miércoles, 16 de noviembre de 2016

Razones para una III República Unitaria


Crónica Popular, Suplemento de Cuestiones Españolas "Es la hora de la Tercera República", nº 2, año 2016, ISSN: 2529-9484, pp: 84-89
(http://www.armesilla.org/2016/07/cronica-popular-es-la-hora-de-la.html;
http://www.armesilla.org/2016/11/razones-para-una-iii-republica-unitaria.html).


Es sabido, y teorizado, desde hace ya más tres décadas que, en España, el eje izquierda-derecha, tan puesto en cuestión hoy día por parte también de las propias izquierdas y la derecha, está entrecruzado con el eje nacionalismo español-nacionalismos periféricos. En este cruce de ejes no interviene desde hace años, salvo en muy pocos partidos políticos y movimientos sociales, un tercer eje monarquía-república.

Hay tres razones que lo explican, todas funcionando en el aquí y ahora. La primera, el peso enorme que tienen las tensiones entre el Gobierno central español y los gobiernos autonómicos, cuyas competencias, sobre todo en materia educativa, han tendido a centrifugar la idea de nación española, sea la que sea, que el supuesto centralismo español ha tratado (supuestamente) de imponer. A día de hoy, y quizás entrecruzado con la crisis económica pero con autonomía respecto a ella, ya que algo que lleva ocurriendo antes de la crisis de 2007, las tensiones separatistas son el principal problema político de España. 

La segunda razón es que este problema separatista, centrífugo, tiende a una suerte de balcanización light de parte de la población, que ve más perentorio abogar por una república catalana, una vasca, una gallega, otra andaluza, otra canaria, otra castellana, asturiana, leonesa, aragonesa, murciana, leonesa, berciana, aranesa, andaluza-oriental, cántabra, valenciana, antes que por una república española, a la que también verían como “opresora de pueblos”. Conste que hemos nombrado la totalidad de movimientos separatistas realmente existentes en España, cada uno con un recorrido particular y éxitos disímiles. 

Y la tercera, y la más grave, es que por un lado buena parte de la derecha española y de la socialdemocracia (el PSOE, parte de Izquierda Unida) defienden una Constitución, la de 1978, que analizada con detenimiento demuestra ser la institución política que impulsa, con mayor determinación, esos movimientos centrífugos separatistas, mientras que por otro lado España tiene unas izquierdas que, de manera mayoritaria (socialdemócratas, comunistas) defienden abiertamente o balcanizar España, o permitir que unos españoles, por el mero hecho de estar censados en municipios de una supuesta región que se considera nación, pueden votar en referéndum sobre su separación sin consultar al resto de españoles.


La Constitución Española de 1978 y la centrifugación de España

La Constitución Española de 1978, hay que decirlo, es el principal problema que lleva a la centrifugación de la idea de España. No en vano, el Artículo 2 de nuestra actual Constitución afirma que:

“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

La confusión terminológica que los ponentes constitucionales patrios plasmaron en nuestra actual Carta Magna es tal que tratan de distinguir infructuosamente nación de nacionalidad, cuando ambas cosas son la misma. Y al afirmar, sin darse cuenta, en un mismo artículo constitucional que nación española y nacionalidad catalana, vasca o gallega, etc., son lo mismo (aunque no digan cuáles son esas nacionalidades históricas, lo que da pie a que haya múltiples regiones que tengan minorías separatistas), jurídicamente eso supone afirmar que España sería una “nación de naciones”, una de las imposturas politológicas más necias de los últimos tiempos, por ser un oxímoron. O un “país de naciones”, según nefasta formulación del último partido pro-centrifugación de España, Podemos. Proyecto centrifugador, “austro-húngaro”, también defendido por buena parte del PSOE y de Izquierda Unida-PCE. 

Además, algunos políticos españoles de estas formaciones, como Carolina Bescansa, han afirmado sin despeinarse, que un referéndum solo en Cataluña está apoyado por encuestas en que, parece ser, el 80% de los catalanes quieren votar, aunque voten que No a la independencia, en un referéndum exclusivamente votado por los españoles censados en municipios catalanes. Esta sería la opción de Podemos, Izquierda Unida-PCE y parte del PSOE. Este tipo de declaraciones de Bescansa demuestran que un sociólogo, quizás, no sea la persona más apropiada para gestionar una nación política como lo es España. Y menos una socióloga postmarxista (postmoderna) como Bescansa, que al igual que su jefe, Pablo Iglesias, pretende empezar de cero una construcción política como si la Historia no importara.

Pero sigamos con las contradicciones constitucionales. El Artículo 2 antes mencionado entra, además, en contradicción con el Artículo 1.2. de la Constitución de 1978, que afirma que:

“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

Por dos motivos. En primer lugar, porque el pueblo es la parte viva de la nación, la que actúa en el aquí y ahora, que recibe el legado de sus ancestros en el pasado, y lo traspasa, junto con sus obras presentes, a los compatriotas del porvenir. Si la soberanía nacional reside en el pueblo, entonces los compatriotas del presente pueden pasar olímpicamente de los compatriotas muertos y de los que están por llegar. Y ahí la soberanía nacional, que ha de residir en la nación española, reside solo en su parte viva. 

El pueblo está dividido siempre en clases sociales, no se olvide, que están en dialéctica constante entre sí. Además, pueblo es parte viva de la nación si se identifica pueblo como pópulus romano, y no como plebs, plebe, en el sentido de la razón populista de Ernesto Laclau, quien piensa que solo es pueblo el Tercer Estado desgajado de la burguesía, sin especificar si ese plebs es el proletariado, el lumpenproletariado, los asalariados no productores de valor, o la pequeña burguesía.Y si bien es cierto que es la parte viva de la nación, el pueblo, la que actúa siempre pudiendo transformar el orden sociopolítico (o parte del pueblo, las clases sociales), no es menos cierto que esa transformación social que el pueblo realice pueda desembocar en el suicidio, esto es, en la desaparición de la nación vía balcanización. Así pasó en la Unión Soviética, en Yugoslavia, en Checoslovaquia y en Etiopía, naciones destruidas por admitir el derecho de autodeterminación en sus órdenes constitucionales. Desaparición que fue una catástrofe universal, y por supuesto también para los habitantes que antes eran soviéticos, yugoslavos, etíopes con salida al mar o checoslovacos.


Una doble tragedia, la de los constitucionalistas del 78 y la de los españoles de izquierdas.

Aquí nos encontramos, por tanto, con una doble tragedia. De una faz, la tragedia de los constitucionalistas de 1978, que defienden una Constitución que es la fuente principal del separatismo neofeudalista (neofeudalista en tanto que encubre, como democrático, o de izquierdas incluso, los privilegios de sangre medievales por provenir de una región geográfica determinada sobre la totalidad de la población, llamándolo ahora “derecho a decidir” o “derecho de autodeterminación”, y llamando democracia a un acto puramente aristocrático), por sus contradicciones internas, su falta de conexión con la Historia de España y por los resultados nefastos que ha dado en este sentido. 

De la otra faz, la tragedia de los españoles de izquierdas, sean pro-España o pro-balcanización, que siguen renegando, muchos, de la idea de España unitaria y unida por asociarla a Franco y su régimen, a la Leyenda Negra antiespañola, tan nefasta como la Leyenda Rosa, difundida por los imperios rivales a España de los siglos XVI, XVII y XVIII, que llega hasta hoy, y que muchos compatriotas se han comido con patatas, y por asociarla, en definitiva, a la derecha. Este neofeudalismo, que entronca con el socialfascismo de 1920-1930, en tanto que la socialdemocracia de la época, por su anticomunismo, abrió el camino al nacionalismo ultraétnico y racista del fascismo italiano y alemán, está disuelto en distintas fuerzas de izquierdas en mayor o menor grado. Como diría Gustavo Bueno: "la derecha está disuelta en la izquierda, es lo mismo pero con otro nombre".

Es evidente que, con un panorama así, el eje monarquía-república no tiene nada que hacer, salvo ser pervertido por los otros dos ejes. ¿En qué sentido este eje, que no es prioritario para la mayoría de partidos políticos con representación parlamentaria y para muchos movimientos sociales más preocupados por cuestiones particulares que generales, está pervertido? 


Qué es el federalismo y qué defiende.

Para explicarlo hay que definir qué es el federalismo y qué defiende. El federalismo sería la corriente ideológica o teórica, y el movimiento político y social asociado a ella, que defendería la alianza corporativa, o política, que se entiende por federación. Y una federación sería una unión estable de Estados soberanos, o de colonias, o de Estados y colonias, que conformarían una relación entre sí en la que, aún con autonomía y participación desigual en ciertas materias soberanas, todas las partes de esta unidad ceden su soberanía a la nueva federación. 

Y es aquí cuando empiezan los problemas asociados a España y los movimientos neofeudalistas centrífugos de izquierdas y de derecha. Para que exista una federación, previamente han de federarse entidades políticas independientes y soberanas, es decir, Estados o colonias independientes. Pero resulta que las fronteras territoriales de España, al menos en su marco ibérico, balear y norteafricano (Canarias, Ceuta y Melilla), y si obviamos la época colonial decimonónica y del siglo XX en África (Rif, Sáhara Occidental y Guinea Ecuatorial) y la de los Virreinatos, Reales Audiencias y Capitanías Generales de la Monarquía Hispánica en América y Filipinas, estas fronteras apenas han variado en 500 años. Apenas, porque sí es cierto que entre 1580 y 1640 se produjo la llamada ahora Unión Ibérica, cuando España y Portugal se unificaron bajo un solo jefe de Estado con Felipe II, y abarcando los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, todos de la casa de Habsburgo. Y apenas también porque la primera expresión política de España como nación se produjo el 19 de marzo de 1812, con la Constitución de Cádiz, la Pepa, que estableció en su Artículo 1 que:

“La Nación Española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”.

Coda aparte, la Constitución Española de 1812, fruto de un proceso de guerra de liberación nacional por parte de España contra Francia entre 1808 y 1814, pudo haber conformado la primera nación política liberal de extensión intercontinental de no haberse dado excesiva prioridad a los procuradores constitucionales ibéricos frente a los “españoles de Ultramar”, que eran mayoría y que representaban a territorios con mayor número de población y con mayor riqueza y recursos naturales. Ahí sí podría haberse transformado la Monarquía Católica Universal Española (tal era su nombre) en nación política española, transformando los Virreinatos, Reales Audiencias y Capitanías Generales, junto a la Metrópoli Ibérica, en unidades que cedían su soberanía a una nueva federación, de tipo monárquico.

Pero la Historia fue otra, como ya sabemos. Esta problemática se comprobó en los debates que dieron como consecuencia los Artículos 10 y 11 de dicha Constitución. Al final, la nación política española consignada a la Península Ibérica, Ceuta y Melilla, Baleares y Canarias, fue constitucionalmente confirmada, y conformada, a lo largo de todo el siglo XIX y parte del XX, hasta la pérdida del Sáhara Occidental. Los procesos políticos españoles, también los revolucionarios, como dijeron Marx y Engels en sus escritos sobre La España revolucionaria, son lentos y profundos, rebasando generaciones enteras en muchos casos. En todo caso, a mi juicio, el día de la Fiesta Nacional Española no debería ser el 12 de octubre, fecha que debería resignificarse en un sentido iberoamericanista, de unidad con las naciones hermanas que hablan español y portugués. El día de nuestra Fiesta Nacional debería ser el mencionado 19 de marzo, algo que ya propuso Íñigo Errejón, pues es ese día de 1812 cuando la nación política española (el Estado-nación español) nace oficialmente.


Un ejercicio de Derecho-ficción.

Dicha la coda, ¿Qué queremos decir con todo esto? Que para que España fuese un Estado federal, previamente debería romperse, balcanizarse, y luego reunificarse. Cosa que solo puede ocurrir de dos maneras, siempre formales. La primera, que en la elaboración de una nueva Constitución Española de tipo federal, republicana o monárquica, los ponentes constitucionales reunidos en una sala o habituación redacten, de iure, la ruptura de España para, acto seguido, consignar su reunificación federal. Este se trataría de un ejercicio de derecho-ficción muy del gusto de algunos iusconstitucionalistas. 

Y este fue el modo en que se acordó redactar el proyecto constitucional de la Primera República Española (1873-1874), convirtiendo, de iure, las regiones de España en Estados. Este proyecto nunca llegó a promulgarse, como se sabe, porque la Primera República Española fue un absoluto fracaso a nivel de organización del Estado (cantonalismo, bakuninismo –denunciado por Engels en un famoso escrito de 1873-, carlismo, independentismo en Cuba, Filipinas y Puerto Rico), y dio lugar, después, a la Restauración (1874-1923, hasta las dictaduras de Miguel Primo de Rivera, 1923-1930, y de Dámaso Berenguer, la “dictablanda”, de 1930-1931; estas dictaduras no rompieron legalmente con el régimen de la Restauración, pero sí supusieron un cambio de forma de Gobierno y de gobernanza notables con respecto a aquella). 

La segunda vía para hacer de España un Estado federal es la defendida, hoy día, por multitud de izquierdistas del PSOE, Izquierda Unida-PCE, Podemos y otras fuerzas menores, que pretenden que tras diversos procesos de balcanización mediante el privilegio de secesión (mal llamado “derecho de autodeterminación”), los Estados surgidos de ese proceso se reunificarían. Proceso que no estaría garantizado, entre otras cosas porque tras la desmembración de España los nuevos Estados serían reconocidos por otros, por ejemplo, Letonia podría reconocer a Cataluña como Estado, más sabiendo ahora la compra en el 2013 con dinero de los españoles, por parte de los neofeudalistas pujolistas, de Valdis Dombrovskis, exprimer ministro letón, para que se expresara públicamente en favor de nuestra desmembración). Además, Estados más potentes se aprovecharían de las nuevas unidades políticas para realizar acuerdos comerciales, económicos y geoestratégicos, facilitados por tener que negociar y poder imponerse a unidades políticas más débiles. Como el Imperio Británico trató de sacar tajada de las repúblicas hispanoamericanas, o Estados Unidos se aprovechó de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, o Marruecos del Sáhara Occidental.


Federalismo y confederalismo, caballos de troya del neofeudalismo separatista.

Ambas vías son desastrosas, como se ve. Una por lo que supuso, y otra por lo que supondría. Y si bien el federalismo es más unitario que el confederalismo, defendido en España por el PCPE (Partido Comunista de los Pueblos de España, fundado en 1984 por escisión del PCE), porque el confederalismo es la defensa de una alianza entre Estados independientes o colonias que, en base a un tratado para defender intereses comunes, los Estados miembros de la confederación siguen conservando parte de su soberanía, ambos, federalismo y confederalismo, serían Caballos de Troya del neofeudalismo separatista, del proceso de centrifugación de España. Pues sobre ese federalismo y ese confederalismo, aun cuando de buena fe federalistas y confederalistas defiendan la unidad de España, en realidad, tras la apariencia, fedealismo y confederalismo, por ignorancia de su significado y sus fundamentos, son velos que ocultan la mala fe de quienes quieren romper España en trozos, pues estos federalistas y confederalistas tendrán antes como aliado a un neofeudalista separatista de derechas que a un patriota español unitarista y centralista de izquierdas, por no mencionar otras combinaciones.


La IIª República, unitaria y centralista.

La Constitución de la Segunda República Española, de 1931, no era federalista ni confederalista. Y jamás cuestionó la soberanía nacional española. Aún habiendo procesos centrífugos llevados a cabo por Esquerra Republicana de Catalunya, el Partido Nacionalista Vasco, Estat Catalá y los anarquistas, la Segunda República Española fue unitaria, centralista y unicameral. Es decir, de corte jacobino. Veamos algunos ejemplos (recomendamos también la lectura de los artículos 11, 12, 13, 14, 15, 16 y 17, aparte de los que se muestran abajo):

Artículo 1: [...] La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones.

Artículo 4: El castellano es el idioma oficial de la República. Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconozcan a las lenguas de las provincias y regiones. Salvo lo que se disponga en leyes especiales, a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional.

Artículo 13: En ningún caso se admite la Federación de regiones autónomas.

Artículo 17: En las regiones autónomas no se podrá regular ninguna materia con diferencia de trato entre los naturales del país y los demás españoles.

Artículo 50: Las regiones autónomas podrán organizar la enseñanza en sus lenguas respectivas, de acuerdo con las facultades que se concedan en los Estatutos. Es obligatorio el estudio de la lengua castellana, y ésta se usará también como instrumento de enseñanza en todos los centros de instrucción primaria y secundaria de las regiones autónomas. El Estado podrá mantener o crear en ellas instituciones docentes de todos los grados en el idioma oficial de la República. El Estado ejercerá la suprema inspección en todo el territorio nacional para asegurar el cumplimiento de las disposiciones contenidas en este artículo y en los dos anteriores. El Estado atenderá a la expansión cultural de España estableciendo delegaciones y centros de estudio y enseñanza en el extranjero y preferentemente en los países hispanoamericanos.

Así pues, asociar centralismo jacobino a Franco, a la derecha o a la "destrucción de culturas", en el caso de España, es en muchos casos ignorancia, y en muchos otros ésta mezclada con mala fe que encubre el intento de centrifugación de España. El unitarismo, el centralismo español, puede ser de izquierdas, como lo fue en la Segunda República, o de derechas, como lo fue en el franquismo. Y dicho esto con matices, pues en el franquismo Navarra y el País Vasco conservaron sus privilegios forales y Cataluña fue mimada a nivel de garantizar su supremacía industrial sobre el resto de España, pues no en vano fue una recompensa por el número de falangistas que Cataluña dio a la mal llamada causa nacional. ¿Y acaso Cataluña no se vio más que beneficiada por el centralismo borbónico iniciado por Felipe V tras su victoria en la Guerra de Sucesión Española (1701-1715), el fin de la Monarquía Federal de los Austrias, el fin de los Usatjes de Barcelona y el comienzo del comercio textil de la burguesía catalana con Cuba, que les permitió tener numerosas plantaciones de esclavos?

Desde un punto de vista estrictamente económico-político, cuando en España ha habido sistemas centralistas ha habido mayor crecimiento económico y mayor desarrollo. Y desde un punto de vista social, la centralista Segunda República fue uno de los periodos de mayor extensión de derechos y libertades de nuestra Historia. Y engarza con nuestra Tradición política, que bebe tanto de la Constitución de 1931 como de la de 1812. 

Si hay una Tercera República Española, esta ha de ser deudora de dicha tradición centralista, y ha de abogar por luchar abnegadamente contra el neofeudalismo separatista, pero también posiconarse frente al federalismo y el confederalismo, que son aliados tácticos por la centrifugación de España del secesionismo. Y el republicanismo centralista español debe criticar abiertamente las contradicciones del régimen actual. Por tanto, la hora de la República ha de ser una hora en que se anuncie el único modelo que puede dar prosperidad, bienestar y seguridad a los trabajadores: República Unitaria Presidencialista y Unicameral. La Monarquía sobra, las Comunidades Autónomas sobran, el Senado sobra, el Presidente ha de ser elegido directamente por el pueblo y necesitamos una nueva Constitución. Sin nación política española no habrá Tercera República Española. Y si no es unitaria no habrá República.