miércoles, 6 de marzo de 2013

Chávez



La primera vez que supe de la existencia del comandante Hugo Chávez no fue con el intento de toma de poder de 1992. Yo entonces tenía diez años, y mi mundo-entorno era muy limitado, de manera obvia. Fue en 1999, cuando ya ganó sus primeras elecciones generales en Venezuela, cuando le vi por primera vez por televisión, y le escuché por primera vez hablar. Yo por aquel entonces era un adolescente lo que se dice "de izquierdas" en el sentido más vulgar y puramente español de la expresión (izquierdista indefinido más o menos afín al comunismo pero de tradición familiar socialdemócrata; hoy, por suerte, ya no). Y recuerdo que la primera impresión que tuve de él no fue buena, acostumbrado a las moderaciones y templanzas de comportamiento de los líderes políticos en Europa. Lo que sí me llamó la atención fue una frase que pronunció durante su juramento de cargo, que no he olvidado hasta hoy: "¡Emergencia ejecutiva, emergencia legislativa, emergencia judicial!". En solo esa frase, y con la perspectiva histórica que da el recordarlo ahora en 2013, condensaba sus intenciones políticas: volver patas arriba el país, y que nadie lo reconociese más por los culebrones y las misses estúpidas. Y esto, hay que reconocerlo, lo ha conseguido.

Otra de las cosas que me llamó la atención siempre del proceso político venezolano, y no es una cuestión menor, es el aspecto de los bolivarianos. Al ver por la televisión el aspecto limpio, impoluto, bien vestido y bien alimentado de los antichavistas (los escuálidos), y frente a ellos a los chavistas, con un aspecto mucho más humilde, con ropas de peor calidad, con rostros que evidencian el vivir una vida habitualmente privada de muchas cosas necesarias para tenerla digna, uno se daba cuenta, si no era un estúpido, de que la fortaleza política de Chávez estaba en que le apoyaba la gente que, durante décadas y desde la Independencia, molestaban con su sola presencia visual a las clases dirigentes venezolanas. Gente que, gracias a Chávez, podían ser vistos en medios de comunicación, en plazas públicas y en reuniones políticas, sin tener que esconderse y ser escondidos por unos escuálidos con pretensiones de europeidad. Quien tenga un mínimo de empatía, de ponerse en el lugar del otro, del que no tiene apenas nada, no puede evitar el simpatizar con ellos, y con sus deseos de ser algo más que meros pobres de un país pobre. El afán de superación personal era indisociable de un proyecto de transformación política radical. Venezuela, con Chávez, vivió una catarsis, y en la vanguardia de esa catarsis, además de él, el Ejército entero y el Movimiento V República, luego PSUV, estaban los trabajadores venezolanos, en especial los más pobres.


En 2002 se produjo el intento de derrocar al chavismo del poder. Intento que salió mal, y que fue el verdadero punto de inflexión, a mi juicio, del bolivarianismo político: la transformación del régimen de una orientación reformista y humanista a una clara dirección socialista específica particular, original, que ya no era ni comunista ni socialdemócrata de corte europeo (aunque siempre he pensado que es con la socialdemocracia más radical con quien más en común tenía Chávez). Y fue en el 2004 o en el 2005 cuando le conocí en persona. Dio una charla en mi facultad, la de Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Le vi por pantalla, pues el salón polivalente del sótano de la Facultad, que fue donde habló, estaba lleno y abarrotado de gente y no cabía ni un alfiler. Su tono era distinto, no pretendió dar una charla profunda, sino exponer a los estudiantes de la Facultad lo que era la Revolución Bolivariana. El despliegue de gente que iba con él, obviamente, era enorme, y su forma de conectar con los estudiantes fue inmediata. Chávez siempre tuvo una capacidad evidente para conectar con la gente de manera cercana. Nos dijo, sin ocultar su sorpresa: "Yo les veo su aspecto y me recuerda a cuando yo era joven. Cuando yo era un muchacho tenía el pelo afro, y me gustaban los Beatles". Tras esto y otras palabras más, explicó lo que era la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en qué consistía su proyecto político revolucionario y quiénes podían ser sus aliados. Llamó en viva voz a los españoles, a toda Iberoamérica e incluso a Rusia, a levantarse y luchar por recuperar su grandeza política y alzarse contra los poderes políticos que no permitieran que los logros (aún pequeños) de los pueblos no fuesen reconocidos como logros de la nación entera. La capacidad empática de Chávez consistía en eso precisamente, en encontrarse más a gusto rodeado de gente corriente que de altos dignatarios e "intelectuales" con los que, inevitablemente por su cargo, también tenía trato.

Fue así como inicié mi interés por el proceso político venezolano ya como analista. Y en el 2005, en la web Ágora Revolucionaria, escribí esto: "Elecciones venezolanas 2005: prueba implacable del éxito de la Revolución Bolivariana". Era en mi época más cercana al materialismo dialéctico, antes de "descubrir" a Gustavo Bueno. Pero no me arrepiento de haber escrito esto, pues forma parte de mi trayectoria hasta el lugar actual en el que estoy.

Siempre he apoyado la revolución bolivariana. Antes y después de ser materialista filosófico. Venezuela y España, desde que gobernó Chávez, tuvieron una relación tensa, que empezó, en parte, en 2002 con el apoyo de José María Aznar a la intentona de derribo de Chávez del poder. Después vinieron los siguientes roces: el famoso "¿Por qué no te callas?" del rey Juan Carlos I a Chávez en la Cumbre Iberoamericana (acontecimiento que permitió que ambos se convirtiesen en memes de Internet), o diversos discursos de Chávez frente a España tragándose la Leyenda Negra antiespañola. Pero quizás el roce más grave, para España y para Venezuela, fueron las extrañas relaciones de algunos grupos políticos cercanos al chavismo con el entorno proetarra antiespañol. La acusación se tornaría más fuerte cuando se descubrió que varios terroristas de ETA vivían en Venezuela, incluido el psicópata de Ignacio de Juana Chaos. La solidaridad "de oprimido a oprimido" frente al "opresor" (España) llevó al bolivarianismo a esos acercamientos a los mayores malnacidos que la España reciente ha parido. Esto ha sido lo que más ha desgastado las relaciones entre Venezuela y España, más que ninguna otra cosa, algo reconocido por algunos chavistas. Y será muy difícil ahora, tras la muerte de Chávez, recomponer unas relaciones que, dentro de la Hispanidad, han de ser más fraternas. No obstante, la elevación del nivel de vida que supuso la presidencia de Chávez para Venezuela, el ser el único mandatario en todo el Cono Sur que hablaba de unidad (de América Latina y el Caribe, sin contar con España, pero ha de ser desde España, principalmente, desde donde, hoy por hoy, hay que sugerir esa unidad) y su posicionamiento, con aciertos y errores, frente al imperialismo de Estados Unidos de Norteamérica, son los verdaderos méritos que permiten valorar de manera positiva su gestión política al frente de la "Venecia del Caribe". Se dice que Arnaldo Otegui, el Hitler vasco, es pro-chavista. ¿Y? ¿Acaso Lenin no valoró positivamente a Mussolini como el líder que, por desgracia, perdió el movimiento obrero italiano para su ascenso al poder? Lo de Otegui, más allá de simpatías, es puro oportunismo político, propio de una mente enferma y degenerada, que cree poder equiparar su soñada y demencial "Euskal Herría" a un Estado de 30 millones de habitantes, un Ejército fuerte asentado en el poder político y una de las mayores reservas petrolíferas del planeta. Otegui es un miserable y enemigo de España. Pero también para él se acabará el refugio allí. Pues Venezuela es más fuerte si tiene a la Nación Española de su lado. Y por eso, trocear a la nación española, es debilitar a Venezuela y la Hispanidad entera.

Antes de morir Chávez, escribí sobre el ocaso del bolivarianismo. Se que no fue plato de gusto para amigos míos. Pero tampoco me arrepiento de haberlo escrito. La verdad es la verdad, la diga Dios o el diablo. La muerte de Chávez solo es el primer golpe que los venezolanos chavistas van a recibir, y solo los más inteligentes encajarán esta sucesión de golpes con madurez y responsabilidad, lo cual evitará (espero) su frustración futura y la probable reproducción como setas de antichavistas-una-vez-acabado-el-chavismo. La figura de Chávez es equiparable históricamente a la de aquellas figuras políticas de primer orden que elevan a sus pueblos de una ínfima situación anterior a otra superior posterior y que, tras su muerte, dejan un agujero inmenso que se suele llenar con oportunistas que aprovechan cualquier ocasión para marcar distancias con la persona que permitió darles una situación de privilegio político que sin él sería imposible.

Está claro que el tiempo colocará a Chávez en el lugar histórico que le corresponda, y ello ocurrirá independientemente de la voluntad de sus seguidores y de sus adversarios y enemigos. Por de pronto, creo que yo, por mi parte, solo puedo despedirle dando mérito a su proyecto político como punto de inflexión histórico en la historia, no solo de Venezuela, sino de toda Iberoamérica entera. Un mérito con, repito, más de positivo que de negativo, cuya influencia sobre el futuro de la Plataforma Hispánica está todavía por determinar. 

¡Hasta siempre, comandante! Te despido con las palabras de dos de los materialistas más inteligentes y menos histriónicos que más atención te prestaron, Ismael Carvallo y Gustavo Bueno Sánchez. El primero más cercanamente a tu muerte, el segundo tras el intento de derribarte del poder político allá por 2002. Ahí quedan sus reflexiones:


A mi llegada a Venezuela, en el trayecto del Aeropuerto Internacional de Maiquetía «Simón Bolívar» a la ciudad de Caracas, pude advertir con nitidez, en uno de los primeros puentes por los que cruzamos a la entrada ya de la capital, una pinta con la frase Nuestra Patria es América. En esta frase se compendia toda la potencia histórica de la Revolución Bolivariana, que la sitúa de inmediato en un arco de continuidad histórica y de filosofía de la historia de gran complejidad, toda vez que una variable continental o internacional está incorporada orgánicamente, dentro de la dialéctica política, como una variable nacional, y con un arrastre ideológico de radio de alcance continental literalmente único y que, por tanto, no debe desaparecer. Esto hace de Venezuela uno de los países más interesantes, intensos y contemporáneos de nuestro presente. La gente tan fantástica que tuve oportunidad de conocer me lo confirma. Espero sinceramente que no haya sido esta la última oportunidad que tenga de convivir con ellos. Porque así como Venezuela ha decidido no abandonar a Cuba, nosotros, mexicanos, tal es mi convicción, no podemos darle la espalda ni a Cuba ni a Venezuela. Nuestro pasado revolucionario nos lo exige.


¿Podremos asistir a la consolidación de logros revolucionarios en Venezuela, compatibles con los requisitos democráticos convencionales? Venezuela se está inspirando para muchas cosas en el modelo cubano, y la democracia venezolana (libertad de partidos, de opinión, de prensa –los ataques más feroces contra Chávez se publican en la misma Venezuela y pueden leerse por internet–), tan democrática como pueda serlo Francia, Estados Unidos, Méjico o España, podría servir incluso como ejemplo en los próximos años para las transformaciones que necesariamente tienen que producirse en Cuba.

En Venezuela no hay grandes problemas lingüísticos, religiosos o raciales que permitan enrarecer las situaciones y confundir las cosas. Es además un país rico, con grandes recursos naturales, que durante la IV República, merced a la usurpación y la corrupción, consolidó grandes diferencias sociales, situando a un ochenta por ciento de la población en la pobreza. Ahora la mayoría de los venezolanos han decidido que la República Bolivariana es el camino para acercar las diferencias económicas y sociales entre los venezolanos, para lograr un reparto más equitativo de su riqueza. Si esa mayoría no es defraudada, el sistema democrático puede apoyar a la revolución mucho tiempo. Y esa mayoría no será fácilmente defraudada si se perciben avances significativos, y sobre todo si los políticos dirigentes no se corrompen y comienzan a robar directamente, o permiten que sus amigos se enriquezcan. Si no se duermen... que el enemigo tampoco va a dormirse.