jueves, 28 de febrero de 2013

El ocaso del bolivarianismo


Publicado en Izquierda Hispánica el 20 de agosto de 2013, con el siguiente texto introductorio:


Este artículo fue escrito el jueves 28 de febrero de 2013, casi un mes antes de la muerte del comandante y primer presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafaél Chávez Frías. Se escribió ante la perspectiva de diversas tendencias intrínsecas al proceso político de la revolución bolivariana que, a juicio de su autor, podrían llevar a corto o medio plazo, a la descomposición del régimen chavista y al fin de la revolución en Venezuela. Se denunciaban en el artículo algunos factores que llevaban a ello, remitiendo al mismo para ver cuáles son a juicio de su autor determinados factores que llevan a dicha descomposición. Teniendo en cuenta que Izquierda Hispánica apoyó crítica pero también decididamente a la revolución bolivariana como posible puente a la unidad hispánica en el socialismo que nosotros defendemos, no obstante quien dentro del campo amigo avisa de los defectos y factores que pueden llevar al colapso bolivariano no puede ser considerado en absoluto traidor salvo desde posiciones fundamentalistas, irrreflexivas y completamente faltas de autocrítica, un defecto muy común en las filas del Partido Socialista Unido de Venezuela. La muerte de Chávez ha dejado un gran vació político imposible de llenar, y no creemos que Nicolás Maduro tenga la capacidad para llenarlo ni siquiera llevado por la inercia y el continuísmo de la política desarrollada por Chávez. Consideramos que este artículo, publicado originalmente en la fecha dicha en la web personal de su autor (http://www.armesilla.org/2013/02/el-ocaso-del-bolivarianismo.html) sigue de actualidad y esperamos que sirva a aquellos sectores del socialismo bolivariano más críticos y despiertos como advertencia ante posibles hechos futuros que aparecen casi como inevitables.


Será duro para algunos amigos míos, venezolanos y bolivarianos, o extranjeros y probolivarianos, leer esto de mi parte. Pero, tarde o temprano, las cosas hay que decirlas, y ahora estoy siendo más Sócrates que político. La metástasis cancerosa del presidente venezolano Hugo Chávez (negada por él mismo), controlada en Cuba (resulta, abro paréntesis, muy polémico que un mandatario socialista y revolucionario pueda, y tenga que, ser atendido de una enfermedad grave en un sistema sanitario extranjero, cuando muchos de sus conciudadanos pobres no pueden), pero provocadora de una espiral vital que provocará su previsible muerte este año, es solo el anuncio del ocaso de un sistema político que empieza a representar su acto final.

No es momento ahora para hagiografías, panegíricos o homenajes diversos a la persona que, más para bien que para mal, ha timoneado la nave venezolana desde 1999, ha resistido un golpe de Estado en 2002 (resistencia que inició el decisivo viraje del régimen del humanismo democrático a una suerte de socialdemocracia radical con toques tercermundistas anti-colonialistas hasta hoy día, y que explica en buena medida las, para mí desde siempre, extrañas alianzas con la detestable República Islámica de Irán, el corazón político del Islam chiíta, donde se produjeron una de las más agresivas políticas represivas contra comunistas, además de homosexuales y mujeres, de la Historia; alianza que le ha costado a Chávez y a sus partidarios perder credibilidad internacional, y con razón) y ha conseguido erradicar el analfabetismo en Venezuela, al tiempo que ha permitido un desarrollo económico e industrial sin precedentes en la nación, aún sin erradicar jamás ni las bolsas de pobreza y marginación, la delincuencia organizada y callejera y la excesiva dependencia del petróleo que hace que, al tiempo que se desarrolla una suerte de imperialismo generador sobre naciones hermanas como Cuba o Bolivia, sostiene alianzas estructurales con ellas buscando una unidad continental que, tras este ocaso político, estará aún más lejos que antes. Tampoco es momento para análisis científicos de la situación, pero sí para hacer uso de la razón en lo que a prógnosis de futuro se refiere, aunque sea de manera esquemática.

Los rumores sobre su estado de salud están hoy a la orden del día. Algunos hablan ya de muerte cerebral. Las cosas solo quedarán claras cuando ocurran. Lo cierto es que Nicolas Maduro (o Diosdado Cabello, pero con menos posibilidades, aún cuando la Ley permitiría su presidencia) tendrán que encarar un futuro incierto para un país que inició una revolución política democrática con muchas esperanzas, truncadas, sobre todo, por el apabullante nivel de corrupción delictiva y no delictiva de sus máximos representantes. Digámoslo sin ambajes: el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) hiede; sus cuadros, desde los altos cargos hasta las bases, pasando por las juventudes, están carcomidos de sujetos que, como ya advirtió Napoleón Bonaparte, suelen engrosar el cuerpo de los procesos políticos postrevolucionarios, esto es, los que se aprovechan de las revoluciones. Pero siempre los fracasos políticos están condicionados por errores ya configurados en los pilares ideológicos mismos. El humanismo filosófico chavista, su ingenuidad y en ocasiones mala fe para posicionarse sobre los temas que relaté en el párrafo anterior, el indigenismo (aunque en menor grado que Bolivia) de corte racista en muchas ocasiones junto con la asunción de la Leyenda Negra antiespañola, y esa extraña mezcolanza ideológica que en el Libro Rojo del PSUV puede notarse (marxismo vulgar de corte troskista -herencia intelectual de gente como Marta Harnecker-, tercermundismo anticolonialista del tipo "orgullosos de ser subdesarrollados" -herencia intelectual de gente como Franz Fannon-, cristianismo progresista tipo "teología de la liberación" -pero también vulgarizado-, indigenismo e hispanofobia, &c.), conforman un cóctel demasiado cristalino como para no ver que terminaría haciendo aguas por todas partes.

No todo está perdido. Cuando Chávez muera, la revolución bolivariana seguirá su curso. Maduro será el nuevo presidente y el bolivarianismo tendrá que reinventarse. Si no es posible, cosa probable, el régimen, siendo generosos, no llegará al 2020. Entonces los movimientos políticos iberoamericanos postbolivarianos, como Izquierda Hispánica, hace tiempo que tendrán que dejar claras y boca arriba sus cartas, sus propuestas, sobre la mesa. Y desde antes del ocaso del bolivarianismo.