, no obstante, materiales, como puedan ser las palabras, en tanto elementos formales de los términos que conforman parte de los campos categoriales de diversas disciplinas del conocimiento, como puedan ser la Historia o la Politología. Y socialfascismo es un término politológico e histórico, y no un mero insulto como tratan de demostrar, infructuosamente, Ubach y Martínez. Y lo hacen, a mi juicio, en un sentido idealista, más en las antípodas del marxismo que mi análisis, pues ni tienen en cuenta la operatoriedad transformativa de los conceptos categoriales histórico-políticos, ni ellos la realizan. Han relacionado idealmente fascismo socialfascismo, y han negado la racionalidad operatoria que ha permitido a Pablo Iglesias, y esto es esencial entenderlo, conformar una opción política cuyos fundamentos teóricos y práxicos (mezcla de Laclau y Negri, sobre todo) se acercan más al socialfascismo que a la “izquierda” definida clásica.

No todo va a ser malo, pues no hay texto malo que no tenga algo bueno. Considero el análisis de Ubach y Martínez, a pesar de su idealismo, valioso en tanto señala cuestiones que yo no he señalado en mi artículo, en particular el describir esquemáticamente la situación socioeconómica que permite el auge de Podemos. He de decir que dichas cuestiones no las he señalado en mi anterior texto porque hay otros escritos en Internet y en papel impreso que explican ese auge en clave socioeconómica. Cualquier lector puede rastrear esos análisis de manera libre por donde pueda y quiera. Ahora bien, al insistir en esta cuestión socioeconómica reduciendo la explicación a esta coyuntura, Ubach y Martínez acaban juntando un análisis de base idealista (insisto, debido al intento de analizar un término sin contar con las operaciones sociohistórico-lingüísticas que ayudaron a conformarlo en su momento y que, ahora, permitirían recuperarlo), con el típico análisis economicista propio del “marxismo vulgar”.
La Economía Política es una rama fundamental para entender la realidad, y eso lo saben Ubach y Martínez. Eso sí, no todo, desde una perspectiva materialista, puede explicarse reduciéndolo a una cuestión económica, y menos un concepto histórico y politológico como socialfascista

Reducir socialfascismo a un insulto, desconectar su surgimiento y explicación de la reaplicación operatoria para el presente de dicho concepto sin investigar cómo, cuándo, por qué surge y qué significado tenía en su momento y en base a qué fundamentos se conformó dicho significado, y tratar de negar el uso de ese término recurriendo a una explicación socioeconómica del fenómeno Podemos, que es válida pero no sirve para explicarlo todo, lo considero, insisto, idealista, economicista y cerca al llamado “marxismo vulgar”. Ya demostró Stalin en El marxismo y los problemas de la lingüística (1950) que la lengua (y las palabras que conforman toda lengua) no es una superestructura, y que, por tanto, la operatoriedad relacional entre las palabras, aún no desligándose de los contextos históricos en que surgen esas palabras y su evolución posterior, permite el estudio de cada palabra o sentencia entroncando así su núcleo, su cuerpo y su curso, sin caer en un análisis relativista del origen y significado de las palabras. Es decir, el análisis de las palabras y las sentencias, si no es histórico y operatorio, si se salta etapas hasta la actualidad, no es materialista, por mucho que se embadurne de economicismo.

Aparte, y para finalizar este primer punto de mi respuesta, quisiera hacer una breve consideración sobre el uso actual de la palabra “fascista”. Se llama “fascista” a gente que no lo es, como Albert Rivera (liberal), Mariano Rajoy (demócrata-cristiano) o Pedro Sánchez (socialdemócrata), y en cambio, se omite el término “fascista” para relacionarlo con personas o grupos que entroncan más con los fundamentos ideológicos del fascismo -irracionalismo, sentimentalismo, nacionalismo romántico, particularismo-, como, por ejemplo, los cientos de grupos marginales del llamado “tercerposicionismo”, es decir, neofascistas, o también el mundo de la autodenominada “izquierda abertzale” o del nacionalismo catalán, el cual, en algunas de sus ramas (ERC, CUP) podrían entroncar con elsocialchovinismo que Lenin teorizó. En LaRepública.Es publiqué hace tiempo un artículo titulado ¿Qué fue, qué es, el fascismo?, donde trato de definir qué fue aquel importante enemigo nuestro. No puede reducirse el término “fascismo” a un mero insulto (hoy se llama fascista al que parece ser “autoritario”, quizás algo “conservador” o incluso defensor de la unidad de España; en la mayoría de los casos, es un eufemismo para no usar el castizo insulto “hijo de puta”).

El fascismo fue causa, también voluntaria, de la mayor guerra de la Historia, la Segunda Guerra Mundial, la cual provocó más de 70 millones de muertos, el Holocausto judío (6 millones de víctimas) y el genocidio gitano (2 millones de víctimas) y la muerte de 27 millones de ciudadanos de la Unión Soviética (Josep Fontana, Los costes humanos de la Segunda Guerra MundialPúblico, 30-08-2009). De hecho, la importancia histórica del fascismo y de sus diversas vertientes, principalmente el nacionalsocialismo alemán, pudiera ser suficiente argumento para rastrear los rasgos ideológicos de otras ideologías aparentemente alejadas del fascismo (incluido el socialfascismo). Dicha importancia histórica, a mi juicio, también debería servir para criticar la mal llamada “ley de Godwin”, que afirma que “a medida que una discusión en línea [Internet] se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. Esta “ley”, que es más un enunciado falso que una ley, acaba minimizando la importancia histórica del fascismo en general, y de Hitler y el nacionalsocialismo en particular, y oscurece las comparaciones y analogías que sí son acertadas.

El fascismo, como sujeto y fenómeno cuya causalidad histórica está determinada por líneas históricas que, además, son las mismas en gran coincidencia con otros fenómenos dados en el presente, debe ser tomado en serio, aún cuando sea abominable, malsano para los sujetos y las sociedades y, además, haya sido derrotado. Los fundamentos filosóficos del fascismo (voluntarismo, irracionalismo, sentimentalismo, nacionalismo étnico contra el cívico-político, secuestro del aparato estatal por la sociedad civil, sea esta el “popolo d’Italia” o el “deutschen Volkes”) pueden rastrearse incluso en grupos autodenominados de “izquierdas” o “marxistas”. He señalado varios casos antes, pero podría también hablarse como un caso particular de entroncamiento de “pseudomarxismo” con componentes ideológicos que influeron en el fascismo a los Jemeres Rojos camboyanos, grupo pretendidamente “comunista” que destruyó Camboya, matando a 2 millones de personas, para volver a una “ancestral vida agraria”, fomentando además un nacionalismo racista considerable (Cristina Veganzones, ABC, 02-08-2014).

  1. Socialfascismo y frentes populares. La polémica en torno a los VI y VII Congresos de la Internacional Comunista llevada a la actualidad
A continuación, quisiera pasar a criticar poco a poco algunas ideas plasmadas en el texto de mis camaradas Ubach y Martínez, en particular las que tienen que ver con el socialfascismo y los Frentes populares

En el VI Congreso de la Internacional Comunista, del 1 de septiembre de 1928, se definió una realidad innegable: que en la década de 1920 las filas del fascismo, en Italia y Alemania, se llenaron sobre todo de militantes socialdemócratas de partidos que enarbolaron lo que Lenin definió como socialchovinismo, pues fue éste (y no el socialfascismo, como erróneamente enuncian Ubach y Martínez) el movimiento que llevó a la socialdemocracia a defender la intervención en la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, al patrioterismo y al anticomunismo.

Doménico Losurdo ha señalado la influencia de ese socialchovinismo en Italia, en autores como Giovani Gentile y Benedetto Croce, en su reciente obra Antonio Gramsci: del liberalismo al comunismo crítico”(Oriente y Mediterráneo, 2015). Esto implica dos cosas: la primera, que el fascismo en Italia tuvo su origen ideológico en la socialdemocracia más antimarxista, la que sustituyó a Marx por Vilfredo Pareto, y a Hegel por Fichte, Schelling o Herder. Y la segunda, que en Alemania, desde el final de la Primera Guerra Mundial, la socialdemocracia fue el gran enemigo del comunismo, pues no en vano los líderes espartaquistas (comunistas) alemanes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fueron fusilados tras la rebelión espartaquista de 1919 cuando el jefe de la recién nacida República de Weimar era Friedrich Ebert, del Partido Socialdemócrata Alemán. Y no en vano, además, ya con anterioridad a la llegada de Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933, el Partido Comunista de Alemania, a pesar del cerco ideológico, económico y humano (por la represión) que sufrió por parte de la socialdemocracia, el Zentrum católico y la derecha reaccionaria nostálgica del Segundo Reich, ofreció a los socialdemócratas la unidad en forma del Frente Unido de trabajadores, una fórmula anterior a los Frentes Popularespropugnados hacia 1935-1936. Este Frente Unido no era un Frente de partidos y organizaciones, sino un frente unido de la clase obrera, admitiendo la dirección de los socialdemócratas y sus sindicatos. La socialdemocracia rechazó este ofrecimiento comunista y apostó por el acoso y derribo del comunismo alemán y todo lo que oliera a “soviets”.

Estos hechos llevaron a la Komintern a redactar en su VI Congreso los puntos II.2. La crisis revolucionaria y la socialdemocracia contrarrevolucionaria, y II.3. La crisis del capitalismo y el fascismo, donde se ve la conexión socialfascista y, por tanto, la relación entre socialdemocracia y fascismo. No se trataba, por tanto, de un epíteto sectario, sino el evidenciar, desde la URSS y con los Partidos Comunistas de todos los países, que la socialdemocracia preparó el terreno a la llegada del fascismo, y que en buena medida lo aupó gracias a su feroz anticomunismo. Una relación que se repite actualmente con el juego de Podemos en el tablero político nacional respecto a los comunistas, aunque no fueron ellos los primeros en realizar dichos actos anticomunistas. Cito de dicho documento, el Informe del VI Congreso de la Internacional Comunista, párrafos de ambos puntos ya referidos:

“La función esencial de la socialdemocracia en la actualidad consiste en socavar la unidad de combate necesaria del proletariado en su lucha contra el imperialismo. Al escindir y desmoralizar el frente único de la lucha proletaria contra el capital, la socialdemocracia se troca en el sostén más firme del imperialismo en el seno de la clase obrera”.
Y:
“Al lado de la socialdemocracia, por cuya mediación la burguesía aplasta a los obreros y adormece su sensibilidad de clase, entra en acción el fascismo. […] Con objeto de adaptarse a las modificaciones de la coyuntura política, la burguesía utiliza alternativamente los métodos fascistas y los métodos de coalición con la socialdemocracia, dándose el caso de que, a menudo, esta última desempeña abiertamente un papel fascista. En el curso de los acontecimientos manifiesta tendencias fascistas, lo cual no le impide, en otras circunstancias políticas, agitarse contra el gobierno burgués en calidad de partido de oposición. El método fascista y el de coalición con la socialdemocracia, que no son habituales para el capitalismo ‘normal’ y constituyen un signo de la crisis capitalista general, son utilizados por la burguesía para retrasar la marcha progresiva de la revolución”.

Dicho documento dice también que el objetivo principal del fascismo, y que fue compartido con la socialdemocracia que evolucionó asocialfascismo, fue hacer “esfuerzos para introducirse en los medios obreros, reclutando su descontento y la pasividad de la socialdemocracia“, además de devastar la “vanguardia obrera revolucionaria, es decir, el sector comunista del proletariado y, particularmente, sus militantes más activos”. Pues el fascismo, apoyado en el socialfascismo, “después de haber utilizado la fraseología anticapitalista en los periodos particularmente críticos para la burguesía […] sintiéndose firme en el poder ha ido perdiendo por el camino sus oropeles anticapitalistas, para manifestarse cada vez más como dictadura terrorista del gran capital”.
A mi juicio, este proceso, con las diferencias lógicas de época y país, es el mismo que ha realizado Podemos en la actualidad. Y me atrevería a decir que lo ha hecho, también, apoyado en tácticas anteriores desplegadas por el Partido Socialista Obrero Español. ElPSOE lo hizo en la Transición y después, y ahora lo está haciendo Podemos y Pablo Iglesias.

El PSOE minó al PCE en las décadas de 1970 y 1980. Y Podemos lo mina en la crisis económica actual. Aunque en ambos partidos puedan militar individualidades con las que se compartan luchas concretas (hay gente del PSOE en ámbitos republicanos, en mareas verdes -educación- y blancas -sanidad-, sindicalistas de Comisiones Obreras tienen que trabajar constantemente en luchas conjuntas con sindicalistas de la UGT, siempre cercana al PSOE, etc.; ejemplos parecidos ocurren en otras naciones, por ejemplo en Argentina, donde los comunistas comparten luchas con el peronismo, un movimiento político y social inspirado en el fascismo; ya sabemos que la dialéctica hace extraños compañeros de cama), lo cierto es que, en esencia, los órganos dirigentes de ambos partidos, PSOE yPodemos, y sus fundamentos ideológicos básicos, los convierten en enemigos nuestros. No en vano ambos partidos, PSOE yPodemos, defienden y abrazan el régimen de 1978, un régimen cuyo sistema constitucional, sistema electoral y configuración territorial se han construido para evitar la subida del Partido Comunista de España y todo lo que nuestro Partido construya. Que todo un régimen se haya construido contra un Partido, el nuestro, evidencia nuestra fuerza, a pesar de nuestra debilidad. Y ambos, PSOE y Podemos, defienden, también, el euro y la Unión Europea. No ver esto claro, a mi juicio, equivale a un grado de miopía política considerable en tanto que ha permitido, antes, supeditarse al PSOE, y ahora, supeditarse a Podemos, aunque se niegue.

Además, ahora se da la circunstancia de que Podemos y Pablo Iglesias, aunque en sus últimos mítines solo hablaba del Partido Popular, primero fue a por los comunistas (nosotros) para destruirnos desde dentro (Tania Sánchez, Manolo Monereo, Hugo Martínez Abarca, Sara Porras, y otros) y desde fuera (ninguneando a Alberto Garzón, boicoteándonos en debates televisivos, deseando que nos “pudramos con nuestras hoces y martillos”, etc.). Incluso había detrás un objetivo práctico: no tener competencia, ni siquiera dentro de una Unidad Popular, más organizada y con mejores militantes que les hiciesen sombra a ellos en cualquier tipo de organización y les quitasen el control de su chiringuito particular. Y no importó en general porque a los no comunistas, y a los anticomunistas (que también los hay de izquierdas) no les importó este acoso y derribo al PCE, a IU y a la Unidad Popular por parte de Pablo Iglesias, la cúpula de Podemos y sus aliados mediáticos, por no hablar de sus topos socialfascistas internos a nosotros.

Pero además, Podemos y Pablo Iglesias fueron y van a por los actuales socialdemócratas, el PSOE, aunque se hayan apoyado en ellos para conseguir cuotas de poder en municipios y autonomías, y no se descarta pacto electoral contra el PP. Destruyendo a todas las fuerzas de izquierdas con representación parlamentaria, Podemos se convertirá en el grupo hegemónico del descontento social (Beatriz Talegón, El debate que ganó Roures y perdió la democraciaEl Plural, 09-12-2015). Y lo hará sin poner en duda en absoluto los fundamentos básicos del régimen actual. Esta estrategia es la misma que siguieron, primero, el socialchovinismo, luego elsocialfascismo, después el fascismo y, por último, el nacionalsocialismo en el siglo XX. ¿O acaso el fascismo no respetó el sistema monárquico en Italia? ¿O acaso el NSDAP no actuó políticamente desde el poder decretando sucesivos estados de excepción, sin derogar jamás de iure la Constitución de Weimar?

Ubach y Martínez dicen que Pablo Iglesias no aceptaría el concepto de socialfascista para definirse. ¡Claro, tampoco aceptaría nadie que esté en una secta que pertenece a ella! Que Pablo Iglesias acepte, o no, el término socialfascista para definise, da igual. Un término, readaptado al contexto actual sin dejar de relacionarlo operatoriamente con el momento en que surgió, no tiene por qué gustar al sujeto que se trata de definir con dicho término. Esto ocurre en diversas ramas del saber, como la antropología, donde la distinción de Kenneth Pike entre phonemics y phonetics en lingüística fue aprovechada por Marvin Harris para distinguir entre emic(punto de vista del sujeto estudiado) y etic (punto de vista del sujeto que estudia), distinción que permite a los antropólogos no caer en la identificación completa con el sujeto estudiado (Kenneth Lee Pike, 1967, Language in relation to a unified theory of structure of human behavior; Marvin Harris, 1980, capítulo 2 de su Cultural Materialism: The Struggle for a Science of Culture). Y el punto de vista que yo presenté es etic, mientras que el de Pablo Iglesias sería emic, si llega a conocer esta polémica. También el de Ubach y Martínez sería etic, aunque en un sentido distinto al mío.

Pero sigamos con la Historia del socialfascismo. Los partidos socialdemócratas, insisto, que apoyaron la intervención en la Primera Guerra Mundial, fueron llamados por Lenin socialchovinistas, no socialfascistas, que fue un término que nació ya con Stalin. Aún así, del socialchovinismo derivaron el socialfascismo, el fascismo y el nacionalbolchevismo de Ernst Niekisch, todos desarrollados en la década de 1920. Y Lenin sí vivió el triunfo, en 1922, del fascismo en Italia. De ahí que lamentara la traición de Mussolini pasándose al campo del anticomunismo. Y lo lamentó públicamente, ante una delegación de socialistas italianos en Moscú después de la Marcha Sobre Roma, en ese mismo año 1922:

“Qué desperdicio que hayamos perdido a Mussolini. Él es un hombre de primera clase que hubiera llevado a nuestro partido al poder en Italia”.

Si afirmé que Lenin utilizaría el término socialfascismo para referirse a Pablo Iglesias lo hice en el sentido de que si Lenin viviese ahora, y teniendo en cuenta todo lo que ha pasado entre 1922 y 2015, le calificaría de tal manera. ¿O acaso el comunismo no ha perdido a un hombre como Pablo Iglesias, que ha pasado de las Juventudes Comunistas en su adolescencia al populismo socialfascista actual? ¿Y acaso Hitler no levantaba el puño en 1933 para ganarse a los militantes comunistas para el NSDAP? ¿Acaso no se autodefinía a secas socialista para ganarse a los obreros alemanes, y afirmaba en mítines que él cumpliría el programa marxista al tiempo que era antimarxista? Adolf Hitler dijo, supuestamente, en un discurso con fecha del 1 de mayo de 1927 (según el sociólogo conservador italiano Luciano Pellicani Lenin y Hitler: los dos rostros del totalitarismo, Unión Editorial, 2011) lo siguiente:

“Nosotros somos socialistas, somos enemigos del sistema económico capitalista actual porque explota al que es débil desde el punto de vista económico, con sus salarios desiguales, con su evaluación indecente de un ser humano según tenga riqueza o no la tenga, en vez de evaluar la responsabilidad y la actuación de la persona, y estamos decididos a destruir este sistema capitalista en todos sus aspectos.”

Y:

“Yo no soy sólo el vencedor del marxismo sino también su realizador. O sea, de aquella parte de él que es esencial y está justificada, despojada del dogma hebraico-talmúdico. El nacionalsocialismo es lo que el marxismo habría podido ser si hubiera conseguido romper sus lazos absurdos y superficiales con un orden democrático.”

Si algo se extrae de estas frases de Hitler es que este, junto con Mussolini, no dudó en destruir al comunismo apropiándose de su discurso, de sus bases y, en buena medida, de sus estructuras, aunque otras las destruyeran. Y también lo hicieron con los socialdemócratas honestos que se negaron a sucumbir ante el fascismo y el socialfascismo (famoso es el caso del asesinato de Giacomo Matteotti, parlamentario socialdemócrata italiano, asesinado por los fascistas tras un vibrante discurso antifascista en el Parlamento en Roma el 30 de mayo de 1924, que selló su sentencia de muerte).
Adrían Ubach y Ángel Martínez, incluso, llegan a insinuar en su réplica de mi artículo que la política de denuncia del socialfascismo, de colaboración anticomunista entre la socialdemocracia antimarxista y el fascismo, que la Komintern desarrolló desde su VI Congreso, que siguieron la URSS y los partidos comunistas, fueron responsables del ascenso del fascismo en Alemania. Pero, ¿fue la definición de socialfascismo del VI Congreso sectaria y perjudicial para el movimiento obrero pues permitió el ascenso de Hitler al poder? No. Realmente no. No ya solo por lo que he dicho antes, por la represión activa que desde el poder en la República de Weimar realizó la socialdemocracia aliada con democristianos y reaccionarios contra los comunistas. Sino porque en el VII Congreso de la Internacional Comunista, donde se aprobó la táctica de los Frentes Populares, ¡jamás se trató la cuestión del socialfascismo! Afirmar, como afirman Ubach y Martínez, que el VII Congreso de la Komintern el concepto de socialfascismo fue “desestimado” porque “consideró que dicha política ayudó al triunfo del nazismo en Alemania y la sustituyó por la política del Frente Popular”, es básicamente falsear los datos históricos.

Se puede estar en desacuerdo con mi crítica a los Frentes populares. Yo considero que los frentes populares que se conformaron en varias naciones europeas para frenar el ascenso del fascismo fueron un fracaso, tanto en Francia como en España (ya dije que elFrente Unido sugerido por los comunistas a los socialdemócratas alemanes fue rechazado por Éstos), y siguió siendo un fracaso en naciones iberoamericanas como Chile. En Francia, España y Chile, naciones democráticas occidentales donde, supuestamente, losFrentes populares como alianzas anticapitalistas y antifascistas amplias de partidos, sindicatos y movimientos sociales eran la única vía de transformación social en sociedades donde el comunismo es minoritario, el frentepopulismo fracasó. Y fracasó porque, aunque fue celebrada la consecución de los mismos en obras como Los Congresos obreros internacionales en el siglo XX de Amaro del Rosal (Grijalbo, 1975), comunista proveniente de la UGT, la teoría del frentepopulismo no tuvo nunca en cuenta la dialéctica de Estados que, geopolíticamente, permite a potencias anticomunistas aplastar cualquier intento de transformación social, incluida la frentepopulista, que siempre es débil a nivel organizativo, poco disciplinada y misericorde con la oposición política que intenta vencer, que siempre se aliará con potencias extranjeras más poderosas.

Así pasó en Francia y España, respecto de Alemania y las potencias anglosajonas que miraron a otro lado en nuestra Guerra Civil, y así pasó en Chile con unos Estados Unidos vigilantes. Y ni siquiera los Frentes Populares de Venezuela (Gran Polo Patriótico Simón Bolivar, nacido en 2011, y que, creo, no evitará el ocaso final del bolivarianismo) o Uruguay (Frente Amplio) pueden evitar, a medio plazo, que no se consoliden estas estrategias transformativas. Considero que solo una estrategia realmente bolchevique, de vanguardia disciplinada en forma de Partido, es la única que ha triunfado realmente, y muchas veces tras devastadoras guerras civiles o resistencias ante invasiones extranjeras. Y quizás esta vía es lo que debería implementarse en democracias capitalistas homologadas, adaptándose a contextos muy distintos a aquellos donde esta vía triunfó y se afianzó (Rusia, China, Vietnam, Cuba, etc.). En esto sigo lo que dijo Doménico Losurdo en la entrevista que le realicé para Crónica Popular.
Ahora bien, entiendo que esta vía sea criticada por camaradas porque no se vea posible, y menos en tanto que se querrá evitar guerras civiles. Pero los Frentes Populares, promovidos por Jorge Dimitrov en el VII Congreso de la Internacional Comunista,precisamente se han mostrado débiles porque no han podido organizar resistencias y victorias ante golpes de Estado, guerras civiles e invasiones extranjeras (solo la Venezuela de 2002 pudo resistir un golpe de Estado, pero entonces no gobernaba allí ningún Frente Popular, sino el Movimiento V República, que en 2008 se disolvió para formar el Partido Socialista Unido de Venezuela). Pero insisto, puede criticarse esta propuesta y hacerlo defendiendo los Frentes Populares. Entre camaradas, el legítimo contraste de pareceres, la crítica y la autocrítica es necesaria para el fortalecimiento de un partido, sin negar en absoluto el centralismo democrático. Pero lo que no se puede aceptar es la deshonestidad intelectual a la hora de criticar al otro. Y, lamentablemente, Ubach y Martínez hacen eso al falsear lo que se dijo en el VII Congreso de la Komintern respecto del socialfascismo. No es admisible que los camaradas autores de la respuesta a mi primer artículo, quizás inspirados en ideólogos que los influyan, utilicen datos históricamente falsos para meterlos de matute en una argumentación que, en el marco de un debate teórico y político necesario, lo que consiguen es engañar a quienes lo lean, pudiendo no estar los lectores en condiciones de acudir a fuentes históricas que refuten dichas mentiras. Esto es todo lo contrario de un debate serio entre camaradas comunistas, y entre personas en general.

Puedo convenir, incluso, que esta argumentación crítica del VI Congreso de la Komintern está muy extendida. Eric Hobsbawn, por ejemplo, en Historia del siglo XX 1914-1991 (Crítica, 1995, p. 111), llega a afirmar:

“Lejos de iniciar un nuevo proceso revolucionario, como creía la Internacional Comunista, la Depresión redujo al movimiento comunista internacional fuera de la URSS a una situación de debilidad sin precedentes. Es cierto que en ello influyó la política suicida de la Comintern, que no solo subestimó el peligro que entrañaba el nacionalsocialismo en Alemania, sino que adoptó una política de aislamiento sectario que resulta increíble a nuestros ojos, al decidir que su principal enemigo era el movimiento obrero de masas organizado de los partidos socialdemócratas y laboristas (a los que calificaba de socialfascistas). Esta postura se mantuvo hasta el extremo de que en 1933 Moscú insistió en que el líder comunista italiano Palmiro Togliatti retirara la sugerencia de que tal vez la socialdemocracia no fuese el principal peligro, al menos en Italia. Para entonces, Hitler ya había ocupado el poder. La Comintern no modificó su línea política hasta 1934″.

Ahora bien, insisto. Una cosa es valorar como “política suicida” esa posición de “aislamiento sectario”, y otra bien distinta es responsabilizarla del triunfo del nazismo como tal.

Y es más, sugerir, insinuar o dar a entender que la táctica de los comunistas alemanes es responsable del auge del nacionalsocialismo es una falsificación histórica gravísima que olvida los hechos fundamentales, históricos, de la represión “todos a una” de los comunistas en Alemania, en un contexto de derrota tras la Primera Guerra Mundial en la que Alemania tenía que pagar los efectos del Tratado de Versalles, un paro ya descomunal y una desestructuración social sin precedentes, paliada parcialmente solo a mitad de la década de 1920 por las inversiones estadounidenses, todo unido al acoso constante que la Unión Soviética sufría desde la Revolución Bolchevique desde octubre de 1917, siendo Alemania un punto esencial de dicho cerco antibolchevique.

Por tanto, no es que ya solo la responsabilidad del Partido Comunista de Alemania en el ascenso de Hitler al poder sea prácticamente nula. Ni tampoco puede aducirse que la Komintern, o la URSS, son responsables del ascenso del nacionalsocialismo. Es que afirmar esto, que la Komintern fue responsable del ascenso del nazismo, que equivale a culpar al comunismo del ascenso del fascismo, como hacen Ubach y Martínez, y quizás otros que inspiren su escrito, es asumir un discurso claramente alejado de la verdad histórica.
  1. Sobre el supuesto pacifismo de Podemos y sobre el pacifismo en general
Ubach y Martínez afirman, también, en su texto, que Podemos está en contra de la entrada de España en todo conflicto armado. ¿Pero acaso su secretario de organización, Sergio Pascual, no ha afirmado que Podemos respetará los acuerdos de España con la OTAN? (Sergio Pascual, Respetaremos hasta la última coma del acuerdo sobre las bases militaresEl Diario Militar, artículo de Sebastián Peláez, 02-11-2015). ¿Acaso el ex-JEMAD, José Julio Rodríguez, cercano siempre a Zapatero y Carmen Chacón, no fue el responsable del operativo militar de España que ayudó a la destrucción del régimen de Gaddafi en Libia? (M. R. C. Madrid, General José Julio Rodríguez, el JEMAD fiel a Chacón, ABC, 04-11-2015).

Pero hay más cosas que decir no solo sobre el supuesto pacifismo de Podemos, sino sobre el pacifismo y su relación con la ideología comunista. Estar “en contra de toda participación en conflictos armados”, como afirman Ubach y Martínez respecto a Pablo Iglesias, no implica ni ser de izquierdas, y ni siquiera ser políticamente prudentes. Si se hubiese defendido algo así, la URSS no tendría que haber luchado contra la invasión nazi, ni China contra la invasión japonesa, ni Corea del Norte se tendría que haber rearmado frente al imperialismo depredador estadounidense, ni Cuba haber buscado ayuda de la URSS frente a una posible invasión estadounidense de su territorio. Ser comunista no equivale a ser pacifista en sentido de “no intervenir” en guerras. Se puede ser pacifista nominal, como Lenin, y estar en contra de las guerras imperialistas depredadoras en sentido colonial o neocolonial. Ahora bien, los comunistas serios saben, como los romanos antiguos, que “si vis pacem, parabellum”. Y más a nivel de dialéctica de Estados, pues la destrucción de cualquier cosa que huela a comunismo siempre tendrá que ponernos en guardia, tanto para la defensa como para el ataque.
  1. Alianzas, amarillismo y asaltos religiosos
La calificación de socialfascista se rechaza también por parte de Ubach y Martínez, no porque sea una calificación “a mi gusto”, pues ya he explicado que no es así, y ya dos veces. En el primer texto, y en esta respuesta. Sino porque, considero, que a su juicio no conviene que haya voces internas que puedan desvirtuar posibles acuerdos futuros entre la cúpula de la formación populista Podemosy la Unidad Popular. Veo que, en pos de tal “unidad popular“, se tienden puentes en dirección a precipicios. Y para no ser una fuerza marginal, una formación tiene, primero, que respetarse a sí misma, tener un perfil claro y tratar de llegar a la clase obrera de manera mayoritaria defendiendo cosas que, mayoritariamente, defiende ya esa clase obrera, como por ejemplo la unidad nacional española, en tanto que un obrero sabe que un Estado unido y fuerte, y no diminuto, es mejor garantía para sus derechos y su bienestar que un Estado fragmentado, desunido e inestable. La labor del comunismo no es ayudar a la consecución de un Estado fallido.

La influencia de los padres de Iglesias en sus ideas (señalar que su padre estuvo en el FRAP no es “amarillismo”, sino un hecho fáctico, como lo fue que el FRAP estuvo plagado de policías secretas) puede rastrearse en Internet, tanto en artículos hagiográficos como hipercríticos. Recomiendo, en el caso de los hagiográficos, el de Karina Sáinz Borgo en Voz Populi sobre esta cuestión (Javier Iglesias: el hombre que enseñó a leer Maquiavelo a su hijo Pablo, 16-12-2015).

Seguimos. Lo de la capilla del Campus de Somosaguas no fue una protesta (¿desnudarse en un templo religioso es una protesta, o más bien una cosificación del cuerpo convertido en herramienta de lucha política?), sino un asalto, innecesario y estúpido, que solo sirvió para conseguir el alejamiento de obreros católicos, mayoritarios en España, respecto de ideas progresistas, uno de nuestros grandes fallos desde antes de la Segunda República. Y la desprotección de esas chicas por parte de Contrapoder también es un hecho. Además, una persona con 18-20 años no tiene la misma capacidad para racionalizar sus decisiones que otra de 30 o más edad, pues los más jóvenes son más influenciables, más manipulables y más temerarios para según que cosas. Y, contrariamente a lo que pueda pensarse, no fue un acto liberador feminista, sino una demostración, bajo mi punto de vista, tanto de cosificación del cuerpo femenino, convirtiéndolo en “arma de lucha” cuando el arma ha de ser desde un panfleto revolucionario hasta un fusil, como una muestra de cómo nuestra sociedad heteropatriarcal educa a las mujeres en el mantenimiento casi perenne de una minoría de edad mental, machacada desde la infancia por sus familias y por el sistema educativo, que las sitúa en una posición de absoluta indefensión ante las manipulaciones de cualquiera, incluidos aquellos “de izquierdas” que hacen del feminismo una excusa para aprovecharse de las mujeres.
  1. El marxismo y la cuestión nacional española
En este punto trataré algo que va más allá del tema de mi artículo anterior y que, todavía, parece un tema tabú en el seno de la izquierda española en general, y del comunismo en particular. Aquí haré una breve aproximación, aunque creo que es un tema que necesita mayor profundización y debate.
Pablo Iglesias no es que ponga los “Estados y naciones por encima de la clase obrera”, como afirman Ubach y Martínez. Es que la clase obrera, aunque en el mundo se encuentre como una totalidad, no lo es en sentido atributivo. Y no lo es porque la Humanidad no está unida en sentido político, sino separada no solo en clases sociales, sino también en Estados, y las clases sociales no se distribuyen atributivamente por la Humanidad. La lucha de clases solo adquiere sentido internacional e internacionalista a través de la lucha entre Estados, los cuales no son una mera superestructura a derribar.

España no es un mero “Estado burgués”. Yo estoy con Doménico Losurdo y los argumentos que esgrimió en la entrevista que yo mismo le hice en Crónica Popular, y que recomiendo leer. El Estado, como conjunto complejo de instituciones que se apropia de un territorio frente a otros Estados, no va a desaparecer jamás en un sentido anarquista. Sí podrá desaparecer el Estado burgués, pero para ser sustituido por un Estado socialista, cuyo ejemplarismo y política generadora exterior podrían ayudar a la emancipación mundial de trabajadores de otras naciones. Pero es que la clase obrera solo puede apoyarse en Estados realmente existentes, ya consolidados, para poder decir algo a escala universal, y más si son Estados de grandes dimensiones, como lo fue la Unión Soviética o lo es la República Popular China. España es un Estado-nación, una nación política, de dimensiones intermedias, pero eso siempre será mejor que una fragmentación de España, aún en sentido “comunista”, para plantar cara al capitalismo nacional e internacional.

Así, pues, en vez de dar privilegios de secesión a españoles censados en municipios de determinadas regiones, llamando a esos privilegios “derechos” que no se saben de dónde vienen ni cuál es el límite del ejercicio de ese derecho (¿podrían secesionarse el Valle de Arán, Barcelona o Tarragona de una hipotética Cataluña independiente (ver: http://www.bcnisnotcat.es)? ¿Podrían Álava o Navarra hacerlo de una supuesta Euskal Herría unificada como Estado? ¿Puede, en un referéndum, separarse la Andalucía Oriental de la Andalucía Occidental, como defiende el Partido Regionalista por la Andalucía Oriental (ver: http://www.prao.es)? ¿Pueden defenderse referéndums de reunificación de Estados separados, por ejemplo para unificar España y Portugal (Fernando Ramos: El iberismo sin Saramago: ¿queda algo de aquel sentimiento?, Mundiario, 30-12-2014)?), es no solo algo que defienda erróneamente Pablo Iglesias yPodemos. Sino que es el gran error del comunismo español hasta hoy. Además es curioso, porque Podemos defiende antes la autodeterminación que la República, y defiende antes, también, la autodeterminación que la salida del euro y de la Unión Europea. Y defiende, por tanto, antes la autodeterminación que la salida de la OTAN.

En la Historia, solo tres Estados han reconocido el derecho de autodeterminación en sus constituciones: la Unión Soviética, Yugoslavia y Etiopía. Y estos tres Estados fracasaron y desaparecieron (Etiopía es un Estado fallido que, con la escisión de Eritrea, perdió su salida al mar), y en parte fue por contemplar su propia autodestrucción como unidad. Un Estado, incluido un Estado socialista, lo que nunca debe hacer es suicidarse. Y si no es un Estado socialista, el movimiento obrero comunista no debe, jamás, permitir la desaparición de un aparato que le permitiría, con mayor eficacia, realizar la transformación social a escala de clases y de Estados. Un marxismo sin geopolítica es un marxismo cojo.

Lenin es claro en lo que respecta a las revoluciones democrático-burguesas y la unidad nacional en las naciones europeas occidentales, y España es una nación europea occidental. En su texto Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, de 1914, dice:

“En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados unidos en el aspecto nacional. Por eso, buscar ahora el derecho de autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo.”

Y su texto solo entiende la autodeterminación de las naciones para el caso ruso, con todos los problemas que ello, sin embargo, implicó en la descomposición soviética de 1991:

“Así, pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas del problema nacional en Rusia las que hacen entre nosotros urgente en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos.”

España sí realizó su revolución democrático-burguesa, y lo hizo en un espacio de tiempo más amplio que la Revolución Francesa. Lo hizo, prácticamente, durante todo el siglo XIX, y lo hizo empezando con la Guerra de Independencia de 1808-1814, cuyo punto de inflexión es la Constitución de Cádiz de 1812, y lo continuó durante el Trienio Liberal (1820-1823), y el sinfín de guerras civiles que hubo en España (las distintas Guerras Carlistas). Los escritos de Marx y Engels sobre España, son claros en este sentido:

“El estudio detenido de las revoluciones españolas permite aclarar el hecho de que estos mozos necesitaron unos cuarenta años para demoler la base material de la dominación de los curas y la aristocracia, pero en ese tiempo lograron hacer una revolución completa en el viejo régimen social.” (Carta de Marx a Engels, del 17 de octubre de 1854).

¿Por qué niegan, entonces, algunos “comunistas” e izquierdistas y socialfascistas españoles que España no es una nación política y que aquí no hubo revolución burguesa? Quizás porque no han leído los escritos de Marx y Engels sobre España. Y quizás también porque, si lo han leído, la biografía personal de muchos en su lucha antifranquista, al interpretar como aliado a todo aquel que se opusiera a Franco sin discriminar los medios y fines de esos antifranquistas (tan antifranquista fue Marcelino Camacho como Jordi Pujol o la ETA, y ni en fines ni en medios son equiparables salvo en el antifranquismo, que fue más una circunstancia que una ideología), les ha llevado a ese punto terrible en el cual identifican la Historia de España con lo que ellos han vivido, y nada más. Como si España en sus cinco siglos de Historia como unidad política, y antes, se redujese a su pocos años de existencia en el siglo XX, y ahora lo que llevamos de XXI.

En su texto, Lenin hablaba de los casos de Irlanda, pero también de Polonia y Finlandia respecto a Rusia, ejemplos que ponen Ubach y Martínez en su respuesta. Pero es que son casos demasiado particulares como para tomarlos análogamente al caso catalán, vasco, andaluz, gallego u otros. Finlandia fue, antes que parte de Rusia, territorio del Imperio Sueco, y Polonia antes de ser repartida por Prusia, por Austria y por Rusia, fue un Estado independiente, el Reino de Polonia hasta 1569, que luego se convirtió en un Estado imperialista con la Mancomunidad de Polonia y Lituania que, tras la muerte del zar Teodoro I Ivánovich en 1598, logró conquistar Moscú hasta que revueltas internas provocaron la expulsión de los polacos en 1612, año en que comenzó a gobernar en Rusia la Dinastía de los Románov.

Cataluña nunca fue un Estado independiente, ni Andalucía, ni Canarias. Y aunque regiones españolas actuales como Galicia, Asturias, León, Castilla, Aragón o Navarra fueron Estados independientes, se trataba de reinos medievales unificados totalmente a fines del siglo XV, que no caben en absoluto recuperar siquiera como Estados democrático-burgueses u “obreros” en la actualidad, recuperación que, teniendo en cuenta la cita anterior de Marx, sería algo puramente reaccionario y antiobrero.
Polonia y Finlandia fueron, decíamos, regiones del Imperio Ruso desde su anexión, y además eran religiosamente diferenciadas, otra condición que Lenin contempla para la autodeterminación. Rusia era, y es, ortodoxa, mientras que Polonia, que sí fue Estado independiente siglos antes, fue y es católica, y Finlandia fue y es protestante. ¿Se da algún caso parecido en España? ¿Hay diferencias religiosas entre regiones, salvo Ceuta y Melilla? ¿Es alguna comunidad autónoma española una colonia explotada por el “Estado español fascista y opresor”? No.

Engels y Marx, además, hablaron de las “naciones sin historia” como aquellas cuya realización nacional equivalía a reacción antiobrera, a la destrucción de las naciones políticas ya existentes en su época, incluyendo a los vascos entre esas “naciones sin Historia”, por cierto. Recomiendo leer los ya mencionados Escritos sobre España de Marx y Engels para entender esta cuestión (publicados varias veces en español, entre otras, por la FIM en 1998, y después con el título La España revolucionaria, por Alianza Editorial, en 2009). De hecho, creo que un gran error, que evidencia además el (en sentido genérico, aunque hay honrosísimas excepciones) bajo nivel teórico e histórico del marxismo español, consiste en haber interpretado la Historia de España no con un enfoque propio original, sino copiando malamente, el análisis marxista que los revolucionarios rusos realizaron respecto a su país.

No ver los perjuicios históricos, políticos, económicos (ruptura de la caja única de la Seguridad Social, es decir, del valor producido por toda la clase obrera española en nuestra hucha común), y a nivel internacional (una Cataluña independiente nunca sería socialista, la península ibérica acabaría siendo intervenida por potencias extranjeras que se repartirían el botín), resulta reaccionario. Por no hablar de las claras falsedades y manipulaciones históricas que los separatistas alardean, desmontadas por historiadores de todo signo político en obras a disposición de cualquiera que quiera leerlas y que no sea un sectario que no quiera leer a sujetos que no concuerdan con sus ideas políticas sobre determinados temas.

(Recomiendo algunos, para una visión general: Joaquín Leguina, “Los 10 mitos del nacionalismo catalán”, Temas de Hoy, 2014; Gustavo Bueno, “España no es un mito”, Temas de Hoy, 2005; José Díaz Herrera, “Mitos del nacionalismo vasco”, Planeta, 2005; Josep Borrell y Joan Llorach, “Las cuentas y los cuentos de la independencia”, Catarata, 2015; Ramón Maíz, “Raza y mito céltico en los orígenes del nacionalismo gallego: M. Murguía”, Reis: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 25, Enero-Marzo 1984, pp. 137-180; Antonio Elorza, “Un pueblo escogido: génesis, definición y desarrollo del nacionalismo vasco, Crítica, 2001; Francisco Caja, “La raza catalana: el núcleo doctrinal del catalanismo”, Encuentro, 2009.En signo contrario recomiendo la recopilación “Historia de la nación y del nacionalismo español”,Galaxia Gútenberg, 2013).

Hay tres elementos más que pueden explicar mi postura respecto a esta cuestión, y puede que resulten polémicos. Primero, el hecho de que Marx y Engels consideraran prioritarias las revoluciones obreras en potencias europeas occidentales como Inglaterra, Francia o Alemania, en el siglo XIX, podría entenderse también porque eran imperios coloniales en expansión con vastos territorios bajo su dominio en diversos continentes. Una revolución socialista en la metrópoli de esos imperios hubiese acabado por tener repercusiones también en las colonias, por lo que si se hubiese dado una revolución en la Inglaterra victoriana, quizás las repercusiones políticas hubiesen tenido una escala universal mayor que si se hubiese dado en una Inglaterra sin Imperio. ¿La repercusión de una revolución como la bolchevique hubiera sido la misma si en vez de en un país tan extenso y poblado como Rusia hubiese sido en, por ejemplo, Albania? ¿Y acaso, aunque defendían la independencia de Irlanda respecto del Imperio Británico, no recomendaron también su reunificación en sentido federal (Marx y Engels sí sabían lo que era el federalismo, unión de Estados independientes que ceden su soberanía en una federación)?

Segundo, a mi juicio, los argumentos de Rosa Luxemburgo (Textos sobre la cuestión nacionalEdiciones de la Torre, 1977) sobre el separatismo le acabaron dando la razón, en lo sustancial, frente a Lenin, entre otras cosas porque Lenin, influido por Kautsky y por Otto Bauer y su “austromarxismo“, vio el asunto desde una perspectiva excesivamente condicionada por el caso de su país, de Rusia, y de su idiosincrasia étnica pluricultural, cosa que ya dije más arriba. Y más arriba afirmé, y reafirmo, que el caso ruso se ha copiado miméticamente en España y sin crítica alguna.
El éxito de la revolución bolchevique y el fracaso de la espartaquista no implica que el razonamiento de Lenin sobre la autodeterminación sea mejor, ni más racional y certero, que el de Rosa Luxemburgo. Lenin, en su texto sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, entendía que, por ejemplo, la desaparición del Imperio Austro-Húngaro permitió que los Estados resultado de aquel desmembramiento tuviesen un desarrollo capitalista. Pero Lenin no vio cómo fue el porvenir de aquellos Estados, no ya solo de Austria, que acabó dominado por una dictadura de derechas con Dolfuss y luego, anexionada por Alemania. El resto de naciones fruto de aquel desmembramiento, solo alcanzaron un régimen socialista-comunista debido a la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, y por el reparto de Europa tras 1945.

La formación de los Estados nacionales que Lenin veía necesaria para el desarrollo capitalista, de un proletariado y de una posible revolución, siguiendo a Kautsky, realmente no es aplicable hoy en día. Y no solo por el fin de la descolonización, sino porque el fin de la URSS y de Yugoslavia ejemplifican que la creación de Estados nacionales puede desarrollar el capitalismo, incluso contra el socialismo y el comunismo. Rosa Luxemburgo vio, con clarividencia, que la independencia de Polonia la convertiría en uno de los epicentros de fuerzas políticas reaccionarias anticomunistas. Movimientos como la Solidaridad de Lech Walesa ejemplifican esto. También Finlandia. Y no en vano, Trotsky defendió, con razón, “sovietizar Finlandia” (Balance de los acontecimientos en Finlandia, 1940), y Stalin la acabó invadiendo debido a la simpatía del gobierno finlandés con el nazismo.

¿Y qué ha pasado con Irlanda? Es independiente, sí, y el Imperio Británico acabó. Pero Irlanda, desde su independencia, jamás ha tenido siquiera una fuerza política socialista o comunista que haya podido tener el poder. El Sinn Fein es un partido católico cuyas pretensiones no son socialistas. ¿De qué ha servido, pues, la independencia de Irlanda, país en la Unión Europea y el euro? A nivel político marxista, de absolutamente nada. De hecho, el marxismo no es una fuerza política en las islas británicas, pero si en algún lugar tiene presencia ideológica fuerte, sobre todo en las universidades (Hobsbawn, Harvey, Cockshott, etc.), no es en Irlanda, sino en la antigua metrópoli inglesa, pero insisto, solo a nivel académico. Y si en algún momento Marx y Engels pudieron defender la independencia de Irlanda y de otras “naciones oprimidas” frente a “naciones opresoras”, ¿no sería por su visión teleológica de un comunismo final futuro inevitable, que se ha demostrado irreal en la práctica? El comunismo no devendrá de manera inevitable, sino que tendrá que construirse, finalísticamente, a escala universal partiendo de unidades nacionales nunca pequeñas ni manejables por terceros.

Y tercero, en El Estado y la revolución (Alianza Editorial, [1917] 2006: 119), Lenin acaba afirmando, siguiendo a Engels, lo siguiente:

Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisible. Considera la república federativa, bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, bien como transición de la monarquía a la república centralista, como un progreso, en determinadas circunstancias especiales. Y entre estas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional. En Engels, como en Marx, a pesar de su crítica implacable del carácter reaccionario de los pequeños Estados y del encubrimiento de este carácter reaccionario por la cuestión nacional en determinados casos concretos, no se encuentra en ninguna de sus obras ni rastro de tendencia a eludir la cuestión nacional, tendencia de que suelen pecar frecuentemente los marxistas holandeses y polacos al partir de la lucha legítima contra el nacionalismo filisteamente estrecho de sus pequeños Estados. […] no hay ni rastro de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa ni a la propaganda y a la lucha más decidida en pro de la república unitaria, centralista-democrática. Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático en el sentido burocrático con que emplean éste concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo entre éstos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local que, en la defensa voluntaria de la unidad del Estado por las comunas y las regiones, elimina en absoluto todo burocratismo y toda manía de ordenar desde arriba”.

Es decir, que no solo el marxismo-leninismo, o Rosa Luxemburgo, se oponen al separatismo en realidad. Sino que un marxista coherente debería ser antifederalista (Stalin, Contra el federalismo, 1917). Sin embargo, la URSS, al ser un Estado federal proclive a la autodeterminación, selló su sentencia de muerte. No digamos Yugoslavia o Etiopía. En definitiva, el derecho de autodeterminación ha terminado por ser un derecho burgués. Pues, de hecho, uno de sus principales promotores fue el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, lo utilizó para destruir el Imperio Austro-Húngaro y afianzar, así la influencia estadounidense en Europa, también frente a la URSS y Alemania.
  • H. Carr, en su primer tomo sobre La revolución bolchevique. La conquista y la organización del poder (Alianza Editorial, 1977), al hacer el balance de la autodeterminación, señaló que “la teoría burguesa de la autodeterminación había llegado en 1919 a un callejón sin salida” (p.397) y que “el derecho a la separación fue reemplazado por el derecho a unirse” (p. 383).
  1. VII. Trotskismo capitalista
Un camara trotskista italiano, Moreno Paschinelli, me explicó una vez que había dos trotskismos: el trotskismo prosoviético, que representaría para él el propio León Trotsky, y el trotskismo antisoviético, donde podría entrar Jaume Roures. No es casual que éste, Roures, sea el gran protector económico mediático del socialfascista Pablo Iglesias.

Se ha criticado que utilice la expresión “trotskismo capitalista” para referirme a Jaume Roures. Pero es una expresión certera en su persona. Roures, un burgués, no obstante siempre ha afirmado que “no trabaja, milita”, respecto a lo que hace en Mediapro/Atresmedia (“Roures a las claras: ‘La crisis demuestra la actualidad de Marx. Referéndum de autodeterminación en Cataluña. Hago dinero para servir a mis ideas”, El Confidencial Digital, 27-01-2009). Y aunque hay trotskistas honestos y leales militantes anticapitalistas, no puede negarse que un buen número de ellos, desde su trotskismo, han evolucionado a posturas ultraliberales y procapitalistas (Horacio Vázquez Rial, El hábito de la duda: una respuesta para cada preguntaLibertad Digital, 10-05-2005), como por ejemplo el grueso del think tank neoliberal estadounidense ELCATO Institute.
  1. VIII. Conclusiones
En el marco del capitalismo imperialista depredador actual, el de la Unión Europea y el euro, el TTIP y el TTP, todo bajo el amparo de Estados Unidos, el capitalismo español es un capitalismo periférico sometido a dos capitalismos centrales, Alemania y la República Federal de los Estados Unidos de (Norte)América, en una cadena en la cual también ejercen su influencia y poder sobre España países como Francia o Italia, éste sobre todo en los medios de comunicación audiovisual.

En ese contexto internacional, con una profunda crisis económica, política y nacional, cuando Izquierda Unida era la tercera fuerza política con una capacidad de crecimiento considerable en los años 2012-2013, aparecen Podemos y Ciudadanos para revitalizar el régimen actual. Podemos, además, ha seguido la misma estrategia del PSOE en la Transición: minar al PCE (hoy en IU y en Unidad Popular) en un periodo de especial trascendencia histórica para España y para la clase trabajadora del país, y aceptar las prerrogativas de la Transición con tal de tener poder institucional, incluida la entrada de España en la OTAN, el euro y la Unión Europea, estructuras que no pone en cuestión Podemos. Y se ha hecho minándonos aprovechando unas debilidades estructurales arrastradas desde hace décadas, cuyo mantenimiento sigue beneficiando al orden establecido.

Desde militancias pasadas en las Juventudes Comunistas, Izquierda Unida o en el movimiento antiglobalización, pasando por grupos trotskistas antisoviéticos como Espacio Alternativo, la cúpula de Somosaguas que maneja, Podemos se ha conformado en un grupo político que, como dicen Adrián Ubach y Ángel Martínez, tiene rasgos izquierdistas y oportunistas, sin duda. Pero esos rasgos son también comunes al socialfascismo cuando surgió, y a lo que ahora se puede también definir como socialfascismo.

En los textos que he presentado, en el primero y en este segundo de réplica a la crítica de los dos autores mencionados, he tratado de demostrar cómo Pablo Iglesias en particular, y la cúpula de Podemos en general, pueden perfectamente ser definidos, siendo fieles al análisis marxista, como socialfascistas. La actitud de complacencia, comprensión, o incluso de tratar de confraternizar con Podemos, el no tratar de enfadarlos ni a ellos ni a determinados grupos simpatizantes con ellos en otras formaciones, o el tratar de influirlos para llevarles al “buen camino”, me parece la actitud equivocada, es darse de cabezazos contra la pared. Como si se tratase de convencer a un maltratado que nos deje de pegar. Y es una repetición del modus operandi que se desarrolló con el PSOE años atrás. Pablo Iglesias solo quiere nuestra destrucción, porque Pablo Iglesias, a día de hoy, es Podemos, y no hay nadie dentro de ese Partido que le pueda hacer sombra. Si acaso Íñigo Errejón, pero está demasiado sometido a él. Así, pues, ¿por qué criticar una actitud pasada delPCE-IU con el PSOE para, ahora, repetir lo mismo, desde el PCE-IU-UP con Podemos, si PSOE y Podemos comparten más entre sí que nosotros con esos Partidos?

Ya no hay dos almas en Izquierda Unida, como decía Julio Anguita. Sino que hay tres. Por una parte, la que todavía quiere acercarse al PSOE. Por otra, la que quiere acercarse a Podemos. La tercera, es aquella que considera que, al contrario de los que piensan que este camino lleva a la marginalidad, lo que hay que hacer es reconstruir la coalición y darle mayor personalidad. Si esta vía no es posible, pueden quedar las dos anteriores, con resultados que contemplan o la sumisión o nuestra desaparición, diluidos en otros. Aunque, quién sabe. Puede quedar una vía derivada del naufragio de la tercera: la reconstrucción, en serio, del Partido Comunista de España.