lunes, 14 de diciembre de 2015

Pablo Iglesias, socialfascista



Publicado en Crónica Popular y en la Web de Profesionales del PCM:




Este artículo pretende ser polémico, y lo es por necesidad. Hace demasiado tiempo que, en España, a las cosas ya pocos las llaman por su nombre. Vivimos tiempos de supuestos significantes vacíos. Mientras tanto, el futuro de las luchas obreras en España está en peligro, así como el tablero de juego donde esas luchas se enmarcan, que no es otro que la propia España y su unidad. Explicaré por qué.

Quiero traer al siglo XXI un término acuñado en 1928 por el marxismo-leninismo. Este curioso término es socialfascismo. Fue pronunciado por primera vez durante el VI Congreso de la Internacional Comunista, o Komintern. Sirvió para designar la colaboración que la socialdemocracia llevó a cabo, tanto en Alemania como en otras partes del Mundo, con el fascismo y el nacionalsocialismo. Se trató de un término coherente con la praxis revolucionaria de Lenin, en tanto que éste siempre propuso términos certeros para referirse a sus enemigos. Lenin concibió, antes de su muerte, un término similar que podría considerarse un antecedente del de socialfascista. Me refiero al término socialchovinista, que servía para definir a todo aquel que era “socialista de nombre, chovinista de hecho“, siendo el chovinista lo opuesto al patriota, es decir, el patriotero que consideraba su patria o su región como la mejor y por encima del resto. Siguiendo la estela del socialchovinismo, tras la muerte de Lenin, la Internacional Comunista creó el término socialfascismo que definirá a todo aquel que sea “socialista de nombre, fascista de hecho”. Ambos términos comparten la raíz social, pero lo hacen en sentido negativo, en tanto contrarios al socialismo comunista de los bolcheviques y de la Unión Soviética.

Socialfascista es un término crítico, una reducción al absurdo si se quiere, pero no exenta de verdad, y sirvió para caracterizar a todos aquellos partidos socialdemócratas europeos que se postularon a favor de la intervención en la Primera Guerra Mundial defendiendo a sus Estados burgueses-imperialistas, y que, tras el Tratado de Versalles, evolucionaron hacia formas socialistas no marxistas, incluso antimarxistas, de tendencia también patriotera y ultranacionalista. La diferencia con el socialchovinismo es que, en ese momento, ya existía la Unión Soviética. Y el socialfascismo, “socialista de nombre, fascista de hecho“, se alió naturalmente contra el comunismo y los Partidos Comunistas, así como contra la patria de los soviets.

La socialdemocracia alemana se revolvió contra la Komintern por identificarles con el fascismo mediante el uso de este término. Pero lo cierto es que, durante la República de Weimar, el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP, nazi) se nutrió, principalmente, de militantes provenientes de la socialdemocracia.

El socialfascismo, además, tiene rasgos similares al izquierdismo que Lenin denunciara como enfermedad infantil del comunismo. Aunque reclame el análisis materialista, el socialfascismo será menchevique e idealista, y desconectará la praxis de las ciencias naturales, y también de las ciencias sociales en sus escuelas más leninistas, de la transformación política revolucionaria. Y será también cosmopolita y antisoviético, antibolchevique, en tanto defienda “unidades internacionales obreras” sin referencia alguna a los Estados obreros realmente existentes, en su momento la URSS. Al no apoyar a la Unión Soviética, el socialfascismo se desconectaba de la dialéctica de clases y de Estados, y apoyaba, de hecho, al Tercer Reich.

Hoy día, socialfascismo es un término que podría volver a utilizarse. Podría entenderse como socialfascista a toda corriente del izquierdismo progresista, socialdemócrata o populista, que conecte, en su discurso y en su esencia, con el sentimentalismo, el irracionalismo, el idealismo, el nacionalismo étnico contra cívico-político o de clase (patriotismo), e identificará la “nación” o “patria” con la sociedad civil, cosa que ya ha denunciado, como peligroso, el filósofo comunista italiano Doménico Losurdo. El términosocialfascista, si bien es cierto que dejó de usarse en 1935 debido al viraje extratégico de los Frentes Populares, hoy día permitiría explicar ciertos fenómenos, como pueda ser Podemos. Y es que, por su trayectoria, sus fines y sus medios, Lenin podría definir a Pablo Iglesias como socialfascista.

En una entrevista publicada en el diario El Mundo el pasado día 8 de diciembre, el filósofo español Gustavo Bueno, cercano en su juventud al Partido Comunista de España, dijo públicamente que iba a votar a Mariano Rajoy. El motivo, simple: “porque es el único en el que confío para mantener algo más de tiempo la unidad de España“. Textual. Curioso, pues el Partido Popular ha sido, junto con elPSOE, el gran culpable del crecimiento del separatismo en varias regiones españolas. Sin embargo, lo dicho por Bueno tiene mucha miga.

A día de hoy, no hay ni un solo partido político en España que defienda la unidad de la nación más allá del mero constitucionalismo del 78. El PSOE defiende un modelo federal de corte asimétrico que no entiende ni Pedro Sánchez, pues un Estado federal es el resultado de la unión de varios Estados independientes o colonias que se unen cediendo su soberanía a la Federación, cosa que España nunca ha sido, salvo ficción jurídica, durante la Primera República, y así acabó. UPyD, partido en proceso de desaparición, también es federalista, si bien sin asimetrías, pero ignorando también el origen histórico de los Estados federales. Lo mismo pasa con el neoliberalCiudadanos, que también es federalista, y pretende mantener la unidad formal de la nación y el régimen actual, pero disolviendo su estructura económica productiva en la Unión Europea más de lo que ya lo está. Podemos, por su parte, directamente defiende el separatismo. O lo que es lo mismo, el “derecho a decidir”, la autodeterminación. Podemos pretende convertir España en Yugoslavia.

Pablo Iglesias, víctima de un irrefrenable deseo de llamar la atención a toda costa (lo que los anglosajones llamarían un “poser“), capaz de vender a cualquiera, incluso sus principios, con tal de tomar el poder, maneja unas ideas que son producto de las falacias ideológicas que sus padres le contaron desde pequeñito. Su padre fue miembro del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico), organización calificada como terrorista que en la década de 1970 estaba, según confirmación de sus propios ex-miembros, infiltrada de policías secretos y miembros de la inteligencia de entonces. Las ideas básicas de Pablo Iglesias, inculcadas por sus progenitores, no son otras sino creer que a comienzos de la década de 1970 España estuvo a punto de vivir un proceso de ruptura revolucionaria comandado por un movimiento comunista que, aunque real y disciplinado, era muy minoritario frente a una población española mayoritariamente franquista. Y que además, dicho proceso revolucionario fue traicionado por el PCE, que se “vendió” en la Transición.
La veracidad de estos hechos es harto discutible. Pero no resta para que Iglesias haya crecido con esta cosmovisión que, implica, no solo “odio” al PCE, sino también odio a España, en tanto país, en esencia, para él, fascista. De ahí que opine que, ante un hipotético referéndum, “solo los catalanes” tendrían el privilegio de votar sobre la unidad de España, negándole ese derecho al resto de españoles. Pablo Iglesias pretende así romper la caja única de la Seguridad Social, destruir el futuro de las pensiones españolas y dividir a la clase obrera patria para disolverla en Europa, igual que Ciudadanos, pero además balcanizando el país.

Pablo Iglesias se ha definido como comunista y como socialdemócrata en menos de un año. También en menos de un año ha defendido la alianza de los pueblos del Sur de Europa contra la Troika y, ahora, una Unión Europea convertida en potencia en el marco de la OTAN. Para ello, cuenta con el ex-JEMAD (Jefe del Estado Mayor de la Defensa), José Julio Rodríguez, co-responsable por la parte de España de la destrucción de la Libia de Gaddafi. Y por muy fuerte que esto pueda sonar, en lo que respecta a la defensa de la unidad de España como nación política, Pablo Iglesias está a la derecha de Mariano Rajoy. Rajoy no sale de los límites jurídicos de la Constitución de 1978, porque ni puede, ni quiere, ni le interesa. Y aún así, su posición es más progresista que la de Pablo Iglesias. Y de ahí la pesimista afirmación de Gustavo Bueno, pues ese “algo más de tiempo” da a entender que, para Bueno, a la nación española como realidad política existente, le queda poco tiempo, siendo la coyuntura política actual un episodio más de un proceso de descomposición nacional que viene de décadas. Y aunque uno no vaya a votar jamás al Partido Popular, y lamente la evolución ideológica de Bueno, hay que recordar la miga que tenía la frase a la que hice referencia más arriba.

Quien debiera ser el baluarte de la unidad de España más allá de constitucionalismos, garante de la unidad de su clase obrera nacional e inmigrante, y de hacer del Estado español sujeto revolucionario sin ambages tanto a nivel interno, contra la Gran Burguesía patria, como externo, contra la Unión Europea, el euro y el Imperio Estadounidense, es sin duda la Unidad Popular, Izquierda Unida y, sobre todo, el Partido Comunista de España. Un Partido casi centenario que tiene más enemigos que nunca a día de hoy: desde eltroskismo ultracapitalista de Jaume Roures y su Mediapro (Público, La Sexta), hasta el populismo postmoderno de Podemos, mezcla de Ernesto Laclau y Toni Negri, pasando por un Partido Popular que, aconsejado por el Rasputín pepero Pedro Arriola, ha tratado de evitar que el comunismo volviese a tener fuerza en España hacia el año 2012-2013, al fomentar una fuerza política discursivamente izquierdista que ha tratado de acabar con la movilización en las calles y ha intentado laminar las Mareas mediante el mero electoralismo y la subsunción del PCE y de Izquierda Unida a dichos mamotretos electorales, pues cuantas más Mareas se presenten a las elecciones, menos Mareas habrá en las calles.

Un izquierdismo anticomunista, representado por Pablo Iglesias, que es, no obstante, apoyado por los medios de comunicación tanto del PP como del PSOE, el cual puede verse cooptado por Podemos, pues el capricho de Pablo Iglesias podría ser el de ser secretario general del PSOE. El Partido Socialista Obrero Español puede ser la nueva UCD debido a la estupidez de su líder, Pedro Sánchez, y a la mala fe del sector zapaterista que todavía tiene fuerza en el Partido, y que vería en Podemos la conclusión lógica de lo que Zapatero representó cuando gobernó España. Pero el PSOE, junto con los medios conservadores y neoliberales, motejan a Pablo Iglesias y aPodemos de “comunista” y de “leninista”, cuando su estructura es más parecida al peronismo argentino o al polpotismo camboyanoque al de una organización marxista-leninista clásica. Y lo hacen para dar miedo a los españoles, pero también para confundir. Porque el mayor enemigo del régimen no es Podemos, sino el Partido Comunista de España y sus coaliciones políticas, a las cuales el propio Pablo Iglesias, lleno de rencor y resentimiento, ningunea y trata de destruir.

Pablo Iglesias se ha aprovechado de la ingenuidad, candidez y, por qué no decirlo, el ego de algunos nombres grandes del PCE, como Julio Anguita. Anguita ha afirmado púbilcamente no hacer campaña por Alberto Garzón para no perjudicar a Podemos tampoco, y no ser utilizado por ninguna de las dos formaciones, reservando su opinión al día posterior a los comicios. Pero, con ello, Anguita ha olvidado en qué Partido milita. Pablo Iglesias ha utilizado, y utiliza, a personalidades de prestigio en las izquierdas españolas como Manolo Monereo, y lo ha intentado con Alberto Garzón, con un único objetivo: destruir al Partido Comunista de España y a sus coaliciones programáticas, cumpliendo así con el gran sueño de la Gran Burguesía española desde la Transición.

Iglesias ya era así desde sus tiempos de Somosaguas, cuando boicoteaba todo acto político que no fuera organizado por su asociación de entonces, Contrapoder, inspirada en las ideas de Toni Negri. Ya era así cuando realizaba homenajes a Iñaki de Juana Chaos junto a su Alfonso Guerra particular, Íñigo Errejón (el verdadero cerebro de Podemos y, sin el cual, Iglesias no es nadie) y pedía, con huchas de cartón en la Facultad de Políticas, dinero para este asesino. Y ya era así cuando manipuló a varias jóvenes estudiantes de 18 a 20 años para asaltar la Capilla del Campus, dejándolas luego desamparadas sin protección legal, la cual solo cubrió a las chicas asaltantes que eran de Contrapoder.

El oportunismo, el izquierdismo, el folclorismo supuestamente marxista (puro marxismo vulgar), la influencia de Toni Negri y del peronismo de Ernesto Laclau, la asunción de un falso patriotismo español que concibe a España como un “Estado plurinacional” al estilo de la Rusia de los zares, o de la actual Bolivia (Iglesias toma a catalanes, vascos, gallegos, andaluces o canarios como si fuesen indígenas), el sentimentalismo romántico, el haber vaciado las calles de movimientos populares salvo el suyo como hizo el fascismo, solo que esta vez sin puños y pistolas, pero sí con el apoyo del poder político, económico y mediático español, además del engaño y el parasitismo sobre fuerzas izquierdistas internacionales para, tras haberles prestado servicios, renegar de ellas como hicieron con la Venezuela bolivariana, a la que sajaron más de 400.000 euros para, una vez conseguidos, renegar de ella en sus momentos más difíciles. Si a todo esto juntamos la violencia verbal y no verbal de sus gesticulaciones, así como su egolatría, megalomanía y chulería, nos encontramos con rasgos propios de lo que Lenin y los bolcheviques entenderían como un puro socialfascista. Que Julio Anguita y Manolo Monereo estén tardando tanto en verlo solo muestra lo vulnerables que ambos son, y lo peligrosa que resulta su vulnerabilidad para la Unidad Popular, pues unos pesos pesados tan mayores, sin ningún rasgo evidente de fortaleza moral, ética y teórica, son pasto seguro de lobos con piel de cordero que se los han ganado mediante el mero peloteo y el retorcimiento de sus sentimientos y debilidades.

Iglesias, si gobierna, abrirá con su referéndum en Cataluña un melón que no parará ya nunca de abrirse, pues otras comunidades autónomas, e incluso provincias dentro de autonomías, querrán repetirlo. Y así España podrá ser descuartizada en nombre de potencias extranjeras que se frotan las manos a la hora de morder con sus fauces el riquísimo manjar geopolítico y geoestratégico que es la Península Ibérica. De ahí que votar a Alberto Garzón y a la Unidad Popular es una fórmula necesaria para quitar escaños a esesocialfascista sin escrúpulos que es Pablo Manuel Iglesias Turrión. Un sujeto que no duda en tildar de lo peor a todo aquel que no piense como él, pues solo él puede, en verdad, “pensar”.

En realidad, el mayor enemigo que tiene el PCE, a día de hoy, no es solo ya el régimen de 1978, ni siquiera “la derecha”, sino el socialfascismo de Pablo Iglesias y de la cúpula dirigente de Podemos, que está prestando un fabuloso servicio a los grandes enemigos históricos del comunismo en España: el franquismo sociológico, el troskismo, la Gran Burguesía y, por qué no decirlo, el europeísmo, el cual estaba en entredicho con la crisis y que, con la aparición catódica de Podemos (y de Ciudadanos) vuelve a ser incuestionable.